Comunismo Cromagnon, obra de Iván Solarich, en teatro El Galpón. Hermética. Una propuesta que se separa muy rápidamente del espectador

Debimos leer ocho veces «La misión» de Heiner Müller antes de vislumbrar un sentido; debimos leer una explicación erudita, además de las notas del autor al pie del poema, para captar el sentido de «The waste land» de T.s. Eliot.

La mayor parte de los poemas de Ezra Pound y aún los de su brillante precursor Robert Browning están para nosotros, aún, en la zona del más impenetrable misterio. Chesterton escribió que, del largo poema «Sordello», de Browning, los únicos versos comprensibles eran el primero, «Quienquiera habrá de oír la historia de Sordello» y el último «Quienquiera habrá escuchado la historia de Sordello». Ahora nos parece fácil admirar la deslumbrante «Berceuse» de Saint-John Perse, que Celeste Albaret, cuando se la leyó Marcel Proust, juzgó «una adivinanza»; aún hoy es preciso pensar en la ley sálica para la exacta comprensión de su siniestra trama.

Quizás Iván Solarich autor respeta demasiado a Iván Solarich persona y confió demasiado en su fluencia natural. Está convencido, y en eso no se equivoca, de su valor. Pero tanta espontaneidad, tanta cercanía, tiene un precio. Aparece todo, viene todo, no hay autocrítica. La improvisación pura es fresca; pero un manantial en la montaña no es una obra de arte.

Cuando oímos a Iván hablar en un idioma que parece quechua o aymará, no podemos entenderlo. Cuando habla un idioma que parece centroeuropeo, quizás serbocroata, no entendemos nada.

Ni siquiera vimos bien qué trastos, quizás un trapo, golpea contra el piso; no supimos adivinar qué es lo que sacude dentro de un balde. Le oímos la primera frase del «Manifiesto del partido comunista», de Marx y Engels y los nombres y cédula de identidad de tres víctimas de la dictadura. «Zardoz» el nombre del protagonista, nos suena a ciencia ficción, pero esto no es una pista que lleve a ninguna parte. En cuanto al pájaro, «Stam», no rima con nada que sepamos entender. No entendemos ni siquiera a dónde va el oxímoron del título, «Comunismo Cromagnon».

Sabemos o entrevemos cuánto ha significado el comunismo para Iván; sabemos un poco mejor cuánto le ha costado en sufrimiento y reclusión. ¿Es este el momento, quizás, de reexaminar convicciones? El comunismo, ¿es algo tan tosco cómo el hombre de Cromagnon o bien es, como el mismo hombre de Cromagnon, aquí conforme a las ideas de Bachofen y Engels, a la vez nuestro antecesor y nuestro sucesor?

Tal como aparece en la escena, «Comunismo Cromagnon» se separa muy rápidamente del espectador y se repliega sobre sí misma. Es posible que haya significado mucho, o muchísimo, tanto para Solarich como para el director Rubén Coletto; «Comunismo Cromagnon» es, posiblemente, arte; pero es un arte privado. Nosotros sólo podemos percibir el arte público.

COMUNISMO CROMAGNON, de Iván Solarich, interpretada por el autor. Vestuario de Estela Borreani, luces de Claudia Sánchez, ambientación sonora de Alfredo Leirós, dirección de Rubén Coletto. En teatro El Galpón, sala Cero.

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