Estimulantes visitas
Porto Alegre tiene por su ciudad hermana, Montevideo, una dedicación conmovedora, no del todo correspondida, que se funda en una idea tan sencilla como popular: el conocimiento mutuo, el intercambio y la coordinación entre las ciudades, a ras de ciudadanos, como camino real, probablemente único, de toda integración futura.
Integración que estas visitas permiten comenzar a realizar y que no ha de venir a la zaga del comercio internacional, sino de la relación y comprensión de las partes; integración horizontal, de ciudad a ciudad, y no vertical, a través de normas, tratados o decretos cuyo espíritu puede estar pronto pero cuya carne es débil.
La Secretaría de Cultura de Porto Alegre cree que no hay nada mejor que el arte para la aproximación de los pueblos. El arte es un lenguaje universal y, por más diferencias de idiomas que existan, tiene siempre un componente que no proviene del sentido literal de los términos, sino de signos y gestos donde se apoya la intuición.
Posiblemente para mejor cumplir estos propósitos, varios de los espectáculos de este Porto Alegre en Montevideo fueron espectáculos callejeros, que ocuparon el espacio físico de nuestra ciudad y la convirtieron por momentos, por la magia del arte en Bahía, cuando presenciamos la gesta de Canudos: el espacio del Parque Rodó frente a la Plaza Mateo pareció el sertao en medio de la sequía.
Pero también estuvo Río Grande del Sur en Tolerancia y aun Os ratos (Los ratones) con su evocación de la pobreza y los bajos fondos donde conviven trabajadores explotados, prostutitas, usureros y vividores, trajo a través del idioma portugués el habla todavía tartajeante de nuestro pueblo, explotado por los prestamistas armados de tarjetas de plástico, apremiado por los dueños de las pensiones, confundido y aun engañado por quienes deberían representarlo.
En su conjunto, esta exhibición de teatro de Porto Alegre volvió a demostrarnos que los grandes problemas están en la calle y que deben ser aireados y soltados a los cuatro vientos y no confinados en la atmósfera irrespirable de un jarrón veneciano.
Como le dijimos a Paulo Flores y Tánia Farías al concluir el espectáculo, lo que hizo su grupo «Oi Nois Aquí Traveiz» con A saga de Canudos, es exactamente lo que creemos la definición del teatro. Hay diversión y entretenimiento, la primera condición de todo arte; hay una investigación previa en un tema histórico, que son los que proveen de vida, color y sabor; hay un libreto ágil y ameno, que da lo esencial de la rebelión de Canudos; hay hermosas canciones, bien interpretadas y cantadas, y sobre todo bien articuladas con la anécdota, a la que adelantan a veces, desarrollan otras, comentan al fin.
El todo movido con ritmo y con gracia, con natural sentido plástico o, si se quiere, hasta coreográfico. La idea, tan verdadera como actual, de que los poderosos defenderán sus privilegios a sangre y fuego, está dicha cumplidamente con la pura acción, sin reparto de folletos adicionales. Hay un compromiso de vida con el pueblo y con su desigual lucha a través de la historia, y por encima de todo, una necesidad de expresión teatral, una fatalidad interior que los lleva hasta el escenario.
Hay recompensas especiales para el espectador, porque nada es suficiente al alma del verdadero artista: una es el vestuario, de Tánia Farías, que recrea poéticamente los colores del sertao, un vestuario sutil en los colores y diestro en su combinación.
Hay una brillante interpretación donde todos los actores dicen, se mueven, cantan y bailan a la perfección, y sobre todo con exacta adecuación a la calle y sus accidentes; pero no podemos dejar de resaltar, porque no sería justo, los trabajos de dos actores de excepción, Tánia Farías, que siempre parece superarse a sí misma y que también tiene a su cargo la producción, y Paulo Flores, uno de los fundadores del grupo hace ya 22 años.
En la misma senda del buen teatro callejero, O pagador de promessas de Dias Gomes, recibió una buena dosis de ambiente con la fachada de nuestra Catedral del siglo XIX. La mezcla de religión y superstición, el choque del sentido del deber con una religiosidad fosilizada cobraron vida en la semipenumbra de nuestra Plaza Matriz, o de la Constitución, a partir de las 20 horas.
Roberto Oliveira como director movió diestramente la acción hasta el dramático final en que a la muerte sigue la resurrección y donde, por fin, el peregrino es admitido en el templo. Entre los intérpretes se destacó en el papel protagónico Nelson Diniz, quien actúa también en el filme riograndense Tolerancia.
También con dirección de Roberto Oliveira, y además con su actuación en diversos personajes, se ofreció en la Plaza Cagancha A farsa da panelada, un espectáculo con personajes populares y fantásticos –el Diablo, ángeles, una Virgen– con la eterna pugna entre el poder económico y el hombre común, con buenas dosis de improvisación y acotaciones políticas. Todo un ejemplo de un teatro hecho para la sociedad y sobre todo para el gran número, para la mayoría silenciosa y sin voz.
Os ratos de Dyonélio Machado (nacido en Quaraí, Río Grande del Sur), puesta en escena del argentino Néstor Monasterio, se dio en la sala 1 del Teatro del Anglo.
El tema popular, que muestra desde un ángulo próximo a la picaresca, la pobreza y sus causas, la explotación del hombre por el hombre y de sus formas de reproducirse, tiene toda la fuerza de las buenas comedias de principio de siglo, donde por última vez aparecieron calles y plazas y patios y fiestas populares. Allí pudimos ver, en varios papeles simultáneos y en una muy buena labor, a nuestro conocido Lauro Ramalho, uno de los colaboradores de Luciano Alabarse en la Usina do Gasómetro.
Mehrdas Presidentas, de Werner Schwab, dirección de Camilo de Lélis (la ópera rock «Jacobina», «O estranho senhor Paulo», «Uma bota e sua méia»), fue uno de los éxitos de público de esta semana de Porto Alegre en Montevideo. La obra, de difícil textura, y con una puesta en escena audaz hasta lo fantástico, fue sumamente aplaudida. El día del estreno la capacidad de la sala 1 del Anglo se vio desbordada por el público.
Tolerancia, un filme de Carlos Gerbase, tuvo comparativamente poco público, pese a que tiene todo lo necesario para ser un éxito. Filmada en 1999, ha cosechado ya diversos premios: su agilidad y su modernidad lo merecen. La obra indaga en la vida del matrimonio en la clase media alta de hoy, configurando la pareja con un editor gráfico de una revista «para hombres» (Roberto Bontempo, 40 años), y una abogada de 38 años (Maite Proenca).
La fidelidad conyugal parece no ser la condición necesaria de la unión matrimonial, y los esposos profesan un credo de libertad y confianza; pero una sorprendente intriga policial, con varios giros imprevistos, pone en tela de juicio la sinceridad de las ideas que se profesan.
La obra, posiblemente un tanto excedida de escenas de sexo, es provocativa y punzante; la acción es envolvente y creíble; el armado del drama, su resolución y el anticlimax están muy logrados. Anotamos en negativo una insuficiente definición de los personajes, salvo el de Julio y en el haber un libreto descarnado, casi cruel y un pulso narrativo prácticamente perfecto.
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