Muerte de dos creadores
Hay personalidades que no recorren las pasarelas de las exposiciones internacionales con regularidad ni reciben la difusión de los medios o el aplauso del público, para concentarse con porfiada tenacidad en la creación como forma de vida. Barry Flanagan nacido en Prestatyn (1941), en el País de Gales, se marchó para estudiar, primero, en Birmingham en el College of Arts and Crafts (1957-58) y más tarde residir en Londres y seguir cursos en la famosa Saint Martin’s School of Arts (1964-66), donde luego sería profesor. En sus primeros trabajos, empleó materiales poco convencionales para alejarse de la obra de los escultores británicos Henry Moore y Anthony Caro. La arena, la soga, el yute y la luz estuvieron organizados en elementos sencillos donde las formas son el resultado de procesos de acciones (doblar, apilar, llenar): dos bolsas de muselina llenos de arena adquieren una forma dilatada por la presión del material en su interior y el tejido flexible, un trabajo que ya pone en evidencia el especial sentido del humor influido por la irreverencia de Alfred Jarry y la patafísica.
Esa búsqueda de nuevos materiales lo condujo a merodear el arte povera y el minimalismo como dejó constancia en la muestra colectiva Road Show. Nueva encuesta inglesa, exhibida en la entonces Comisión Nacional de Bellas Artes, al costado derecho del Teatro Solís, en 1971, acompañado de colegas famosos (Keith Arnatt, Richard Long, Colin Self, entre otros) que desorientó a la soberbia provinciana de Montevideo, esa que sigue imbatible hasta hoy. Pero Flanagan estaba condenado a la escultura. En plena efervescencia innovadora, Flanagan comenzó a experimentar, luego de un viaje a Italia en 1973, con el mármol y el modelado en barro, utilizando como elemento figurativo la liebre (y otros animales) en diferentes posiciones y contorsiones, composiciones sumamente dinámicas, por momentos de aspecto antropomórfico, parodias de la tradición estatuaria y de los temas (incluyendo el desnudo femenino y las bailarinas de Degas) que la caracterizaron largo tiempo y le dio al arte inglés un soplo renovado de mayor autenticidad que la generación que lo siguió. Murió el 31 de agosto. Algunos podrían confundirlo con el estadounidense Bob Flanagan (1952-1996), nacido con fibrosis quística, enfermedad que a pesar de todos los dictámenes resistió 44 años de terrible sufrimiento y, en actitud sadomasoquista, ejecutó instalaciones fotográficas y de mobiliario de hospital con todo el proceso del tratamiento de la enfermedad en emocionantes y brutales imágenes exhibidas en The New Museum of Contemporary Art, Nueva York, en 1994.
A consecuencia de complicaciones en una operación al corazón, João Vieira (1934-2009) falleció el viernes en el hospital de Santa Marta, Lisboa. Natural de Vidago, Tras-os-Montes, hizo los cursos convencionales en la capital portuguesa y, becado por la Fundación Gulbenkian, rumbeó a París para salir de la asfixiante atmósfera de la dictadura salarista. Allí encontró otros exiliados lusitanos: Lourdes Castro, René Bertholo, José Escada, Gonzalo Duarte, Costa Pinheiro y el agregado de Christo y Jan Voss (luego incursionaría el uruguayo José Gamarra); fundaría el Grupo KWY (cá vamos indo, según algunos humoristas y en pronunciación portuguesa, es decir, así nos va acá), uno de los más interesantes e imaginativos movimientos de artistas portugueses, todos creadores de primer nivel. El arte abstracto, que ya tenía algunos antecedentes aislados en el país (Santa Rita Pintor, Amadeo de Sousa Cardozo, Almada Negreiros), se consolidó en el extranjero y obtuvo justificado renombre. Con la Revolución de los Claveles, en 1975, volvieron a Portugal y João Vieira formaría parte del equipo cultural del ministerio democrático. «Al final, siempre poseo un (saludable, incontrolable, maravilloso, simpático) mal humor y soy, tal vez, confictivo. Tendré con todo mis razones. ¿Será un defecto», sentenció alguna vez João Vieira. Con estudios en París al lado de Arpad Szènes, compañero de Maria Helena Vieira da Silva, y en Londres, formó parte de la generación artística portuguesa renovadora de la segunda mitad del siglo XX, con acento muy personal. Antes que nada, fue pintor, aunque incursionó con pasión por el teatro en calidad de escenógrafo y figurinista, hizo instalaciones y performances,diseñador gráfico, cantor de boleros luego de una visita a Cuba, y dejó un disco, pero lo sustancial fue la pintura, pues quería «hacer poemas con la pintura». Y lo hizo. Empleó el alfabeto occidental, y a veces el griego, para ejecutar una pintura gestual, sensorial y seriada, de enorme convicción, que en épocas posteriores derivó en signos más geométricos de fuerte cromatismo. Un maestro, sin duda, de la modernidad portuguesa que debía recibir este año el anunciado Premio de Pintura Amedeo de Souza Cardoso, pero la muerte se anticipó.
Compartí tu opinión con toda la comunidad