Nombres, nada más
Un museo no es un centro cultural ni, fundamentalmente, sala de exposiciones temporarias. Lo esencial, la fortaleza institucional del museo es la colección permanente, el acervo artístico, la memoria siempre actualizada del patrimonio histórico.
Es un bien patrimonial que pertenece a todos los habitantes del país y que se ofrece como testimonio cultural a los visitantes extranjeros. Democratizar, extendiendo su acceso a la mayor parte de la sociedad, es una tarea ineludible. No es fácil conseguirlo. En primer lugar, el Estado debe situarlo entre sus intereses prioritarios, otorgando los elementos necesarios para convertirlo en el buque insignia de la cultura nacional. No sucede así en Uruguay. El Museo Nacional de Artes Visuales padece insuficiencias crónicas de tal magnitud que hasta corre riesgo la propia subsistencia física de la colección. Si otros prestigiosos museos de Nueva York, París o Madrid permanecieron cerrados para ampliar sus espacios y actualizar la preservación de las obras durante largo tiempo, el MNAV, en sus actuales condiciones de enorme precariedad (ni siquiera tiene el aval de protección contra incendios), debería considerar, por prudencia, un estudio a fondo de su estructura general y no buscar paliativos parciales, siempre insuficientes que postergan su anémica condición. Mientras no exista un enfoque serio sobre los museos en su totalidad y de la principal pinacoteca del país en particular, dotándola de nuevos espacios físicos, nuevas tecnologías en los diversos rubros y un presupuesto digno para funcionarios, adquisición de obras, programación y mantenimiento, cualquier intento de renovación conduce, inevitablemente, al fracaso.
Todos los gobiernos y presidentes, aun los más ilustrados, se desentendieron de lo principal, abundando en lo superfluo, en las repercusiones mediáticas a través de ocasionales y memorables exposiciones, sin considerar que el museo no estaba en condiciones de recibirlas ni protegerlas. Esa liviandad e irresponsabilidad se mantiene hasta hoy con el agravante de que antes no se publicitaban las carencias y ahora se denuncian de manera constante por los propios directores. Parece insensato desconocer o esquivar un panorama de indudable trascendencia cultural que llegó a sus límites de precariedad manifiesta. Desviar el problema, reacondicionando nuevos espacios en la ex cárcel de Miguelete es un ejemplo claro de eludir una drástica e impostergable solución. Y con llamados de propuestas gestionarias o de dirección con apenas unas pocas semanas de plazo. Como se diría en castizo español, si es broma, puede pasar, mas no a ese extremo llevada.
La intención de Mario Sagradini, novel director del Museo Nacional de Artes Visuales, resulta estimable pero insuficiente. No está a la altura de su inteligencia y sus exigencias críticas. Jaqueado por cambios internos y la falta de presupuesto, inauguró su gestión con cinco (quizá seis) muestras simultáneas. Los curadores y profesionales del arte fueron desplazados por personalidades de la cultura (escritores, artistas, historiadores). Sin duda, es una propuesta interesante (Heidegger anotaba que la palabra interesante, inter- esse, es estar entre el ser de las cosas) que merodea la periferia sin estar en el centro, la colección misma. Cinco miniexposiciones, dos sobre Barradas (en el 80º aniversario de su muerte, nada menos, y el museo tiene más de 500 obras), una de Joaquín Torres García, otra de Pedro Figari (con obras muy desiguales, provenientes del Museo Histórico Municipal, ya efectuada el año pasado en el Museo Zorrilla) en un acertado criterio de intercambio, y otra de Antolín (Manuel Núñez), reciente ceramista, en indulgente invitación. Se agregaría una sexta, más pequeña, con guión curatorial (y se nota) paralela a un coloquio internacional sobre los viajeros y el Río de la Plata, con grabados restaurados de Lauvergne y Fisquet, entre otros.
Divorciada la selección de obras de los textos (Figari) o seleccionadas arbitrariamente por placer (Barradas), no se desprende, de las trabajos exhibidos, una nueva mirada sobre los artistas, independientemente de la calidad de los textos que figuran (o figurarán) en el catálogo. En todo caso, visualmente, la pobreza es el factor dominante, aumentada por la desértica sala.
Si la intención, formulada en extensos discursos del acto inaugural, es atraer a un amplio sector de público, las miniexposiciones no pueden ser más elitistas. Se concentran en aspectos puntuales ( Los ojos de Barradas, por Ida Vitale, los dibujos, por Fermín Hontou), de mayor repaso cronológico (Torres García por Juan Flo, sin contextualizar la producción constructivista en París o Montevideo, que tienen sus diferencias), emplazadas en la inmensa planta baja, con tres cuadros de Juan Manuel Blanes y las paredes vacías señaladas por cartelitos (un amague conceptual) que anuncian las próximas muestras (hay nombres inadmisibles) para desconcierto del visitante. Fue escasa la convocatoria a la inauguración después de una larga ausencia, con un público que no era el habitual, más cercano a la arquitectura, y con ausencia de jóvenes.
Es presumible que la deseable concurrencia no se sienta estimulada para asistir a demasiadas pequeñas propuestas que no satisfacen al conocedor ni, menos, al gran público, aunque no todos adviertan el cuidado puesto en las obras, la iluminación y el enmarcado (no el montaje, poco imaginativo). Algo es algo.
De cualquier manera, se puede insinuar, sin la menor intención de ejecutarla, una programación que integra asignaturas pendientes en el arte nacional y en el imaginario colectivo: el Novecientos no se reduce a Carlos F. Sáez, sino a una complejidad cultural y política que definió uno de los momentos más brillantes de la historia nacional, así como los años veinte y el planismo constituyeron el segundo eslabón notable, y un tercero, las vanguardias históricas (arte madí, el constructivismo, el geometrismo) y la generación crítica de los años 40 y 50.
Entre los intercambios, las batallas históricas en torno a las obras de Diógenes Héquet del Museo Histórico Nacional configuran todo un tema. Todavía, el arte español en Uruguay y su influencia en el gusto cultural epocal registra un centenar de pinturas del acervo del propio MNAV.
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