Tres tristes tangos, obra de Alberto Paredes, en el mini teatro El Bardo
La nota continuaba afirmando que «la obra es, no obstante, apenas aceptable…Esta historia beata de los tres amigos dipsómanos, redimidos por el más alcohólico de los tres…es…ingenua hasta decir basta y sobrecharlada hasta la exasperación. No obstante, en comparación con los libretos que se prodigan hoy, parece una pequeña maravilla».
El paso del tiempo, pese a que hoy los puntos de comparación son peores que en el año 2005, no benefició a la obra. «Tres tristes tangos» mantiene el mérito de una trama perceptible, de la revelación, casi por azar, de actos que se quieren ocultos, generalmente claudicaciones que demuelen imágenes construidas para los otros; pero esta idea, que tiene sustancia teatral, está ahogada bajo una cháchara incontrolada. Aún debe decirse que, como idea, está demasiado dicha, es demasiado visible y mostrada con explicaciones y discursos, no con hechos y silencios, como sucede en la realidad y como debería suceder sobre el escenario. En segundo lugar, el fetiche de la amistad masculina multiuso, que ya era cargoso en el año 2000, hoy es obsoleto; y la fruición con que todos cumplen el rito lacrimoso de «Contame tu condena / decime tu fracaso» no sólo es arcaica, sino que roza el ridículo. El público joven de «Tres tristes tangos» se ríe; pero se ríe porque no le entra en la cabeza tanta rumia del dolor. Finalmente, el contraste de los tres amigos, cortos de genio a veces, engrupidos y engrupidores casi siempre, pero buenazos los muchachos, con el triunfador irrecuperable y malo, suena a demasiado simple.
Dirección (Franklin Rodríguez) e interpretaciones son correctas, dentro de un naturalismo muy conocido; ambas tienen el mérito de suceder en el difícil espacio del miniteatro El Bardo.
TRES TRISTES TANGOS, de Alberto Paredes, con Fernando Canto, Miguel Montedónico, Arturo Wilson y Fabián Acosta. Luces de Mariana Ferreiro, dirección de Franklin Rodríguez. En Espacio Teatro, sala El Bardo, Mercedes 865.
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