Los equívocos de una colección
Nelson Di Maggio
Un sentido unitario que muestra una manera de estar y ser en el mundo, el intransferible gusto personal que, en cierta medida también, recoge las preocupaciones estéticas de la época.
No es precisamente una sensación gratificante la que depara la recién reinaugurada Colección de pintura y escultura nacional Nicolás García Uriburu en el Cuartel de Dragones de Maldonado.
Desde hace varios años que el donante y las autoridades locales y nacionales (municipio, ministerios de Defensa y de Cultura) entraron en conflicto por varias y diferentes razones que fueron ampliamente publicitadas. Algunas imposiciones, si fueron aceptadas, no parecen del todo correctas.
Experto en llamar la atención, el pintor argentino Nicolás García Uriburu, un talento con trayectoria internacional reconocida, fue coleccionando a lo largo de treinta años de «búsqueda y esfuerzo» trabajos de artistas uruguayos, que al fin y al cabo no fueron tantos.
Lo insólito de la colección es que un pintor que frecuentó los ambientes vanguardistas, en su vertiente ecologista, se haya interesado en la escultura naturalista local y en algunas obras de los períodos impresionistas y planistas de ciertos pintores. No se advierte una cierta continuidad ni un hilo conductor en la adquisición de las obras. Más bien parecen compras hechas al acaso, el encuentro fortuito de una firma conocida, de una pieza bien resuelta, de alguna curiosidad histórica, de algún regalo de amigo. Pero le faltó darle un sentido, una estructura cualquiera que fuese, carente además un exigente y sostenido nivel de calidad, más allá de las firmas, o una especial preferencia temática que obviaría las flaquezas formales. No surge la sensibilidad de coleccionista sino la de un acumulador de piezas artísticas.
Es que el verdadero gusto de García Uriburu parece moverse por otros caminos. Curiosamente, la Fundación Proa de Buenos Aires exhibe parte de su colección porteña donde figuran Arman, Beuys, Niki de Saint- Phalle, Tom Wesselmann, Alberto Greco, entre otros que, sin duda, son más afines al poseedor.
Aunque nadie osaría afirmarlo con rotundidad. Este desdoblamiento de personalidad estética entraña alguna duda y alguna suspicacia. Es sabido que con pocos recursos es posible, en las casas de subastas montevideanas y desde hace varios años, conseguir trabajos de buena factura y hacer una digna colección de artistas uruguayos. La curiosidad, ese motor incitativo de los filósofos griegos, no se advierte en las preocupaciones del coleccionador García Uriburu.
Es cierto que El esgrimista (1898) de Juan Manuel Ferrari es un pequeño bronce que se enlaza con las figuras que posee el Museo Nacional de Artes Visuales (El pugilista, El cafetero San Román), que los tres de Antonio Pena, los dos de Severino Pose, dos de Pablo Mañé y uno de Bernabé Michelena tienen un indudable interés por la calidad y la representatividad de sus autores, a los cuales habría que agregar El aguatero y dos Jineteando de José Belloni, el Retrato de Juan Zorrilla, los yesos originales del Obelisco con las figuras alegóricas y la Venus Genitrix de José Luis Zorrilla de San Martín, tienen interés histórico pero no se integran a una lectura comprensiva ni hilvanan el proceso de la escultura nacional. Si realmente le importó, pudo haberlas conseguido.
Más caprichosos son los cuadros colgados, porque de montaje ni qué hablar. Un excelente Autorretrato de José Cúneo de la etapa planista, tres buenos Carlos A. Castellanos, un discreto Carlos R. Rufalo y otro de Pedro Blanes Viale (que no se distinguió como retratista aunque tuvo un par de memorables) completan, junto con varios dibujos, una colección desigual, con baches y desniveles de todo tipo. Una oferta que se hace al Estado debe tener mayor consistencia y sin lucir ese aire de aficionado provinciano que sabe hacerlo mejor al darle un plus de autenticidad.
La instalación y la documentación pertenecen a Joaquín Molina, pintor argentino. El diseño es abrumadoramente convencional y vetusto, con una iluminación efectista y la documentación en el catálogo escolar, sin una ubicación de cada autor en el contexto epocal. Como criterio didáctico es deficiente, desde el punto de vista histórico fragmentario y sin ningún interés.
Quizá es mejor que nada, se dirá. Pero si lo que se buscó fue satisfacer la egolatría del donante para ver su nombre escrito en la pared, lo consiguió, aunque en el interior los resultados sean más vistosos que convincentes.
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