Arte

Excepcionales muestras en Buenos Aires

Sucede siempre durante los períodos electorales (legislativas, el próximo domingo): Buenos Aires se engalana con una profusión de pintadas murales, carteles y pasacalles propagandísticos, tan irrespetuosos del patrimonio edilicio y el medio ambiente como en Montevideo, en otra fase menos decisiva de votación, pero igualmente de temible furia visualmente depredadora.

Los parques y plazas abandonados o en promesa de recuperación; la Plaza de Mayo convertida en una confusa colección de vergüenzas urbanísticas; el teatro Colón en su interminable fase remodeladora y el agregado de conflictos internos, al igual que el Museo de Bellas Artes, cerrado por huelga de funcionarios; un tránsito infernal y caótico, entorpecido por constantes manifestaciones (el grupúsculo Quebracho cortó el tránsito a media tarde en el Obelisco), ese deporte de los argentinos, bajo la vigilancia de policías uniformados con los típicos trajes de reprimir turbulencias callejeras. El tejido social deteriorado y la calidad democrática disminuida en las patéticas declaraciones de dirigentes políticos e inefables ruralistas no auspicia buenas perspectivas. Entre tanto ajetreo, en una ciudad agresiva y descuidada, es difícil encontrar sosiego para disfrutar de aspectos culturales válidos. Que también acusan el sacudón de la inestabilidad.

La Fundación Proa, en nuevo y enorme local en La Boca, debe su existencia a la protección de Tenaris-Techint, los grandes consorcios nacionalizados en Venezuela, y problemas locales con el gobierno Kirchner. El cambio de estructura arquitectónica, y sobre todo de funcionarios, se advierte en la burocratización y la ausencia de una gentileza que se añora. De cualquier manera, es en la Fundación Proa donde transcurre uno de los escasos acontecimientos artísticos que provienen del exterior. Espacios urbanos es una formidable muestra integrada por famosos fotógrafos de la Escuela de Düsseldorf, una de las pocas veces que se reunen: Andreas Gursky, Candida Höfer, Axel Hütte, Thomas Ruff y Thomas Struth, con 44 obras, en su mayoría C-print de tamaño gigante, distribuidas en sus cuatro salas.

Tres espacios importantes, en proceso de cambios en su agenda: Centro Cultural de España, en las sedes de las calles Florida y Paraná, Fundación Telefónica y el Museo de Artes Decorativas, mientras el de Bellas Artes permanece cerrado, como ya se adelantó, por conflictos internos con un nuevo director que no satisface las expectativas depositadas.

El Centro Cultural Recoleta, encerrado en el replanteo urbanístico y de la comunidad de artesanos que dará que hablar, con nuevas autoridades, y Laura Batkis en la asesoría y coordinación de artes visuales, mantiene el nivel con una amplia muestra de Ernesto Pesce y, en especial, más modesta pero de punzante desmistificación cultural, Blancos del deseo de Federico Zukerfeld, un artista argentino nacido en 1979, cuyo nombre vale la pena retener.

De las galerías, el triunfo lo acapara Jorge Mara con León Ferrari-Henri Michaux-Diálogo de signos, una insuperable selección de dibujos, signos y caligrafías, de ambos artistas, en un cruzamiento de ideas y soluciones plásticas similares, pero divergentes que, sin conocerse, actuaron en una misma dirección. La exposición del año, por su originalidad e inteligencia, con excelente catálogo-libro. Otra galería, Ruth Benzacar, exhibe más completa que en su fugaz pasaje por Montevideo, a Liliana Porter, numerosos objetos y el filme Matiné.

Por último, la Fundación Klemm merece una visita con su colección permamente donde las firmas célebres se suceden: Fontana, Warhol, Dalí, Picasso, Chagall, Andrés Serrano, Beuys, Basquiat, Christo, Tanguy, Arman, Clemente, Chia, Koons, Berni, Kuitka, Aizenberg, Grippo, entre otras muchas. En próxima edición se ampliará el comentario de algunas muestras referidas en esta nota.

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