Anna Frank. Presa de su familia autoritaria

No digas nada nena, de Sandra Massera, en el Museo Pedagógico

Oímos a una adolescente; y lo que oímos no es mejor que el habla imprecisa de una adolescente.

Del contacto de Teatro del Umbral con el arte plástico, contacto muy visible en anteriores producciones como «A la guerra en taxi», sobre Modigliani, de Carlos Rehermann y «La mujer copiada», sobre Kokoschka y Alma Mahler, de Sandra Massera, «No digas nada, nena» conserva unos muñecos, animados a veces y dotados en ocasiones de voces en off. Es una reminiscencia de orden autobiográfico, cuya necesidad no se percibe y que antes bien molesta, en tanto recarga la escenografía con elementos mayormente inertes. Salvo este detalle, nada diferencia esta pieza de varias otras, en cartelera o ya concluida su exhibición, como «Malezas» de María Pollack, «El informante» y «Resilencia» de Carlos Liscano y «El hombre que quería volar» de Carlos Manuel Varela. En estas piezas, y en las varias producciones de «Teatro del Umbral» («No digas nada, nena» no es excepción), encontramos algunas constantes. La primera, la ausencia absoluta de emoción; la segunda, la distancia respecto de la platea, como si en el escenario se disertara o se diera una clase y los espectadores no tenemos más alternativa que aprender, nunca vivir un espectáculo. La tercera es la superficialidad, tanto de la trama, deliberadamente anecdótica, fragmentaria y dispersa, que en «No digas nada, nena» prácticamente no existe fuera del andarivel de la línea histórica, como del texto, urdido con lugares comunes. Los temas elegidos son, en el papel, «importantes»; aflora aquí el incómodo presupuesto de que una obra debe ser apreciada por el tema o por los personajes elegidos; ya sea la vida y arte de Modigliani y sus amigos parisinos, ya sea la de Kokoschka y su entorno de Viena, ya sea los atropellos de la dictadura cívico ­ militar reflejados en la vida de una adolescente.

Sandra Massera, autora e intérprete, postula una mujer de 60 años, allá por el año 2010, a quien en un taller de literatura sugieren escribir un diario íntimo. La pieza realiza retrospectivamente ese diario, que se sitúa en los años 70, cuando la protagonista tenía doce años. Como era de esperar, suceden los amores adolescentes, siempre ingenuos y tiernos, pero que son poco más que otra cosa una sucesión de nombres y, en un trasfondo que se hace cada vez más amenazador, los sucesos históricos: las detenciones, las huelgas, la muerte. La familia está representada por los muñecos: el padre autoritario y monosilábico, una prefiguración del dictador, la madre sumisa, la que dice «No digas nada, nena». Hay el atisbo de una simetría entre el autoritarismo del padre y el autoritarismo de la dictadura, en la dirección de las ideas de Adorno y Reich, que ven al origen del fascismo en la familia autoritaria; pero todo queda en una alusión (o quizás, una ilusión).

En la puesta en escena (Lila García) encontramos la acción permanentemente fracturada por pasos de baile, o cosa parecida, a cargo de la actriz y autora, danza cuyo encastre con la trama no pudimos ni siquiera conjeturar, interludios que contribuyen a debilitar la escasa acción visible.

 

NO DIGAS NADA, NENA, de Sandra Massera, por teatro del Umbral, con interpretación de la autora. Escenografía y vestuario de Verónica Lagomarsino, iluminación de Cecilia Carriquiry, muñecos de Alejandro Campos y Lucía Silva, selección musical de Sandra Massera, dirección de Lila García. En el Museo Pedagógico.

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