EMPATE
«Amor se llama al juego en que un par de ciegos juegan a hacerse daño», sostuvo Joaquín Sabina, escéptico, casi indiferente y desdeñoso. Sin duda, para tal afirmación no debe haber visto «Victoria», el culebrón colombiano que acaba de terminar por Canal 10. Al decir de encuestadoras, fue lo más visto por los televidentes locales. Lo que no habla muy bien de las exigencias de ese público cautivo.
Desde hace casi medio siglo los programas de las televisoras privadas abiertas 4, 10 y 12 nos han curtido a novelones de pobres empleaditas domésticas que se enamoran del hijo de un ricachón y al final resulta que es su hermano porque el viejo había tirado algunas canas al aire. El común denominador era la presencia de tales mujeres que sufrían desprecios, vejámenes y otras crueldades hasta el final, luego de meses de tejer la trama por los guionistas, cuando ella logra la felicidad de encontrar el amor para comer perdices…
En estos años han pasado historias de muchos países latinoamericanos. Argentina, el mayor proveedor, Brasil, el mejor, Chile, el machista, y los colombianos, venezolanos o mexicanos probando como la vida da tantas vueltas que nadie puede escapar de esos penares de mujeres débiles y los suplicios y calvarios que deberán padecer para lograr la contentura final.
Gustave Flaubert dijo, crudamente, que «Ser estúpido, egoísta y estar bien de salud, he aquí las tres condiciones para ser feliz, pero si os falta la primera, estáis perdidos». Sumaríamos el ser bien millonarios, para pasar con inconciencia por esas condiciones.
Vimos el pasado sábado los dos últimos capítulos de «Victoria», dramón que Canal 10 presentó como la venganza de las mujeres a los desaires masculinos. Y el saldo fue no de venganza, apenas victoria o derrota, más bien empate. Con mujer que vuelve a meter la pata y cree en el milagro del amor. Había, sin embargo, alguna diferencia. Se atrevía a poner como argumento el enamoramiento de una cincuentona con un fulano trece años más joven, cuestión habitual si uno sigue los programas chimenteros que vienen en las tardes desde Argentina, con los bien alimentados escándalos de Susana Giménez, Moria Casán o Graciela Alfano, por decir algunos.
En nuestra «Victoria», la protagonista está muy feliz con su marido festejando los treinta años de casados. ¡Zacate! Hasta que ese día se entera que su cónyuge, Enrique, anda gozando las mieles de una veinteañera, Tatiana.
Valiente, ella rompe la relación y de paso encuentra a un muchacho cargado de soledad y que gusta, a primera vista, de la doliente veterana. Pero el amor termina en separación.
Enrique, que está más joven al quitarse el bigotón, quiere volver con Victoria. Pero hete aquí que reaparece Gerónimo, el joven, tres años después, y pasa con Victoria una inolvidable noche de placer. Y le pone un ultimátum. El se va a España con ella o sin ella.
Para la pobre Victoria llega la duda cruel, que es mucha, porque debe cuidar a sus tres hijos, que cada uno tiene su ralladura, y a una fábrica de pasteles no es broma.
Y ya estamos en el final, con Victoria y esos tres hijos, la hermana, la madre y la mejor amiga llenándole la cabeza para que largue todo y se vaya con el muchachito. Y, a los apurones, salen todos corriendo hacia el aeropuerto y allí cuando él está por abordar su vuelo siente el llamado de Victoria. Se besan, hay aplausos tontos de los otros, y por arte y magia de la vulgaridad sensiblera, la siguiente toma es de los dos, Victoria y Gerónimo, de blanco, viviendo la bucólica gracia de caminar por una solitaria playa, pateando las olas y besándose con eso que significa eternidad, el fondo de un mar calmo y un horizonte que está marcando, sin duda para los insensibles, que el futuro tiene muy lejano el infinito.
Esto surgió de apenas dos capítulos. ¿Por qué sufrir más? «Perdonamos cuando amamos», dijo La Rochefoucauld. Pero, ¿de puede perdonar tanta tilinguería?
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