Opinión. El mito del actor creador es difícil de desarraigar

Bárbara, de Ximena Granero y Adrián Rodríguez, en el teatro Torres García

Aquí el punto de partida, lo que se llama en la correspondiente jerga el «disparador» o «estímulo» es Bárbara, la esposa o compañera de Calabar, un portugués del Brasil, siglo XVII, que en la guerra entre Portugal y la Dutch West India Company por la posesión del Nordeste de Brasil, desertó del ejército en que formaba para pasarse a los holandeses de Nassau: fue capturado, juzgado por traidor, muerto y descuartizado.

Más que esta sucinta información no se encontrará en la pieza que se estrenó en el Museo Torres García: como suele ocurrir en nuestro medio, la historia y la literatura se emplean solo como puntos de partida inconmovibles e inconmovidos (tributo, tan inconsciente como reaccionario, al orden social establecido), con los que el actor, convencido de que es el verdadero dramaturgo, sólo excita su capacidad de soñar (tributo, nuevamente reaccionario, a la santidad del orden establecido). La historia es instrumental: podría ser sustituida sin mayor mengua por el alcohol o la pasta base.

En «Bárbara» ocurre lo de siempre: no hay una averiguación seria de los sucesos históricos, no hay un intento de interpretación, no hay una idea dramática a extraer, sino una extraña sumisión a muy mala literatura, a sugestiones muy obvias del tema, a las circunstancias, a las experiencias, a las veleidades del improvisador. Así, aparece, créase o no, en medio del cañón fatal, allá por lo que hoy es Recife, Ximena Granero, magníficamente vestida por Graciela Abeledo. Habla, un poco angustiada y otro poco exaltada, de un ataque próximo; luego habla de la muerte de Calabar.

Confesamos que en muchos momentos era tal la vaguedad y la divagación del texto, más propio de la de una alumna de algún taller de literatura que de la hembra bravía del bravo Calabar, que a menudo perdimos pie y ya no comprendíamos qué estaba diciendo.

Como casi no hay acción en la pieza, para llegar a la hora y algo que dura la obra se agregaron canciones, momentos de coreografía a cargo de la misma Ximena Granero facón en mano, fragmentos en portugués (que no entendimos), escenas de lucha armada con un solo contendor. Y Bárbara por el suelo, arrastrándose, caminando, cayéndose, gateando, levantándose, etcétera.

Ximena Granero, como actriz, tiene condiciones para el teatro. Insiste demasiado en miradas perdidas y ojos desorbitados como si estuviera en un estado próximo al estupor, cosa difícil de creer en la recia heroína.

Tiene Ximena un perfil original, con personalidad y fuerza; atrae; su dicción es buena, canta aceptablemente, se mueve con gracia y a veces muestra perfección acrobática. Pero nada de eso alcanza para componer una obra de teatro que viva y se sostenga sobre las tablas. El mito del actor creador es un mito difícil de desarraigar, por lo grato a la vanidad: pero no alcanza con ser actor para ser, sin más, dramaturgo.

BARBARA, de Ximena Granero y Adrián Rodríguez, sobre una idea original de Ximena Granero, actuación de Ximena Granero. Vestuario de Graciela Abeledo, entrenamiento corporal de Daniel Chestak, música de Adrián Preza, realización audiovisual Luis Izzi, iluminación de Adrián Rodríguez. Estreno del 16 de agosto, teatro del Museo Torres García.

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