Un Dios salvaje. Obra de Yasmina Reza, en el teatro Movie Center

El malestar en la civilización

Se podría hacer zapping con ellas: un espectador que abandonara la sala a los diez minutos y volviera en los últimos diez no habría perdido el hilo. Son piezas que se dejan ver; pero, mucho más, se dejan olvidar.

Así como en «Tres versiones de la vida» la autora quiso hacernos creer que ha descubierto que existen parejas mal avenidas, aquí descubre o inventa otro paraguas: todos somos un poco más salvajes, o un poco menos civilizados, de lo que creemos. Reza sentencia en una entrevista que «…no evolucionó» (el hombre) «desde la Edad de Piedra», lo que sabemos que no es verdad, si echamos una mirada distraída a Belsen o Dachau. Ya en «Arte» había descubierto Reza que la pretensión pura puede devengar dinero en materia de arte, lo que fue una cumplida profecía sobre su carrera. Aquí una pareja, los Reille (Rogelio Gracia ­ Leonor Svarcas) visitan a los Houillé (César Troncoso ­Cecilia Sánchez), en ocasión de que el hijo de los Reille ha roto unos dientes al niño Houillé, de once años. Se trata de un acercamiento, de cerrar heridas, de que los chicos hagan las paces. Nada más respetuoso, más urbano, con más tacto, que los dos matrimonios. Pero no se sabe bien si el niño Reille pedirá disculpas al niño Houillé; por donde aparece un primer motivo de fricción. Por el camino apuntan historias laterales con las que ambas parejas alimentan la incipiente hoguera. Reille, que es abogado, interrumpe continuamente las conversación para dirigir mediante su teléfono móvil una maniobra destinada a impedir que un medicamento, casualmente el mismo que consume la madre de Houillé, sea proscrito por dañino. La señora Reille vomita y sus efluentes amenazan arruinar un preciado libro de láminas de Oskar Kokoshka; y Houillé se ha desembarazado impiadosamente de un molesto hámster, al que abandona en la puerta de su casa, por lo que será juzgado y escarnecido. Al final, según puede prever el espectador más distraído a los diez minutos de empezada la pieza, aquello termina en una trifulca general y gags de golpe y porrazo en el mejor estilo de «os tres chiflados o de las comedias de Espalter y Cacho de la Cruz. Pero aún este fin, como sucede en todas las obras de la autora, es un signo de puntuación y no un desenlace.

Oímos al pasar que la obra es mediocre, pero que está muy bien interpretada. Pero la competencia del director y los cuatro actores realza la pobreza de la obra. El talentoso Mario Morgan, que es además iluminador y sobrio escenógrafo, Troncoso, Gracia, Sánchez y Svarcas no pueden hacer nada mejor. Lo intentan, con no poco mérito; pero nada ni nadie puede rescatar a «Un Dios salvaje».

UN DIOS SALVAJE, de Yasmina Reza, versión española de Fernando Masllorens y Federico González del Pino. Con César Troncoso, Cecilia Sánchez, Rogelio Gracia y Leonor Svarcas. Espacio escénico de Iván Delpratto y Mario Morgan, iluminación de William Melogno y Mario Morgan, dirección de Mario Morgan. En sala teatro Movie Center.

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