Arte

Norberto Berdía faltó a la cita

Al contrario de lo que se supone, Norberto Berdía (1900-1983) no fue un pintor ecléctico. Tuvo períodos nítidamente definidos, cambiantes, pero definidos. Su formación en el Círculo Fomento de Bellas Artes junto a Guillermo Laborde, entre 1920 y 1924, como la mayoría de sus colegas generacionales, entre ellos José P. Costigliolo, lo condujo a la práctica de la corriente dominante instaurada por su maestro, el planismo, evidente en los colores vibrantes de Puente del Paso del Molino, 1925 (ausente en la exhibición), y más moderado, en Autorretrato, c. 1925, donde establece una sutil composición de planos sin ardor cromático, poco conocido y que aquí se muestra. Se plegó luego al realismo social, característico de una parte de la década del treinta, empujado por la carismática visita al país de David Alfaro Siqueiros en 1933, que conquistó un buen número de adeptos, como antes, en Buenos Aires, donde residió buena parte de su vida, Berdía se acercó a Gómez Cornet, Giambiaggi, Quinquela Martín y el escultor Luis Falcini, maestro que actuara, invitado por Blanes Viale, en el Círculo de Bellas Artes durante una década. Militante en los círculos gremiales de ideología izquierdista (como mucho después modificará radicalmente su posición), Berdía recupera la consistencia naturalista, otro período neto (sin el sentido lírico de Ricardo Aguerre, con el que tiene algunos puntos de contacto), con formas densamente volumétricas ( Niño del sombrero, 1929, Las moñas rojas, 1932), para acentuar el costado social referido al entorno inmediato en Negrito triste, 1934. Cafuringa, 1938, ya conquistado por la prédica del muralista mexicano. En 1937 se marchó a Europa y admiró los muros de Ucello, del Castagno, Piero, Carpaccio y Masaccio, adquirió un dominio técnico y una formulación sintética de gran persuación expresiva, reforzada por su estadía como becario en México (1945-47) y el contacto con las culturas de los países andinos. Se suceden series de trabajos de sólida expresión figurativa (en oposición al constructivismo torresgarciano con el cual polemizó), anticipados en Cufuringa, 1938, Muchachos, 1939, Campesina y La bella mulata, ambos de 1940, emblemáticos de su producción, para desembocar en la temática de personajes indígenas de los países que visitó ( Mercado de Texmelucan, Platicando, 1945, Cholas ecuatorianas, 1946, Mercado en Asunción, Paraguay, 1952, Paraguayas conversando, 1950, Mercado en Bahía, 1953), cuadros en los que, sin abandonar la temática del entorno inmediato, va estructurando la composición en base a planos sintéticos en vez de los analíticos de su etapa anterior.

Los títulos de las obras son suficientemente elocuentes para caracterizar la fecundidad inventiva de Berdía al mismo tiempo que introducen un sesgo distinto en la pintura uruguaya (dominada por la abstración geométrica) con una mirada detenida en indios y cholas, en muchachos y niños desamparados, en gauchos y trabajadores en mercados populares, toda una iconografía que elude, como pocos artistas nacionales, la retratística de la burguesía y la placidez urbanística playera.

En la década del 50 no resiste la tentación de la pintura abstracta, cada vez más impositiva, y se pliega a los movimientos del arte no figurativo. Lo hace con poca convicción, a pesar de su inicial entusiasmo, derivando hacia paisajes y barcas, en ascéticas composiciones, con aislados toques matéricos de talante expresionista.

Casi nada de esta trayectoria, vasta y compleja, ni los cuadros mencionados, aparecen en la exposición del Museo Blanes. Aunque quiere ser una «aproximación a su obra tardía», situada entre 1930 y 1970, el período sustancial de su trayectoria, no su obra tardía, así como la presentación de proyectos murales, siendo de escasa entidad la obra abstracta (lo mejor, Sin título, contagiado de Poliakof). El resultado es una muestra insatisfactoria de Berdía, pautada por pequeñas obras que no dan la dimensión real del artista que, sin ser una personalidad de primer orden, dejó un legado importante. La buena intención de la curadora Mary Galbiati ofrece un panorama epidérmico y reductor, prefiriendo detenerse en aspectos de su vida en la extensa biografía, con el aporte de algunos elementos nuevos, sin un análisis detenido de sus diferentes períodos. Recientemente, en una casa particular de Pocitos se exhibieron más enjundiosos cuadros del período abstracto. Hay algunos errores de lectura en las fechas : dos tintas sobre papel no corresponden a 1966, sino, claramente escrito, a 1961. También es curioso el año de nacimiento: en el catálogo figura 1899. En todas las publicaciones efectuadas figuró el año 1900 como fecha de nacimiento y el artista en vida nunca la rectificó. Ahora se modifica y convendría saber en base a qué documento se alteró y, aunque hecho menor, despejar la incógnita.

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