Babilonia, en teatro El Galpón
Son también un muestrario de nacionalidades, con españoles, italianos, una alemana.
Durante los primeros tres cuartos de hora no hay una trama, ni siquiera esbozada, sino un desfile, que usualmente sucedía al final, el «gran final por toda la compañía», de viñetas extraídas del sainete de comienzos del siglo XX. Todo ello nos permite disfrutar de un vital italiano, sobriamente interpretado por Luis Fourcade, y de un español deprimido a cargo de Emilio Pigot. De pronto el autor, Armando Discépolo, repara en que todas las obras deben tener un final y saca de la revista «Leoplán» o «Tit Bits» un robo de un desprevenido collar de diamantes de los patrones por una doméstica española; sigue, a cargo del amo, una pesquisa reveladora. Todos traicionan a todos, la vida es un sálvese quien pueda, los señores deben su bienestar al contrabando y, en menor escala, a la frecuentación de la tabla de lavar.
Ningún autor puede desarrollar medianamente en una sola pieza el alma de quince personajes, para peor obsesionados por mostrar acentos gallegos, voces italianas, canciones germánicas, alusiones políticas y hasta danzas españolas y Discépolo ni lo intenta. Cómo pudieron el autor y esta nadería ingresar a un Parnaso del teatro argentino, es un intrigante enigma: trataremos aquí de dar con alguna clave.
Jorge Denevi, cuyo arte y fina sensibilidad hicieron de «Babilonia» un espectáculo ágil y casi divertido, ha mostrado el camino, al agregar al texto de Discépolo alusiones al fascismo y al nazismo nacientes. La euforia de comienzos de siglo, cuando la Argentina era la novena economía del mundo, comenzaba a apagarse. Los inmigrantes pobres y esperanzados de «El conventillo de la Paloma» o «Las d’enfrente», rezuman la amargura del fracaso, el peso de una fe perdida. Saben, o creen, que sólo el delito permite ganar dinero más allá del indispensable para el diario sustento.
Saben que las mucamas serán siempre mucamas, que los colchoneros serán siempre colchoneros. La consciencia de estos trabajadores, ya en la década del 20, siente, muy confusamente, los efectos del capitalismo y la «industrialización». Nadie los quiere ver, no ya a través de «La clase obrera en Inglaterra»; ni siquiera a través de la lectura, que todos los intelectuales pudieron hacer, de las novelas de Dickens. Nadie quiere verlos; y los cadáveres de los obreros muertos en la construcción del hotel Conrad por «ahorros» en los costos de seguridad laboral no abrieron los ojos a nadie. Se habla hoy de «pérdida de valores»: su «recuperación» se hará mediante dosis masivas de pura ideología, sobre todo de la fantasmagoría nacional socialista: ilusiones de gloria, idealizaciones de la patria, el barrio (devorado por los shoppings y subsistente sólo como mito) el ruido rítmico y las esquinas benefactoras. Se exaltan, como cumpliendo un deber cívico, modestos «triunfos» deportivos y «músicas» de cuarto orden que, con la extraña aquiescencia general, se nos ofrecen como propios de una nación.
Mucha más gente de la que se supone fue, en aquella época, abiertamente, profascista y pronazi; y las «razones» de esta afiliación se están reproduciendo ahora.
BABILONIA, de Armando Discépolo, por El Galpón. Con Estefanía Acosta, Sandra Américo, Anael Bazterrica, Sarit Ben Zeev, Gastón Caperchione, Pablo Dive, Ignacio Duarte, Walter Etchandy, Marcos Flack, Luis Fourcade, Myriam Gleijer, Claudio Lachowitz, Emilio Pigot, Pablo Pipolo y Marina Rodríguez. Escenografía de Claudio Goeckler, vestuario de Nelson Mancebo, luces de Martín Blanchet y Eduardo Guerrero, dirección de Jorge Denevi.
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