Ferrari-Michaux, vínculos sutiles
León Ferrari / Henri Michaux. Diálogo de signos es la idea que se le ocurrió a Jorge Mara, director de La Ruche, para vincular la obra de los dos artistas. La muestra es un deslumbramiento de asombrosas coincidencias y sutiles aproximaciones entre los dos artistas pertenecientes a diferentes generaciones y procedentes de distantes países, que no se conocieron y que, no obstante, cruzaron sus destinos de manera absolutamente casual. Ambos fueron incluidos en los movimientos surrealistas sin pertenecer en sentido estricto, frecuentaron por motivos distintos las ciudades de Buenos Aires, San Pablo y París, exhibieron juntos en muestras colectivas en el Museo Stedelijk de Amsterdam y fueron premiados en las bienales de Venecia. Pero no intercambiaron ningún diálogo.
El público uruguayo está familiarizado con León Ferrari por el escándalo que despertó su muestra retrospectiva en el Centro Cultural Recoleta (2004) con la desorbitada protesta de las autoridades eclesiásticas locales. Profundamente irreverente, comprometido con los problemas de la sociedad actual, su incandescente imaginación lo condujo a elaborar objetos en que la religión, la política nacional e internacional manifestaban sus flancos más hipócritas y demenciales. Los poderosos de turno no lo perdonaron. Conoció el largo exilio que impuso la dictadura. También la admiración mundial, por una obra única y original que actualmente se exhibe en el Museo de Arte Moderno de Nueva York.
Aunque conocida su actividad de dibujante, pocas veces surgió con todo el potencial expresivo como en esta oportunidad, junto a Henri Michaux, el poeta-pintor belga, veinte años mayor que él, establecido en París en 1924, vinculado a los maestros de la modernidad (Klee, De Chirico, Max Ernst), que se metió de fogonero en la marina mercante y viajó por Brasil, Argentina, India, Malasia, China, Corea y Japón. Atraído por Oriente, publicó Un bárbaro en Asia, que mereció la traducción de Jorge Luis Borges, escritor sobre cuyos textos trabajó Ferrari y que conoció personalmente a los dos. Otra coincidencia.
Las huellas de signos caligráficos se remontan a la invención de la escritura. Y aun antes, en las pinturas paleolíticas. Pero son los manuscritos medievales y los calígrafos flamencos y holandeses del barroco siglo XVII que sentaron las bases de la signografía en la escritura. Se sumaron las escrituras orientales y los signos tribales y, en su conjunto, influyeron en la pintura moderna (Tobey, Mathieu, Pollock). Al confrontar, lado a lado, los dibujos de Ferrari y Michaux, se establece una fecunda referencialidad que se bifurca en experiencias disímiles. Por eso, aunque parecidos, la marca de cada personalidad está visible: «Explorador de conciencias uno (Michaux) y agitador de conciencias el otro (Ferrari)», escribió con acierto Bengt Oldenburg, pues Michaux se valió de la mescalina (muy empleada por los artistas como recurso para liberar la imaginación de los límites de la razón) para emprender viajes infinitos en la escritura automática, dejando la impronta de bioformas agitadas y movedizas en el límite de lo indecible. Ferrari, en cambio, nunca se aleja de la realidad, de la inmediatez de los acontecimientos, los configura en series abstractas, donde el ordenamiento preside el aparente caos, como sucede en sus cuadernos de anotaciones, en sus cartas narrativas en que la letra se agranda o adelgaza, varía de grosor y de ritmo o se resuelve en manchas acuareladas de increíble transparencia o incorpora el collage con una destreza que pasa casi inadvertida.
Los dos, en esta exposición (puede visitarse hasta el miércoles), configuran una suerte de música de cámara, hecha de sugestiones intimistas, confesionales, por donde se desliza el transcurrir del tiempo y de la vida. El libro-catálogo, con excelentes reproducciones, tiene textos principales de Andrea Giunta y Juan Manuel Bonet, adjuntando otros breves o fragmentos de Jorge L. Borges, Octavio Paz, Zao Wou-Ki, Joseph Sima, Francis Bacon, Noé Jitrik y Luis Camnitzer.
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