La agobiante condena de vivir sin pasado, presente ni futuro
En «Cuando ya no importe», el emblemático novelista Juan Carlos Onetti construye una novela de magistral vuelo poético y sesgo contundentemente desolador, acorde a su estilo intrínsecamente pesimista.
Esta obra, publicada en España en 1983 un año antes de su muerte- constituye el legado póstumo de uno de los autores más descollantes de la literatura hispanohablante de todos los tiempos.
Seguramente, Onetti, que pasó los últimos años de su vida postrado en una cama y limitado al perímetro de su dormitorio, intuía que este sería su último libro.
No en vano la narración transcurre en Santa María, el ficticio paraje nacido de la imaginación del novelista, que se transformó en territorio geográfico y literario casi excluyente del tramo más trascendente de su producción literaria.
Incluso, de algún modo, el escritor también retorna a su entrañable Montevideo, una suerte de país-ciudad que el escritor aquí bautiza como Monte a secas.
El relato está concebido como una suerte de diario íntimo y personal, de un intelectual decadente sin presente, pasado ni futuro, que resuelve modificar radicalmente el curso de su existencia.
Abandonado por su mujer, con quien solamente ha compartido desdichas, hambre y miserias, el protagonista que se llama Carr- asume la perentoria necesidad de reconstruir su vida.
Sin muchas esperanzas de recuperar el tiempo perdido, acepta una enigmática propuesta para ir a trabajar en una represa en construcción. Extrañamente, la clave no es hacer, sino dejar hacer.
Las anotaciones en ese diario, que son a menudo caóticas y no respetan ningún orden cronológico, van pautando las diversas sensaciones experimentadas por este hombre.
Enfrentado a una experiencia existencial novedosa y hasta revulsiva, el protagonista transforma esas elucubraciones en una auténtica catarsis emocional.
Como es habitual, el relato transcurre en el paraje literario parido por la imaginación de Juan Carlos Onetti: Santa María, una ciudad de identidad propia, cuyos habitantes parecen vivir un tiempo sin tiempo, sin proyectos ni esperanzas.
Sin embargo, en esta novela nace Santa María Nueva, una suerte de pujante réplica de ese espacio literario primigenio condenado a una inexorable desaparición.
Con su habitual maestría para administrar las emociones humanas, Juan Carlos Onetti reconstruye la utopía de la supervivencia de una «civilización» que se resiste a morir.
De algún modo, más allá de su mera construcción argumental, esta novela es una suerte de alegoría en torno a la eterna dicotomía entre la esperanza y la desesperanza, la quimera y el desencanto.
La represa, que comienza a alzarse como una inmensa mole en medio de un paisaje cuasi selvático, convoca a reflexionar sobre varios megaproyectos que inicialmente suscitan desmedidos entusiasmos y luego devienen en amargas frustraciones.
En efecto, abundan ciertamente los ejemplos de grandes complejos hidroeléctricos pero también de ambiciosos proyectos empresariales, que generan trabajo zafral para miles de obreros, tanto directo cuanto indirecto. Luego, culminado el programa constructivo, la mano de obra queda nuevamente ociosa. Reflexionado a través de la voz del protagonista, el magistral autor describe las condiciones infrahumanas en las cuales trabajan los sacrificados operarios a cambio de míseros jornales.
No es casual, naturalmente, que los inversores sean extranjeros y su único propósito sea el lucro. Obviamente, las elocuentes semejanzas no son aquí meras coincidencias.
Onetti, a quien se ha imputado falaz e injustamente una cierta indiferencia y falta de compromiso con la realidad, corrobora nuevamente su intrínseca rebeldía ante flagrantes cuadros de injusticia y postración colectiva.
El autor describe a los obreros que erigen la represa como auténticos desclasados y pobres de toda solemnidad, que trabajan cotidianamente como esclavos asalariados.
En esta narración, el escritor fustiga no tan subliminalmente la explotación de la fuerza de trabajo, por parte de multinacionales salvajes que se apropian inmoralmente de la plusvalía de sus abnegados trabajadores.
Onetti retrata toda la degradación de esos seres que sobreviven en la miseria, en la deteriorada cocinera del campamento que engendra en su vientre un hijo no deseado de padre desconocido.
La descripción del frustrado alumbramiento sin ginecólogo ni partera que casi acaba con su vida, constituye un elocuente testimonio de la extrema vulnerabilidad que aqueja estos seres que son meras piezas en el perverso engranaje de la «civilización» y el modelo de acumulación capitalista.
El azorado testimonio del protagonista, que es obviamente el narrador de la historia, trasunta todo el dramatismo de un cuadro humano realmente desolador.
Sin embargo, de esa procesión de anónimos dolores emerge una niña bastante enigmática que se transforma en buena medida- en la motivación y el disparador de la esperanza.
La acidez crítica de Juan Carlos Onetti aflora también en la minuciosa reconstrucción de la celebración de San Cono, que suele congregar a miles de desesperados fieles.
En ese contexto, el incisivo escritor fustiga enérgicamente la cultura de la resignación que suele inculcar la religión y hasta la hipocresía de una clase dominante que pretende lavar sus culpas comprando indulgencias.
La historia transcurre en varios paisajes literarios, que discurren entre el inhóspito territorio que alberga ese megaproyecto inconcluso, la decadente Santa María y el renovado impulso pionero de una incipiente colonia extranjera.
Devenido a la sazón en testigo, el protagonista padece una existencia signada por el tedio y la agobiante desesperanza, mediante la lectura de viejos libros, ocasionales desahogos sexuales con prostitutas y sus coloquios con el doctor Díaz Grey.
Todas estas actividades son meras válvulas de escape a una vida oscura, vacía y sin sentido, que marca el itinerario de alguien que observa el dramático transcurrir del tiempo.
La incorporación de contrabandistas que operan supuestamente en la frontera entre Uruguay y Brasil, pretexta elocuentes imputaciones a la corrupción de policías que también intentan sobrevivir al fantasma de la pobreza.
Más allá de eventuales juicios de valor que no soslayan la denuncia de algunas actitudes prepotentes y autoritarias, hay una miraba razonablemente indulgente.
En este relato, el autor convoca, evoca e invoca a personajes de novelas anteriores, que constituyen la memoria viva de esa Santa María mítica que se niega a perecer.
De algún modo, emerge también a la superficie del relato la añorada Montevideo, que sólo convivió en el corazón y en los sueños de Onetti durante la prolongada ausencia del exilio.
Esta es una obra de impecable arquitectura narrativa, que reconstruye minuciosamente los conocidos paisajes onettianos, con toda su dramática carga de desencanto.
La novela confirma la intrínseca sabiduría de un creador mayor de las letras castellanas, que supo plasmar en su discurso literario la peripecia de seres agobiados por el dolor, la soledad, el desamor y el vacío existencial.
«Cuando ya no importe» es la última creación de inolvidable Juan Carlos Onetti, un auténtico retratista de miserias humanas, cuyo radical legado de denuncia de la decadencia de la sociedad contemporánea constituye un permanente alerta a la reflexión crítica.
(Editorial Alfaguara)
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