La Madonnita, obra de Mauricio Kartún, en el teatro El Galpón
Soñábamos con vernos libres de la familia Discépolo, no sólo del machista, cínico y llorón Enrique Santos, sino, más que nada, de Armando, del que le sacó dinero a Federico Mertens y a Daniel Tinayre con el mismo cuento, el inminente lanzamiento a la calle por falta de pago de alquileres; dinero que utilizó, esas mismas noches, en pasearse con mujeres en un coche tirado por caballos. Pero hete aquí vuelve Discépolo a nuestras tablas, con la escritura de Mauricio Kartún, algo mejor que con la brocha gorda de Roberto Cossa. Kartún nos propone un polaco fotógrafo y macró (Dardo Delgado) que aspira a vender fotos pornográficas de su mujer, la silenciosa Madonnita (Soledad Frugoni) en instante en que parece ser penetrada por un partenaire gangsteril (Marcos Zarzaj), que al fin rescata a la impávida modelo de un uruguayo seductor y arriesgado que casi se la lleva; todo eso para que la Madonnita, al fin, sin esperanzas, … pero no contemos el final, también propio de esa nada que se ha llamado el «grotesco», deformación, parodia y al fin Apocalipsis menor del decente sainete de comienzos del siglo XX, que supo de autores con gracia, fuerza dramática e inspiración como Vacarezza, González Castillo y Mertens.
Pero para retratar con convicción dos crápulas no alcanza con proponérselo. Si el autor no lo es, y creemos que el delicado, amable y bueno de Mauricio Kartún no sólo no lo es en forma alguna sino que no tuvo en toda su vida el menor contacto con el submundo de la brutalidad, la explotación y el crimen, la ciencia que pudo adquirir en este punto no le fue suficiente. Lo que Sánchez, Chejov, Genet u O’Neill hubieran logrado en una sola frase reveladora, Kartún fracasa en decir a través de largas tiradas de flagrante abyección. Por momentos sentimos que una nube de palabras ha ocupado el escenario; palabras que antes ocultan que no dicen lo que deberían revelar.
Para peor Kartún se siente en la necesidad de causar molestias inútiles al espectador. La obra arranca, para el público, cuando la acción ha comenzado hace rato. Quienes hablan no nos informan, realismo insensato, de lo ocurrido, ocurrente y a ocurrir; dan por supuestas conversaciones y datos anteriores, que harían clara la acción pero que no nos llegan. Como, además, parlotean hasta por los codos, sobreviene al público un estado de desconcierto ante la dificultad de entender qué pasa. Como lo que sucede en la obra es muy simple, y hasta grueso, ese velo de misterio resulta pura complicación.
Así y todo, la obra pudo tener una puesta en escena (Graciela Escuder) más aplicada, más expresiva, de mejor comunicación. En particular no entendemos por qué Dardo Delgado y Marcos Zarzaj, que son buenos actores, tuvieron que emplear el mismo tono durante prácticamente toda la obra: un tono de rezongo y yo-me-las-sé-todas en Delgado, un tono de inepta agitación en Zarzaj. Esto produce una sensación contracturada, de escena estática, sin crecimiento ni modificación posible, todo ello agravado por la falta de transiciones, que hace pensar que todo el drama de Kartún sucede en una sola escena.
LA MADONNITA, de Mauricio Kartún, por El Galpón, con Dardo Delgado, Marcos Zarzaj y Soledad Frugone. Escenografía de Elbio Ferrario. Vestuario: Aída Sanz. Luces: Héctor Guido e Ignacio Duarte, dirección de Graciela Escuder. Estreno del viernes 14 de agosto.
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