Cuidado con lo que has de probar
El filme, desde luego, posee el reconocible refinamiento de Lasse Halström (quien a propósito había sido, también, candidato en la pasada edición del Oscar en la categoría a mejor película por su impecable Las reglas de la vida, aunque su mejor título desde su ingreso a Hollywood siga siendo ¿Quién ama a Gilbert Grape?) en la construcción de ambientes, en el uso del vestuario y de una fotografía aireada en exteriores y con luz indirecta –a la manera de los cuadros de Vermeer– en los interiores, una banda sonora al pie y un elenco de lujo donde vuelven a reencontrarse las exquisitas Juliette Binoche y Lena Olin (habían trabajado juntas en la versión cinematográfica de la novela de Milan Kundera, La insoportable levedad del ser, rodada por Philip Kaufman), además de Alfred Molina y de la venerable Judi Dench y de un siempre solvente Johnny Depp aquí desaprovechado.
Quien haya trazado una cuerda comparativa entre Chocolate y esa obra maestra que viene a ser La fiesta de Babette seguramente se equivocó de sala y vio otro largometraje. Esta última era y es una poética y luminosa celebración ética de la vida a partir de los quehaceres gastronómicos y Chocolate, al fin y al cabo, supone la peripecia de una mujer (la imponente Juliette Binoche, otra candidata al Oscar) y su pequeña hija que se instala en un pueblo de provincias y renta una tienda desvencijada a una dueña gruñona y diabética, aunque entrañable (una sensible Judi Dench, también candidata como actriz de reparto) y también con el rastro en su rostro de la tristeza porque su hija (Carrie Ann Mose, la ninfa de The Matrix) no solamente no le permite ver a su nieto, sino que le quiere enviar a un hogar de ancianos. Será una tienda de venta chocolates en todas sus variedades y los que, alegóricamente, cambiarán los usos y costumbres de una población autocensurada en sus principios de deseo, en sus modos de relacionarse y en el encorsetado veteado religioso que regula con severidad sus roces cotidianos.
Por allí deambulan los personajes de Alfred Molina (un actor cada vez más inspirado y solvente), como el dueño de una localidad a la que hace funcionar desde una moral casi de Inquisición y una castrada Lena Olin, víctima de los secuencial violencia de su marido, que la ha vuelto una mujer ensombrecida y dubitativa, manchada por el hastío y la depresión que verá –como progresivamente la mayoría del pueblo– en esa mujer independiente que no le teme a nada y a nadie, en esa mujer diferente, de convicciones férreas –que no tendrá empacho en romper sucesivamente las reglas, llegando al colmo de acercarse a ese grupo nómade que llega por la ribera del río y se permite relacionarse con un cantante de aire gitano, como el caso del Johnny Depp–, una vía de escape.
Todo el metraje de Chocolate se aferra a tales convenciones. Y se vuelve fórmula en sus discursividades y en su escritura visual y, desde luego, en la lidia personal que entablarán la Binoche y ese hombre de eterno saco oscuro que habla en nombre del Señor y le escribe los sermones al párroco del poblado (el ya mencionado y excelente Alfred Molina). Y poco más.
La noción del aire de revuelta, del epílogo inevitable con todos desaforándose en una festividad colectiva, luego de algunos incidentes desagradables (como el incendio de las barcas donde viajan el personaje de Johnny Depp y los suyos, por ejemplo) hacen del filme una construcción esquemática, plagada de lugares comunes donde prevalece el alto rendimiento actoral. Lo demás es purísima hojarasca.
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