Universal. Obra de Gioacchino Rossini, en el teatro Solís

El barbero de Sevilla: intriga  amable y de libérrima invención

España fue un fragmento del continente africano mal soldado a Europa con los Pirineos; en el siglo XIX sólo un espíritu tan amplio y libre como Gautier le hizo justicia, vio belleza en sus mujeres rústicas y un triunfo de la ambición en el garbanzo, una alverja que fue a más y tuvo éxito. Porque si de barberos españoles se trata, ninguna común medida encontramos entre este ingenioso entremetido y el prudente barbero del capítulo VI de «Don Quijote de la Mancha», que sólo tiene por igual, en conocimientos de libros y de historias, al cura del pueblo. Pero todo sea por el arte y la música.

«El barbero de Sevilla» es la obra más célebre de Rossini; y creemos fácilmente a la Wikipedia, que la cataloga entre las cinco óperas más populares del mundo. Es una ópera cómica, con cierto paralelo, aún en lo que se refiere a los personajes, con «Las bodas de Fígaro» de Mozart (1786), cuyo éxito fue aprovechado por Rossini y también por varios otros compositores. Es probable que ambos argumentos, pródigos en disfraces, engaños, sustituciones, enredos y matrimonios azarosos, resulten hoy ingenuos y propios de un museo; pero el humor y la diversión son estrellas fugaces ligadas a las circunstancias y azares del día y la hora.

La música comienza con una Obertura que, para un concurrente no versado en la materia, fue lo mejor del espectáculo. Variedad y correlación de temas, gracia y frescura en las melodías, un aire de espíritus burlones, descontraídos y resueltos, preparan los ánimos para una intriga amable y de libérrima invención.

Comienza la acción. Lo primero que vemos es una original, vistosa y práctica escenografía, que parece hecha de líneas rectas y alambres de hierro; a medida que la trama lo requiere, se mueve, se desplaza, se transforma y se recompone. Esta levedad y prontitud rimaba bien con una trama bidimensional y nos sugirió el formato de la historieta

En la interpretación, y dando por sentada la precisión y virtuosismo general de las voces, destacamos, como en otras oportunidades, el talento histriónico, que agrega, realza y completa al cantante. En particular Federico Sanguinetti, como Fígaro, unió a su hermosa voz de barítono su calidad de intérprete, que brilló también en el Don Bartolo de Gustavo Gibert. El encanto femenino estuvo a cargo de la mezzosoprano chilena Evelyn Ramírez.

EL BARBERO DE SEVILLA, de Gioacchino Rossini, con Evelyn Ramírez, Silvana Saldías, Federico Sanguinetti, Carlos Carzoglio, Gustavo Gibert, Andrés Prunell, Leonardo Ferrando, Jorge Scorza y Marcelo Otegui. Escenografía, vestuario y utilería del Teatro Municipal de Santiago de Chile, dirección musical de Reinaldo Casabella, coro del Sodre dirigido por Antonio Domenighini.

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