EL ESTADO DE LAS COSAS

COMUNICACION MEDIATICA

A pesar que la idea de «computadora» también surgió en la encuesta, Internet todavía estaba (y sigue estando) en un proceso de desarrollo y terminó cediendo terreno a la denominada «cajita boba» por algunos críticos.

Por cierto que de tonta no tiene nada y, si nos atenemos a las consideraciones de teóricos como Jennings Bryant y Dolf Zillman («Los efectos de los medios de comunicación, investigaciones y teorías», Editorial Paidós), el asunto puede ser considerado como «un sistema centralizado para contar historias» en el que «su aparente liberalidad, tanto en el uso como en el contenido, encubre en realidad una casi ineludible uniformidad de contenidos».

Pero ¿de qué contenidos estamos hablando? Una pregunta que Noam Chomsky podría estar contestando al señalar que los mayores medios de comunicación «son enormes empresas que integran conglomerados todavía mayores», por lo tanto «están estrechamente vinculados (…) a los intereses privados que dominan la vida económica». «Como otras empresas, venden un producto del mercado» ya que «su mercado son otras empresas (los anunciantes) y «el producto que venden es el público». Esto supone una vuelta de tuerca radical a lo que cualquier hijo de vecino podría suponer ya que, en definitiva, al estar consumiendo un programa televisivo, en realidad, formamos parte de la oferta que una empresa le ofrece a otra para vender publicidad. (Somos el rating).

Quizás por eso Chomsky agrega que lo que los medios producen «está moldeado para atender las necesidades de los centros de poder y dominación». Una visión sombría que altera el presunto principio básico de información y/o entretenimiento por algo de corte surrealista. Es decir, que un televidente pasa a ser material de oferta cuando integra mayoritariamente el visionado de un determinado programa a la vez que se le «inculca» una serie de valores consumistas. Atrapado como «objeto-oferta», también termina siendo el cliente que compra aquello por lo que ha sido utilizado para vender, a nivel inter­ empresarial. Parece un juego cíclico kafkiano: Al estar mirando un espacio, me usan para vender lo que yo termino consumiendo. Una manera de decir que, en cierta forma, el televidente viene a ser principio y final de una pirámide mediática que atrapa para comercializar (y vendernos) lo que «apoyamos» con nuestra sintonía.

Ahora, el hecho de posibles tergiversaciones, distorsiones, evasiones u otro tipo de trivialidades que maquillen la realidad resulta tema aparte. Ya se sabe que lo lindo es más vendible (y/o comprable): parece que el trasero de una vedette resulta potencialmente más convocante que cualquier sesudo análisis periodístico sobre la emigración, la sequía o el contrabando, por ejemplo. Pero eso es harina de otro costal. Como decía el negro Olmedo: «No toca botón»

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