Comenzó "Porto Alegre en escena"
En la noche, con el público que colmó las 1.300 localidades del teatro sito en el Shopping Bourbon, vimos «Kiss Bill», obra de Paula de Vasconcellos, nacida en Lisboa y radicada desde los cuatro años en Canadá.
La obra, en la cual predomina la danza, es una combinación de actuación y ballet moderno; como su nombre lo sugiere, es, en buena parte, una parodia del «Kill Bill», por extensión una parodia de las obras completas de Quentin Tarantino, y aun de los filmes de «violencia» en general. Sobre un decorado que alude a Japón, con su cuadriculado y su luz difusa por transparencia, una secretaria ejecutiva y su gerente, ambos vestidos de negro, repasan una abarrotada agenda; él se distrae con una sombra femenina que danza tras los paneles translúcidos, ella lo insta a escribir, por fin, el libreto de su próximo filme. El autor y director supera el trac y ordena, como quien pide un café, que le suministren doscientos extras con bigotes y vestidos de ninjas, veinte helicópteros, un experto en religiones japonesas y algunos servicios más; sigue un vibrante y vívido dúo con la secretaria, donde una mímica perfecta simula lazos y látigos que se enroscan, armas de fuego revólveres, Uzis, AK 47, bazukas, etc.- que disparan y sus inmovilizantes y mortíferos efectos. En lo que pudo ser una segunda parte autónoma, hay un relato de una bailarina vestida con ropas doradas con una culminación plástica muy grata a la vista, un jardín vivo como el árbol de la vida que sustituye a los paneles del principio y luego vira, bajo las luces, a un color rojo intenso.
Otra obra fue «Passaro da noite», de José Antônio de Souza, en el teatro del CIEE, un monólogo que muestra, bajo transparentes velos, casi toda la belleza física de Luana Piovani. No muestra mucho más: la idea de una mujer que enjuicia su vida al volver sola de una noche de fiesta tenía interés; su realización, con una pesada insistencia en el sexo y sus aledaños, no estuvo a la altura. La actriz puso más énfasis que arte, más contractura que realización. Gritó, no convenció, y sus gestos nos llegaron tan monótonos como sus voces.
También pudo verse «O Bairro», de Marco Franchetti sobre un libro de Gonzalo Tavares. Dice inspirarse en los «ídolos» de Tavares: Paul Valéry, Henri Michaux, Roberto Juarroz e Italo Calvino. En las primeras líneas, y nunca más después, reconocimos los versos o las ideas de Juarroz; durante la considerable divagación escénica que siguió, a cargo de tres vecinos y una mujer de un mismo barrio, oímos mencionar en forma obsesionante al ajenjo, supimos de un animal doméstico guardado en una caja, vimos atribuir a alguien llamado Paul Valéry una obsesión por parecer alto, muy poco característica del escritor francés. Nada encontramos de Michaux y sólo el nombre de Italo Calvino.
Otra obra fue «La doulerur», de Marguerite Duras, dirección de Patrice Chéreau y Thierry Thieu Niang, actuación de Dominique Blanc. Es el diario de una mujer que, en las angustiosas horas que precedieron al fin de la segunda guerra mundial, espera noticias de un hombre, marido o amante, preso en un campo de concentración nazi. Ella pasa de la esperanza al escepticismo, de la duda a la resignación, del dolor a la insensibilidad. Culmina la obra con el horror, cuando ella no reconoce en el despojo de 37 kilos que tiene ante sí al hombre que amó, y que luego no termina de volver a un estado humano. La puesta en escena, con una escenografía que presenta un espacio neutro, que puede ser la sala de espera de un hospital, reposa en la ejemplar actuación de Dominique Blanc. Ella no repite un gesto, una mirada, una inflexión de voz, un volumen del sonido, un tono. Recorre una variadísima gama de emociones, siempre sobria y a la vez comunicativa y convincente. Toda una lección sobre el difícil arte del actor.
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