ENTRE SARTENES Y AGUJAS

No es denigrante ser cocinero. No es deshonroso ser modista. Tampoco ser comunicador o periodista. Aunque puedan existir diferencias porque nadie vaya a comer al restaurante o nadie se ponga una pilcha con la firma de tal o cual o que nadie preste atención a tu escribir o decir. ¿De qué valen los títulos si del otro lado nadie responde?

Ser laburante no puede descalificar a nadie. También vale que la mala nota puede ser alcanzada por la vaciedad o la nadería de quien esté intentando vender su imagen y su producto.

En los últimos días, los uruguayos estamos digiriendo un cholulo al mejor estilo porteño, quizás por el abuso de tanto programa televisivo que nos llega desde la otra orilla de aspirantes a vedettes, de madres solteras con hijos que están sin pensión paterna o de veteranas que pierden a sus galanes veinte años más jóvenes, todos con la necesidad de ganar o recuperar ser famoso/as por otros cinco minutos, cinco porque ya no da ni para quince. No son los únicos culpables. Ahora Bendita TV entró en ese deporte. Todo a la broma, a veces, solo a veces lograda. Recientemente comenzó la emisión de otro programa que dice ser nacional que tiene como conductores a periodistas que cruzan el charco y nos enseñan que aquí, en este Uruguay, hay también farándula y en ella hay escándalos que atrapan audiencia.

La City, con Luis Ventura y Rafa Juli está ampliando esa ventana a la discordia, los celos, la envidia y los intereses de buscadores de promociones. Ventura, que es ya experiente periodista y co-responsable de Intrusos en el Espectáculo en Buenos Aires, por canal América, junto a Jorge Rial, domina el oficio y aquí muestra cómo se puede recorrer temas tontos con algo de delicadeza, cosa que no sucede con su compañero argentino, que suele ser dilapidador de malas intenciones y mucha palabrota gratuita. El saldo, por tanto, es menos agresivo y más soportable aunque también, para los más chismosos eso implique menos escándalo. Lo de Juli también entra en ese tono menos irritante y los dos logran, aunque no se crea, que las peleas sean entre los pocos que somos y lo mucho que nos conocemos.

El diferendo más importante en estos días está en la contienda entre Sergio Puglia y Sara Perrone. Por más objetivo que se quiera (en parte de ahí el título «Entre sartenes y agujas») es que hay distancias insalvables, porque no caben comparaciones entre titulares indiscutidos de una profesión y aspirantes a suplentes.

Puglia, que comenzó como cocinero, logró consolidarse como una de las relevantes figuras en la comunicación radial y televisiva con una especial traza por la conjunción de buen decir y de saber decir, combinando año tras año su capacidad, sus conocimientos, sus manejos de los tiempos en cualquiera de los medios de su comunicación. «Es un referente» dijo Juli. Claro que sí. Pero, en este caso, Sergio pifió su ataque. Olvidó que su contrincante es una muchacha bonita pero que aporta solo eso, sin mayor esfuerzo y sin ninguna preocupación por disparatear, en la impresión de no dominar ni ese buen decir y ni ese saber decir. Lo hace, para peor, con soltura.

O sea que Sergio excedió su ataque. Debería darle tiempo a Sara a que mejore su formación y no pretenda ser el punto central de un programa matinal de rutina. Por su parte, el mayor rating no sirve como explicación para desechar lo que otros hacen.

Ya se sabía que Puglia no ganaba en audiencia. De lo que no fue culpable total. La producción del canal había traído cambios que desvalorizaron su programa matutino. Además, no todos los años pueden ser buenos por lo que debe aceptar su baja o cansancio o aburrimiento que en el saldo final fue pérdida de entusiasmo.

Parafraseando a Napoleón ­perdón por el atrevimiento­ «el que se detiene, se sienta, el que se sienta se acuesta, el que se acuesta se duerme y el que se duerme se muere y se queda sin rating».

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