Las finezas de Lito Vitale
El show ocurrido el pasado sábado en el Conrad comprobó la versatilidad y el virtuosismo de este compositor que se ha transformado en una especie de referente de la más noble cultura popular y, la poca asistencia señala la media musical de la época en la que caben los facilismos y choluleces, en particular si se piensa en Punta del Este.
Pero Vitale es una forma de la fidelidad: un individuo que amarra las sensaciones de época no solamente utilizando tecnología de última generación, sino gestando esos paisajes sonoros de gran complejidad. Lo acompañan los instrumentistas. El caso de Alejandro Franov en acordeón y percusión (dotando de climas tanguísticos a casi todos los temas), la intensidad percusiva de Daniel Piazzolla (el nieto de Astor), el vuelo incesante, siempre sorpresivo de Diego Clemente en quena y sikus, la sobriedad de Juan Belvis en teclados que incluyeron además partes de bajo.
Todo operó por una suerte de meztizaje sonoro. Vitale puede autogenerarse como patrón la superficie jazzística, pero hay una labor incesante en el sentido de mezclar aire folclórico, que hacen de su proyecto una cuota permanente de placer.
Cuando por un momento sus músicos lo dejaron solo al piano, Vitale despegó alto: allí se vio que el impulso del lírico no escapa a sus intereses, el músico construyó capas sonoras envolventes que cautivaron por su espesor melódico y por las finezas armónicas.
Disfrutable de principio a fin, Lito Vitale y sus instrumentistas dieron una lección de música: hay una libertad controlada en todo lo que despliega y en todo lo que emana de ese hombre que en algunas de las ocasiones colocó su voz siguiendo la línea de su piano, como probando tanto en canto y como comprobándose.
Un concierto irresistible.
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