Turbulentos tiempos de utopía
Ese periplo, a menudo traumático, suele ser la síntesis del aprendizaje teórico pero también del conocimiento empírico adquirido mediante la experiencia cotidiana.
Es claro que las generaciones que crecieron y se formaron en los tiempos de la represión que condujeron a la dictadura en nuestro país, fueron protagonistas de una realidad dramáticamente dolorosa.
Sin embargo, esa lacerante convivencia con la pesadilla coadyuvó, en forma determinante, a forjar en ellos una concepción del mundo y la sociedad bastante más crítica, que los convirtió, a la sazón, en auténticos agentes de cambio.
Ese aleccionante ejercicio reflexivo les permitió, por ejemplo, aprender a separar el trigo de la cizaña, a los héroes de los traidores y a las fuerzas transformadoras de los apátridas mercenarios del modelo neoliberal de mercado.
En «La culpa fue de Fidel», la realizadora Julie Gavras, hija del emblemático creador franco-griego Constantin Costa-Gavras, construye un sensible filme que reflexiona acerca del siempre complejo aprendizaje político.
Resulta obvio que la obra tiene mucho de autobiográfico, en tanto el padre de la directora es uno de los cineastas más comprometidos y controvertidos de todos los tiempos.
Constantín Costa-Gavras dirigió «Z», «La confesión», «Desaparecido» y «Estado de sitio», entre otros recordados títulos.
«La culpa fue de Fidel» reflexiona en torno al despertar político de Anna, niña parisina de clase media y de educación católica que sin proponérselo- se sumerge en una aventura existencial impactante y removedora.
No en vano el relato está ambientado en 1970, en tiempos de tensa coexistencia entre bloques ideológicos antagónicos, entrañables utopías de cambio y movimientos internacionalistas de liberación.
Mientras varias guerrillas de inspiración guevarista luchaban en América Latina contra dictaduras títeres del imperio, en Chile se iniciaba una efímera revolución pacífica encabezada por Salvador Allende, que luego fue aniquilada. El relato vincula la experiencia de la protagonista a ese ciclo de turbulencias a través de sus padres, dos intelectuales que apoyan a los patriotas españoles que combaten a la dictadura franquista y a la causa emancipadora de las izquierdas latinoamericanas.
El traslado de la familia a Santiago de Chile inicia el tramo más crucial de la narración, que se impregna de las tensiones políticas devenidas del ascenso de Allende al gobierno y del trauma provocado por la muerte de un tío asesinado por la salvaje tiranía española.
Obviamente, todas esas circunstancias históricas son una materia de aprendizaje para la pequeña, quien interpela a los adultos para intentar comprender una realidad que le resulta naturalmente ininteligible.
De algún modo, esa pedagogía vivencial guarda cierto paralelismo con la magistral «El laberinto del fauno», de Guillermo del Toro, que narra la historia de una pequeña durante la fase más álgida de la dictadura franquista.
Sin embargo, a diferencia de ese filme, «La culpa fue de Fidel» es una visión bastante menos dramática pero igualmente reflexiva, que incluso aporta algunos apuntes irónicos en torno a arraigados maniqueísmos y lecturas históricas groseramente distorsionadas por el discurso hegemónico de la derecha.
La obra revela la fina sensibilidad de Julie Gavras, quien construye una madura alegoría sobre el aprendizaje político prematuro, el despertar de la conciencia crítica, los inevitables conflictos generacionales, las diversas inflexiones de la batalla ideológica y la inexorable búsqueda de la recurrentemente soterrada verdad histórica.
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