La posteridad de las ratas
Copi obstinadamente sucio y un tantico paranoide, se empeñó en dar que hablar con extravagancias; por algo se vinculó en París con Alejandro Jodorowsky y Fernando Arrabal.
Copi pudo ser el niño Jaimito, o el que escribió, allá lejos en el tiempo, «pichí» y «caca» en el pizarrón de la escuela para espanto de alguna maestra vareliana. En su momento Copi pudo lograr notoriedad, siempre ilusoria y momentánea; hoy su obra es poco leída y menos aún representada. Federico Roca y Fernando Rodríguez Compare, como antes César Aira en 1988, lo rescatan, creemos que momentáneamente, del sepulcro de anaqueles polvorientos donde yacen los libros que nadie lee.
En el Uruguay de los últimos veinte años hubo sólo una puesta en escena de Copi, «El refrigerador» (1990), en la Alliance Française, dirección de Luis Cerminara y actuación de Mary da Cuña. Aquello era Copi en estado puro. Al protagonista, o a la protagonista, porque no se sabe si es hombre, mujer o transexual, la madre le regala un refrigerador. A partir de ese momento le suceden toda clase de calamidades, entre ellas una o dos violaciones, hasta que, en un adocenado trueque de papeles (cambio de identidades que acontece también en la obra de Roca), el refrigerador cobra vida para tomar la de su dueño o dueña en momentos en que él (o ella) se zangolotea con una rata.
Años más tarde, en el Festival Internacional de Teatro de Buenos Aires del año 2003, vimos una segunda pieza de Copi, «Cachafaz». Es la historia de un cargoso macró montevideano (Cachafaz) que explota a un travesti (Raulito); ambos cometen varios asesinatos, trocean las víctimas y venden los pedazos a las carnicerías; al fin interviene la fuerza pública. El libreto de «Cachafaz» abunda en penosas décimas, con rimas en el estilo de las del tío Tin Tin de Armagno, que por lo menos no se tomaba en serio. Copi martilla nuestros oídos con sus temas predilectos: falos, anos y, sobre todo, fellatios. Por ejemplo: «si me han destrozado el ano/yo siempre fui de inocente» o «…es la gloria de un matrero/ ser adorado de un puto». Al comenzar la obra tres actores dicen, sucesivamente «…te la chupo por quince pesos» hasta que un cuarto, innovador, replica «te doy quince pesos y te la chupo».
Como se comprende, Copi trata de amedrentarnos con su audacia. Podría lograrlo si tuviera como público a las viejitas que iban a la Hora Santa en la parroquia del barrio; ahora, en los siglos XX o XXI, después que se revalorizó la obra de Sade y después de Genet, ambos más creíbles y muy superiores a Copi, no sólo en talento sino también en suciedad, sexo y crimen, el desdichado Copi tiene pocas chances de sobrevivir.
Por momentos, concluida la pieza, pensamos que Federico Roca rindió a Copi un tributo que no merecía. Es evidente, a estar a los diálogos, que el valor literario de Copi es inexistente y que su vida fue una pura desgracia; pero de un modo u otro, al evocarlo como era, Roca lo crucifica. Sólo puede mostrar petulancias vacías, expresiones chocantes, gritos destemplados y frases que parecen extraídas de la sección «Mensajes especiales» de los diarios del domingo. No hay más que eso. Roca no pudo hacerlo mejor, y la obra es entretenida y ágil; pero entonces ¿por qué Copi?
La pieza está puesta en escena con la competencia habitual en Fernando Rodríguez Compare, autor también, como acostumbra, de una muy buena selección musical. Tiene Rodríguez Compare un intérprete muy convincente en Pablo Robles en el papel de Copi, bien secundado por Federico Torrado.
LA POSTERIDAD DE LAS RATAS (Buscando a Copi), de Federico Roca, con Pablo Robles y Federico Torrado. Vestuario de Cecilia Carriquiry, luces y escenografía de Alvaro Domínguez, selección musical, puesta en escena y dirección general de Fernando Rodríguez Compare. Estreno del 12 de agosto, en Teatro de la Candela, Ellauri 308.
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