La epopeya revolucionaria de un arquitecto de nuestra libertad
En este libro, del cual ofrecemos un adelanto exclusivo a nuestros lectores, la autora aborda no sólo el perfil político y militar del carismático prócer nacional, sino también su convulsionado momento histórico.
La obra repasa la trayectoria de esta figura consular de nuestra gesta independentista, que de miembro del modesto patriciado de Montevideo mutó en baqueano del agreste campo de la Banda Oriental y conocedor de poblaciones y paisajes de una tierra codiciada por los imperialismos de turno.
El relato evoca también el momento de su crucial transformación ideológica, que lo erigió en líder de un pueblo en armas que luchó por su libertad hasta las últimas consecuencias.
Sin embargo, el centro de esta historia real no es únicamente nuestro José Artigas, sino los seres humanos que se sumaron a su épica y a su inmemorial ideario.
En calidad de anticipo, transcribimos textualmente el capítulo cuatro de la obra.
4. Un pueblo en andrajos
Las descripciones de aquella emigración singular contribuyen a que se la comprenda como fenómeno político y de identidad. Describiendo la «Redota», señaló Carlos Maggi que «fue una larga prueba de miseria y de privaciones: en la Banda Oriental se había iniciado la era del andrajo».
Porque «con ella llega a nuestro país, por primera vez, algo que había sido hasta entonces desconocido: el hambre. En campaña, se carecía de cama o de techo y hasta de una olla donde hervir puchero para un enfermo, pero nunca un oriental se había hallado en la situación imposible de no tener carne para un asado.
La miseria total nace en esta Banda al mismo tiempo que el Estado, convive con él –en grandes zonas, actualizada por las guerras civiles– durante el resto del siglo XIX y aún la mantenemos, a lamparones, en los rancheríos. A partir del 23 de octubre del 1811 nuestros paisanos se cubren de andrajos y desde entonces, comienzan a construir y fortificar sus libertades, a medida que pierden, como un precio, la abundancia, el ocio y muchas veces, sus vidas» 106.
Artigas fue un fiel cronista del sacrificio de quienes lo seguían. Ante el Gobierno bonaerense describe las marchas: «solo ellos pueden sostenerse á sí mismos: sus haziendas perdidas, abandonadas sus casas, seguidos á todas partes no del llanto pero sí de la indigencia de sus caras familias», expuestos a las calamidades del tiempo, «pobres, desnudos, en el seno de la miseria sin mas recurso q.e embriagarse en su brillante resolucion» 107.
Corría el mes de febrero de 1812, y la gente de Artigas procuraba instalar un hospital y una armería. Artigas le describe al Gobierno de las Provincias Unidas la indecible pobreza que rodeaba a aquellos hombres que, con hierros de carretas y restos de «todo lo viejo, lo inútil», hacían armas y camillas.
Uno de ellos se presentaba «enteram.te desnudo rodeado de una familia numerosa q.e era la imagen dela indigencia su vista reclamaba lo presiso al menos p.a una camisa; otros, otras mil necesidades». La conducción militar no estaba reñida entonces con la exteriorización del dolor, por eso, a la vez que les dice que en el momento en que les escribe tiene al enemigo casi enfrente, les confiesa: «mis lagrimas no eran bastantes á mudar aquellos quadros tan consternantes, y yo me vi presisado á contraher alg. Deudas p. mudarlos, aliviando unas nesecidades q.e no podian permitirse al hombre p.r mas tiempo» 108. Les deja dinero y huye, con los enemigos tras los talones.
* Fumar fue una necesidad abastecida incluso por los medios más extraños. Caso de lo sucedido a Manuel Britos: reivindicó en 1834 un solar en Salto, cuyos títulos de propiedad se extraviaron en la Revolución, cuando él cayó prisionero de los españoles en Montevideo y su hijo –también llamado Manuel– se vio forzado a sacar su familia por orden de Artigas y seguir al ejército en su marcha al Ayuí.
Relató en el expediente judicial: «Apenas las personas pudieron salvarse en los estrechos transportes de dos carretas, y fue consiguiente que todo lo demás quedase abandonado; la casa aun principalmente con cuanto había en ella, y entre varios muebles el armario en que se hallaban los papeles de D. Félix y allí los títulos de los campos. Estos corrieron la suerte de los demás sirviendo al uso de fumar los Soldados de Artigas» (AA, T. VII, pp. 177-178).
En otra comunicación, al mismo Gobierno porteño, y habiendo transcurrido los primeros tres meses de marcha, agradece los 200 sacos de galleta y las 60 ollas de hierro recibidas, y pide municiones y vestuarios para su ejército, ya que «la miseria no se ha separado de sus filas desde q.e se movió, todo se ha reunido p. atormentarle, y yo destinado à ser el expectador de sus padecimientos no tengo ya con q.e socorrerlos».
Los describe «expuestos àla mayor inclemencia, sus miembros desnudos se dejan ver por todas partes y un poncho hecho pedasos liado ála sintura es todo el equipaje delos vravos orientales», y reconoce mil veces haber separado su vista de un espectáculo tan consternante y haber intentado por duros medios disuadirlos, «pero su resignación impone con mas rigor laley de la ternura y es presiso ceder»109. Cuenta en esa misma carta cómo vio correr las lágrimas en uno de sus hombres, mientras observaba con la mayor atención a otro de sus compañeros fumando*, para luego «reprimirlas ostentando la mayor alegria alsentir q.e me acercaba!».
Fumar, tomar mate, cultivar relaciones en medio de los campamentos y las marchas eran los escasos lujos de ese ejército y pueblo itinerantes. El tabaco y la yerba aparecen junto con los lienzos y las galletas como los pedidos y las remesas más frecuentes. Había que abastecer ese tumulto que atravesaba el país y que fue incorporando gente de las zonas más pobladas, desde Colonia a Salto. Al norte del Río Negro la campaña quedó prácticamente desierta, y desde Maldonado y los territorios limítrofes con las posesiones portuguesas también salieron contingentes y familias con sus carretones y ganados.
«El campamento del Ayuí es la concentración operada por primera vez de todos los elementos territoriales; gauchos, mestizos, negros escapados a sus amos en gran número, tribus indígenas con sus caciques, frailes patriotas, estancieros criollos con sus peonadas, ciudadanos patricios voluntarios, rodeos de vacas y caballos, carretas, ranchos, tolderías, perros cimarrones, domas y payadas», dirá Zum Felde110.
Del censo que Artigas hace levantar se deducen algunas cifras elocuentes. Se anotan 4.031 civiles, pero en datos que figuran en la «Nota» aparte pueden contabilizarse mil más. La cuarta parte de los censados son niños: alrededor de mil. Más de mil son los vehículos que los transportan, lo cual supone unos ocho mil bueyes ya que la carreta criolla era movida por tres yuntas y llevaba una de refresco.
Custodiando a las familias marchaba un ejército de 6.000 hombres, lo cual presupone que llevaban consigo no menos de veinte mil caballos. A ello es necesario agregar que tanto civiles como militares iban arreando no solo sus propios ganados y yeguarizos sino todo lo que hallaban, tanto para usufructuarlos como para impedir que llegaran a manos de españoles y portugueses.
Alimentar esa masa errante fue un problema que se agudizó a medida que avanzaban hacia el norte. Ya a la altura de Mercedes tuvieron que organizar expediciones de gran riesgo para arrear ganado en terrenos y estancias controlados por las fuerzas portuguesas.
Editorial Planeta
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