Teatro. LA REPUBLICA en Porto Alegre

El festival en otra jornada

A noite do barqueiro, de Samir Yazbek, interpretación de Hélio Cícero (teatro Bruno Kiefer) a propósito de un barquero que quiere llegar a un faro, se pretende «…una metáfora de la condición humana sobre la Tierra», pero el autor divaga sin freno, fin a propósito de una tempestad, de la gárrula mujer del barquero, de la posibilidad de tener alas; por la mitad el héroe embadurna sus pies con pintura roja.

Como consecuencia de la penuria del libreto, la interpretación es exterior y forzada.

«A mar aberto», cuyo autor y director es Enrique Fontes (Rio Grande do Norte; Teatro de Cámara Tulio Piva), está inspirada en «Grande sertao: veredas» de Guimaraes Rosa, cosa que apenas pudimos entrever, dada la variedad y calidad de ideas propias de Fontes, que logra una atmósfera tempestuosa acorde con un drama no menos proceloso de hombres que oscilan entre lo real y lo fantástico: la pieza convence en ambos reinos. Destácase la móvil escenografía: unas pocas cuerdas y lienzos que evocan el majestuoso mar y el piélago de las pasiones.

«O médico a força», de Molière, dirección de Margarida Leoni Peixoto (teatro Bruno Kiefer), considera a Molière un equivalente de la «Commedia dell’Arte» italiana, socorrida y nebulosa entidad que consistiría en tramas infantiles, golpes, porrazos, toqueteos de senos, levantamientos de polleras, riesgos de agacharse desprevenidamente y gases intestinales. Respetamos a un actor como Marcelo Adams (Laertes, Edipo, Sócrates), pero si el teatro fuera sólo «O médico a força» o similares nos quedábamos en casa.

** «Le grand inquisiteur», corrosivo texto anticatólico de Dostoiewsky («Los hermanos Karamazov») con adaptación, iluminación, dirección y convincente actuación de Patrice Chéreau, que lee y cada tanto dice sin leer, todo ello sobre la misma escenografía de «La douleur». Con momentos intensos, como cuando casi nos hace ver a un Jesucristo que no está. En el teatro Sao Pedro.

** «Crepuscule des océans», ballet de Daniel Léveillé (Canadá, teatro Renascença), es un ballet en el que vimos, antes que el océano y sus ondas, una forma musical aludida por el movimiento corporal, compuesta con movimientos silenciosos pese a las tres sonatas de Beethoven que se oyen. Si esta interpretación es correcta, los bailarines, a veces vestidos de negro y a veces desnudos, serían las notas, negras y blancas o redondas que se mueven sobre un pentagrama de acuerdo a series asimétricas que derivan unas de otras. Si la idea es extraordinariamente ambiciosa, los movimientos suelen ser de extraordinaria dificultad.

** «The voca people» (Israel, teatro de la rectoría de la UFRGS), es un conjunto de artistas mayores en el género menor del café concert. Sacan partido de la dificultad autoimpuesta de producir todos los sonidos necesarios para sus múltiples, humorísticas y perfectas interpretaciones e imitaciones con sólo sus órganos vocales. Recorren así toda la música del mundo, visten de blanco; caminan y se comportan como «extraterrestres»; interactúan con el público, con el que gastan bromas leves y comunicativas.

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