PESADILLAS SUBYACENTES

La reconstrucción de la historia admite múltiples estrategias, que discurren entre la mera recreación hasta la interpretación de la habitualmente compleja ecuación causal.

En ambos casos, lo crucial es siempre trabajar con la materia prima de la memoria, en tanto fiel retrato de la realidad, de personajes, situaciones y múltiples vicisitudes compartidas.

Obviamente, ese correlato no se agota en la mera enunciación de fenómenos o acontecimientos pasados, sino que implica un ejercicio bastante más afinado de razonamiento.

Para indagar en esos a menudo áridos territorios se requiere apelar a la lógica causal, pero también a la sensibilidad que siempre opera como mecanismo decodificador.

No obstante, ni las más rigurosas metodologías científicas logran discernir, con total exactitud, cuáles son las radicales diferencias entre los mitos y las verdades incontrastables.

Los falsarios, que suelen monopolizar el discurso oficial con su inmenso poder para manipular a la opinión pública, son expertos en distorsionar la historia y transformarla en materia funcional a sus intereses corporativos.

Para ellos, la clave es el ejercicio de la desmemoria, que puede mutar a un gobierno autoritario en democrático y hasta a los agentes de cambio en eventuales conspiradores.

Sin embargo, la misión de la literatura ­naturalmente la testimonial- es narrar la otra historia, esa que se desmarca claramente de la subjetividad de los verdugos de la verdad.

En «Una pequeña guerra», el escritor uruguayo Alfredo Cipriani aporta una visión personal en torno a los dramáticos acontecimientos que sacudieron a nuestro país entre las décadas del sesenta y el sesenta del siglo pasado.

Cipriani, que nació en 1938 en Montevideo pero está radicado en Las Piedras, estudió pintura, grabado y cinematografía, lo cual coadyuvó, en forma determinante, a la maduración de su sensibilidad individual.

Entre 1968 y 1973, culminó sus estudios secundarios e ingresó a la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales, donde desarrolló una intensa actividad gremial. En 1974, emigró a la Argentina.

Combinando su actividad como plástico con su pasión por la literatura, estudio en el taller literario de Sylvia Lago y Washington Benavides y, el año pasado, recibió una mención por su cuento «Testigo», en un concurso organizado por la revista «Periscopio».

En veintitrés relatos breves, el autor condensa el fruto de su maduración intelectual acerca de los tiempos más oscuros de nuestro pasado reciente.

Aunque las narraciones y los personajes son ficticios, en todos los casos se advierte una fuerte apelación a la memoria autobiográfica y a la experiencia vivida.

La mayoría de los cuentos, que están ambientados en Montevideo durante la predictadura y el propio gobierno autoritario, trasuntan el agobiante terror de la supervivencia cotidiana.

Muchas de estas historias están protagonizadas por estudiantes, que se transformaron, a la sazón, en grandes protagonistas de la resistencia a la prepotencia.

Aunque el creador no menciona fechas ni a personalidades notorias, resultas relativamente fácil reconocer las escenografías en las cuales transcurren los acontecimientos.

La clave, es casi siempre, la violencia instalada en la sociedad uruguaya, que Alfredo Cipriani recrea con elocuencia y hasta con singular crudeza.

En «Una pequeña guerra», Cipriani exhibe una escritura prolija y bastante consistente, que discurre entre la recreación histórica en clave de ficción, la apelación testimonial y la reflexión personal.

(Editorial Botella al Mar)

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