Artes Visuales

Entrevista con annis Kounellis

Es un hombre bajo y corpulento, de indudable prosapia mediterránea, específicamente griega. Por lo menos al primer contacto se manifiesta afable y cordial, pero algo distante de la charla y los gestos excesivos que caracterizan a los pueblos mediterráneos. Es más. En la conversación, o mejor, la entrevista, no se encuentra muy cómodo, confiesa que no es su fuerte. A los sesenta y cinco años, este griego nacido en El Pireo, con estudios en escuelas y liceos de Atenas, impresiona como un hombre sobrio, que controla su pensamiento y lo expone con sencillez aunque sin exceso de detalles ni divagaciones personales o íntimas.

Se trasladó a Italia a los veinte años, para estudiar en la Academia de Bellas Artes de Roma, entre 1957 y 1962. Buscó apartarse de los códigos rígidos y las representaciones dogmáticas del arte bizantino (iconos, donde las Madonnas parecen emperatrices, cercanas a la divinidad) para descubrir la liberación expresiva en Tiziano con sus Madonnas humanas, representativas de una religión laica. En ese período estudiantil amistó con Achille Perilli, Pino Pascale, Gastone Novelli, conoció a los grandes del momento (Lucio Fontana, Alberto Burri), aunque sus verdaderos maestros fueron Wols, Fautrier, Schwitters y en especial Jackson Pollock, para quien tiene especial dedicación al considerarlo el inventor de un nuevo espacio plástico típicamente americano. Y no se equivoca.

Pero lo que en realidad descubre en Italia es su identidad cultural, esto es, la teatralidad, la amplitud escenográfica, esa que comienza con Caravaggio y se amplía y encarna en el barroco, como una liberación, un estar en el presente renovando el pasado. «Soy pintor», afirma Kounellis, pues etimológicamente, significa dibujo de la vida. El término no se refiere a lo artesanal (el acto de pintar y registrar una materia coloreada) sino a una relación con la vida y el entorno, como una extensión del espacio público. «Porque si la voz del artista permanece es porque es una voz pública, una extensión en el tiempo», confirma Kounellis. Preocupado por la libertad (que reconoce como un ideal romántico) y por la belleza (aunque la entiende como una verdad revolucionaria y no un parámetro fijo e inamovible), que en él se convierten en una fuerza impulsora de creación. Ese afán por el cambio, el movimiento, esa extrema transformación de lo estático, es típicamente griego, lo inventaron los griegos. Los cuadros iniciales recorrían letras del alfabeto, flechas y signos de la vida diaria, de los carteles callejeros. Fueron expuestos, en su primera exposición, en la famosa galería romana La Tartaruga. También Bill Viola, a quien conoció cuando empezó con la técnica, le hizo el primer vídeo. Ahora es profesor en la Academia de Arte de Düsseldorf y, como se acostumbra en Alemania, la clase es abierta, se enseña a aprehender, a reflexionar. Como cuando empezó a trabajar integrado a la corriente peninsular «arte povera», arte pobre, obras hechas con materiales humildes y cotidianos, organizados de acuerdo a un ritmo en un determinado espacio. Fue la diversidad en la vida artística italiana, luego del futurismo, y por ella desfilaron otros grandes acaudillados por el crítico Germano Celant, aunque las obras existían antes de su denominación (Anselmo, Fabro, Mario y Marisa Merz, Calzolari, Pascali, Paolini, Zorio, entre otros) que se hicieron famosos, además de ejercer una notable influencia en todo el mundo, una generación «ideológicamente muy compacta pero sumamente heterogénea en sus intenciones y sus obras».

Quebró la uniformidad del arte minimal.

La muestra que presentará a partir del jueves 15, en el Museo Nacional de Artes Visuales, está compuesta de rieles de ferrocarril, de bolsas de carbón, piedras, animales embalsamados y otros elementos heteróclitos. No los llama, no los quiere llamar materiales, sino que le importa el peso, su densidad, el impacto de entregarse al espectador para que a su vez éste los reconozca, en un encuentro dialéctico de conocimiento mutuo y «con la secreta esperanza de que los demás tengan razón», aclara con dulce sonrisa Kounellis. El hierro pertenece a la epopeya de lo que fue, el recuerdo de la sociedad industrial, pero que, a diferencia del uso que hace Joseph Beuys de carácter referencial autobiográfico, Kounellis remite a una condición social e histórica, al rescate, actualizado, del pasado. Por eso la muestra (también se resiste a llamarla instalación) es una suerte de islas en el interior de una platea (la teatralidad), con múltiples estratos y lecturas, organizados coralmente. En cada ciudad y museo, la muestra cambia de acuerdo a las dimensiones y características formales del local (lo hizo en iglesia, en barcos).

En Montevideo, con espacio más reducido, debe planificar nuevamente y en ese empeño permanente, en ese deseo de comunicación con el Otro, es que despliega la aventura del vivir en libertad Jannis Kounellis.

En todo caso, será una experiencia única, irrepetible, a la cual hay que prepararse adecuadamente para entender la tensa comunión de su (s) significado(s).

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