Whiteman y Cararroja, de George Tabori, en el teatro del Notariado
En todas aparecen grandes temas. El nazismo y el neonazismo, con sus tumbas profanadas, la matanza organizada, la degradación a que condujeron los campos de exterminio, el laborioso ascenso de un aspirante a pintor a quien protege un judío de nombre Herzl. Hay en todas un humor sano y directo, a menudo a costa de los judíos, a los que satiriza a gusto; en «Las variaciones Goldberg» la emprende desaforadamente con la Biblia.
Hay en Tabori un encanto personal casi irresistible, instalado sobre un desencanto respecto de la especie humana, a la que examina con la reprobación de Swift pero también con la simpatía benevolente que mostraron Fabre y Maeterlinck por las hormigas. La indignación, el anatema, el énfasis no forman parte de su retórica. Es siempre inteligente, aunque superficial; es agudo, pero gasta la agudeza en buenos chistes; no deja un recuerdo indeleble; es tan impersonal que no se deja incorporar a nuestra biografía.
En la huella de Brecht, su evidente maestro, presenta, con un humor más aéreo, tramas extrañas que sólo a él pueden ocurrirse y que suceden en lugares insólitos; la sensación de ajenidad que perseguía Brecht está siempre y es una extrañeza que nos implica y compromete.
«Whiteman y Cararroja» («Weissman and Copper Face») que acaba de estrenar Sergio Pereira en el teatro del Notariado con la Comedia Nacional, es un buen ejemplo. Whiteman (Levón) es un judío neoyorkino perdido con su automóvil, una urna con las cenizas de su esposa, de las que quiere deshacerse, y su hija Ruth (Florencia Zabaleta), minusválida en toda la extensión posible, de la que también querría deshacerse, en un territorio de indios, quizás navajos, donde no hay ni una gasolinera, ni un mapa, ni siquiera un Mac Donald; hay un semidesierto presidido por un ominoso buitre en lo alto de una colina. Whiteman no encuentra más seres humanos que un hosco cazador (Lucio Hernández) que la emprende a tiros de buenas a primeras y un indio, Cararroja (Luis Martínez) con el que no se puede contar así no más, pese a que el astuto Whiteman logra, no sin fingir su muerte, que se lleve, por fin, a su hija. Como se ve en seguida, los posibles discriminados discriminan también, sin mayores escrúpulos; y Tabori, siempre amable y urbano, nos hace ver nuestra propia necedad en las trampas, artimañas y dobleces de Whiteman, al lado del cual el ingenioso y múltiple piel roja parece un mejor ejemplar de la humanidad.
La obra atrae en su comienzo y convence en su irónico final; en el medio está Tabori, siempre fino y sutil, moviendo la acción para uno y otro lado como en un paseo por un río con meandros, sin que se pueda advertir una transformación en los agonistas o algo que parezca crecer hacia un desenlace. La puesta en escena de Pereira, sobria y precisa, está muy bien apoyada por la escenografía de Bugarín. Bugarín sugiere con fuerza el universo según Tabori, ese mundo intermedio, provisorio, esencialmente frágil, donde civilización y barbarie se rozan y hasta se entrelazan sin conocerse nunca. La eficaz conducción de actores es otro mérito de Pereira: hacía tiempo que no veíamos brillar como en esta pieza a Levón, medido, matizado y lleno de intención en las réplicas. No menores elogios se deben al múltiple Luis Martínez y a la convincente actriz invitada Florencia Zabaleta; Lucio Hernández, en dos papeles episódicos y laterales, estuvo a la altura de sus mejores antecedentes.
WHITEMAN Y CARARROJA, de George Tabori en traducción de Víctor Oller, por la Comedia Nacional. Con Levón, Florencia Zabaleta, Luis Martínez y Lucio Hernández. Escenografía de Gerardo Bugarín, vestuario de Verónica Lagomarsino, luces de Alvaro Bonaglia, música de Fernando Condon, dirección de Sergio Pereira. Estreno del 24 de julio, teatro del Notariado.
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