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Exorcismo liberador

La contundente austeridad es el sello distintivo de Retro, en la Alianza Francesa, instalación de Federico Arnaud, salteño de 1970, con estudios de pintura (Clever Lara) y escultura (José María Pelayo).

Desde unipersonales a partir de 1995, Arnaud estuvo merodeando una temática obsesionante denunciada desde los títulos (Vestigios, Los martirios del corazón, El juego de los milagros, Modus vivendi, El cuerpo del pan, Paisajes) por donde el agua era un elemento recurrente, el deterioro, la ausencia, la nostalgia de una infancia que fue.

Por eso, cuando a principio de este año, sus familiares descubren una carta escrita por él a sus abuelos, cuando niño, desde su exilio en París, actúa como detonador de una experiencia del tiempo transcurrido. «La caligrafía me es desconocida, como si la hubiese escrito otra persona. Extrañamente, el dibujo de la casa me es familiar. El papel está muy deteriorado, tuvimos que hacer un trabajo de collage para reconstruirla parcialmente. Aun así no es totalmente legible, el objeto se vuelve como una cartografía y su deterioro denota el implacable paso del tiempo», escribe Arnaud en el catálogo, y agrega: » (…) En este caso pretendo destruir, «matar» plásticamente un documento íntimo que se transforma de esta manera en escultura. Aquí se suma la acción y su registro como parte de la propuesta. El cuerpo, la acción de destruir es un compromiso artístico y sicológico a la vez».

Al fondo de la enorme sala de la Alianza Francesa se ubica, estratégicamente pensado, un tabique que contiene un pequeña foto del artista con familiares con el Arco de Triunfo, en 1979, al lado, en una caja sobre una tarima, la carta encontrada, y en el suelo una enorme placa de cemento y yeso con la impresión ampliada de esa misma carta destrozada a golpe de martillo. Adelante, se proyecta el video de cinco minutos que registró la acción. El impacto es notable. Más aún lo fue, para los que asistieron, el día inaugural con la performance en vivo.

En una época en que las artes visuales se modifican y emergen con energía renovadora que produce asombro la infinita capacidad del hombre creador (contrariamente a lo que sostiene Fernando Loustaunau en el catálogo, o la riesgosa simplificación de Carlos Reherman en televisión al afirmar que el arte occidental se copia a sí mismo y que Jackson Pollock imita a Kandinsky), Federico Arnaud contribuye con especial consistencia conceptual e innovación formal en el ambiente artístico local dominado por la superficialidad y la rutina pictórica. Pocas veces lo autorreferencial logró encontrar una estructura formal tan lograda, despojada de cualquier efecto distractivo, atenta a la solitaria convivencia de una experiencia estética única que envuelve al visitante en el espacio, también sonoro, de la sala de exposiciones. Porque el hecho individual adquiere una dimensión de pasado colectivo que pertenece a todos, contagia la memoria histórica y libera al artista de un traumático ayer.

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