Cine estrenos: Traffic

Causas perdidas

La guerra contra el narcotráfico es un segundo Viet nam: hace años que está perdida si remedio. Traffic, más que una historia (en realidad al menos tres), quiere narrar esta realidad.

Stephen Sodeberg (Erin Brockovich) saltó a la fama con Sexo, mentiras y videos, una película intimista, pero preocupada por el estado moral del mundo. Ahora, con la misma preocupación, quiso hacer su filme épico y lo hace con la misma maestría en la dirección de actores, de quienes extrae un rendimiento extraordinario.

Traffic es firme candidata al Oscar al mejor filme y Sodeberg está nominado como mejor director, Benicio del Toro como actor de reparto y en los rubros guión adaptadación y montaje.

Se basa en la novela Traffik de Simon Moore producida originalmente por Carnival Films para el Canar 4 de la TV de Gran Bretaña.

La película recorre todos los frentes.

Uno: En la frontera de México un policía honesto (del Toro) es reclutado por un general (excelente Tomás Milian) para combatir al Cártel de Tijuana, hasta que se da cuenta que está trabajando para el de Obregón.

Dos: Del otro lado, en San Diego, dos policías (Don Cheadle y Luis Guzmán) atrapan a un traficante (Miguel Ferrer) que les da el nombre de un grande (Steven Bauer). Pero el caso parece escaparse, al menos por ahora gracias a la inescrupulosa mujer y el abogado del traficante (Catherine Zeta Jones y Dennis Quaid).

Tres: El nuevo «zar» antidroga de los EEUU (Michael Douglas) recibe en Washington mil consejos de expertos que nunca estuvieron en el frente pero quieren presupuesto y decide hacer una salida de campo. Entretanto, descubre que su hija (Erika Christensen) se prostituye para drogarse.

Aquí y allá, se tiran los datos: 65 millones consumen en los EEUU (¡de un total de 250 millones!). Esa fuerza de consumo da «presupuesto ilimitado» a los traficantes. El ingreso por el Golfo está controlado (adiós Miami Vice), pero el tráfico simplemente se desplazó en México: 25 mil autos por día cruzan la frontera en Tijuana. Los éxitos de represión sólo producen aumento de precio (más ganancias) y muertos.

Un traficante le explica, a policías que arriesgan su vida, que su gobierno hace tiempo que abandonó la guerra: «¿Qué hubiera pasado si no me agarraban?, ¿algunos hubieran consumido?, pero ¿no consumieron igual? Tu vida no tiene sentido», o «me agarraron porque me vendió el Cártel de Obregón, tu también trabajas para un traficante».

La película luce espectacular gracias a los enredos de las tramas, el preciso montaje, el excelente rendimiento de los actores, los refinamientos visuales como los virados a sepia quemado en las escenas en México, todo sumado a la sensación de pesimismo que acumula, en especial porque no se plantean alternativas ni se sugieren soluciones.

En frío, sin embargo, pierde algo de atractivo: las peripecias con las que se plantea la tesis están plagadas de lugares comunes de serial televisiva. Todos los policías norteamericanos son honestos (el espectador tiembla cuando un mexicano vende información comprometedora a una sala llena de estadounidenses). Pero eso no sería tan grave si en realidad estuviéramos ante un análisis profundo del problema: también eso deja la sensación de superficialidad, más allá de la acumulación de datos.

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