Mucha pirotecnia y pececitos de colores

¿Un Oscar devaluado?

Es de suponer que esta 73ª edición de la entrega del Oscar no será demasiado recordada en tiempos venideros. Apenas si alcanzará para tomar nota, una vez más, de los caprichos que mueven a la industria fílmica más importante del mundo con su selección de «mejores» películas. Quizás con reminiscencias nostálgicas por Ben Hur –por ejemplo–, el socio de la Academia se haya volcado a otorgar una docena de nominaciones al Gladiador de Ridley Scott, una actualización digitalizada de las viejas películas de matiné sobre el Imperio romano.

La propuesta, que ya conquistó otros premios en Estados Unidos, es candidata a mejor Filme, Mejor Actor (Russel Crowe) y Mejor Director, entre otros rubros. En realidad no hay demasiado contenido en esta fábula sobre capitán de ejército que se transforma en esclavo y, posteriormente, deviene gladiador para terminar luchando cuerpo a cuerpo con el emperador en medio del Coliseo. Sin embargo, dicha epopeya prendió fuerte en el gusto del público consumidor como para decretar esta serie de candidaturas que bien podría haber sido utilizadas con mejor tino.

Algo similar podría de El tigre y el dragón de Ang Lee, una suerte de refinado homenaje a los filmes de artes marciales que inundaron la pantalla en la década del 70. Este subproducto, que logró resonancias en todo el mundo con títulos como La venganza del espadachín manco o Los trece guerreros de Shao Lin, retorna ahora con una brillante pátina de despliegue, algo de humor y una exótica fantasía que parece haber funcionado como irresistible imán entre el público norteamericano.

De todas maneras, la realización no aporta nada más que un liviano pasatiempo de aventuras que, en algunos momentos, puede desbarrancarse hacia el ridículo con episodios que fotografían chinos voladores y mujeres que dan una soberana paliza a la barra brava del pueblo.

Nada de esto, sin embargo, ha amilanado a los señores votantes que no han vacilado en conceder diez nominaciones a la estatuilla incluyendo la integración a la categoría de Mejor Filme Extranjero. Algo que, para este cronista, resulta bastante inexplicable, por cierto.

Una apuesta al sentido común

Mucho mejor ajustado al sentido común sería la elección de Traffic de Steven Soderbergh como adecuado parámetro de las calidades conceptuales y estéticas que debería detentar toda obra nominada al Oscar. Con un montaje brillante y una capacidad narrativa de priemer orden, Soderbergh logra plasmar un entrecruzado de sórdidas historias relativas al narcotráfico que deja al público sin aliento, literalmente.

Cabe subrayar que no sólo el guión ayuda sino que también se destaca la solvencia de varias estelaridades que figuran en el elenco, como es el caso del portorriqueño Benicio del Toro (con una nominación a mejor Actor Secundario) y un inefable Tomas Milian que también hubiera merecido algún tipo de condecoración histriónica.

La realización ya ha cosechado premios del Círculo de Críticos de Nueva York y del Broadcast Film Critics Association, lo que podría interpretarse como una señal esperanzadora que debería poner las cosas en su lugar a la hora de repartir los premios de la Academia. Pero con Hollywood nunca se sabe.

Como anécdota deberíamos integrar el título de Erin Brockovich que también lleva el sello del director Soderbergh, quien ha recibido dos candidaturas diferentes, en una especie de récord histórico que no se daba desde el año 1938 cuando el cineasta Michael Curtiz consiguiera una distinción por partida doble.

Sin embargo, en esta oportunidad, las diferencias cualitativas entre el filme interpretado por Michael Douglas y la obra que da pie para un lucimiento exclusivo de Julia Roberts, (también nominada como mejor actriz, por supuesto), son realmente abismales.

La historia autobiográfica de una desempleada que se convierte en asesora de un estudio de abogados logrando un éxito legal de varios millones de dólares por contaminación del medio ambiente no deja de ser un melograma muy bien barnizado para el consumo masivo. Lenta en su desarrollo y con una desembocadura inevitable en todos lugares comunes habidos y por haber, la película –a pesar de todo– logró intercalarse en la lista de favoritas con alguna pretensión que otra como para no pasar desapercibida.

Tampoco pasó desapercibida Chocolate de Lasse Hallstrom, otro producto envuelto para regalo que, con lejanísimos ecos de La fiesta de Batette, utilizó el seductor rostro de Juliette Binoche para recrear una trama sobre particular repostera que altera las costumbres acartonadas de un pueblo chico. Una película «políticamente correcta», en definitiva, que no deja de ser otro pasatiempo light para salir satisfecho del cine con la ilusión de haber visto una gran película. Aunque no lo sea.

Poco más puede agregarse de esta entrega de premios. Apenas señalar que Tom Hanks parece haberse convertido en el niño mimado de la industria con su tercera nominación a Mejor Actor por Náufrago (otro título tan olvidable como insulso) mientras que el español Javier Bardem se proyecta a la manera de una continuación de Antonio Banderas en el selecto universo vip latino de los Estados Unidos de América por su interpretación en Before nights falls.

Con mucha más hojarasca que en otras ocasiones, la nueva ceremonia hollywoodense no puede ocultar un indisimulado tono taquillero que parece intentar el clásico trueque de gato por liebre.

No todo está perdido, sin embargo; por ahí aparece el cineasta Stephen Daldry nominado a Mejor Director por el estupendo largometraje Billy Elliot (que curiosamente no aparece en la categoría de favorito a Mejor Película) mientras que la crudísima Amores perros, del mexicano Alejandro González Iñarritu también figura con posibilidades a Mejor Película Extranjera.

Entre tanta pirotecnia y pececitos de colores sería justicia que algo meritorio lograra la distinción que se merece. Que así sea.

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