Crónica de una familia devorada
Este inquietante fenómeno no es ciertamente privativo de las sociedades subdesarrolladas azotadas por la pobreza, la miseria y la ignorancia, sino también de las potencias capitalistas y altamente industrializadas.
La globalización que suele borrar las identidades culturales es un crucial componente de este proceso de desmoronamiento y descaecimiento que agobia a la civilización contemporánea.
Esa crisis de valores que suele hacer añicos a las familias, se origina en la pérdida del sentido de pertenencia, la ruptura de los lazos filiales y la decadencia de los sentimientos.
En «El primer día del resto de nuestras vidas», película originalmente estrenada en el Festival de Cine de Punta del Este, el realizador francés Arnaud Desplechin construye un contundente drama que indaga en las conductas humanas sometidas a situaciones límite.
Esta peripecia colectiva se desarrolla en el seno de una familia pequeño burguesa, consumida por los silencios, los secretos y los odios incomprensibles.
Sin embargo, lo crucial no son las rupturas ni los dolores emocionales, sino una terrible enfermedad hereditaria que condiciona el destino de todos como si se tratara de una sentencia bíblica: la leucemia.
En efecto, el maduro matrimonio integrado por Abel (Jean-Paul Roussillon) y Junon Vuillard (Catherine Deneuve) carga sobre sí con la condena de un hijo muerto por esta grave afección, ante la imposibilidad de encontrar un donante compatible que permitiera el transplante de médula ósea.
Al confirmarse que la mujer padece el mismo mal y sus posibilidades de sobrevida son muy remotas, esa herida, que parecía cerrada por el tiempo, comienza nuevamente a drenar.
Los dos potenciales donantes que eventualmente permitirían salvar a la enferma, son Henri, un hijo que está radicalmente disociado del núcleo familiar y Paul, un nieto adolescente que padece frecuentes disturbios de conducta.
La tensa situación detona antiguos resentimientos entre hermanos. En efecto, Elizabeth (Anne Consigny), hija de la pareja y exitosa autora teatral, odia intensamente a Henri, por sus excesos y su personalidad errática y conflictiva.
Enterada de la fragilidad de la salud de su madre, la mujer se resiste a que su hijo adolescente sea el donante y reclama la comparecencia del odiado hermano, a quien expulsó años antes del núcleo familiar, tras hacerse cargo de una deuda de negocios.
Sin embargo, la total ausencia de amor entre ese hijo renegado y marginado y la madre que padece la grave enfermedad, transformará la situación en una auténtica encrucijada para todos.
La oportunidad para debatir el tema que es de vida o muerte será una celebración navideña, a la cual acudirán todos los miembros de la dispersa familia.
En esas circunstancias, todos parecen estar dispuestos a cumplir con el consabido ritual de compartir una bien servida mesa, brindar y hasta intercambiar obsequios como si nada sucediera.
Sus impostadas conductas individuales responden, naturalmente, a las pautas de una sociedad habitualmente hipócrita y aferrada a la cultura de las apariencias.
Sólo los niños, que interpretan una improvisada puesta teatral junto al abuelo, están realmente ajenos a la contaminación del odio que se respira en el ambiente.
No en vano el título original del filme es «Un conte du Noel» («Un cuento de navidad»), que retrata descarnada e irónicamente la despiadada farsa de una familia que se hunde inexorablemente en el fango de la indiferencia y la ausencia de amor.
«El primer día del resto de nuestras vidas» es un drama agobiante y removedor, que ensaya una intensa y escrutadora mirada sobre el tumultuoso territorio de los afectos, las rupturas, la ausencia de amor, los resentimientos, la vida y la muerte.
El realizador francés Arnaud Desplechin sabe sacar buen provecho de un reparto altamente calificado, en el cual sobresalen los veteranos Catherine Deneuve y Jean Paul Roussillon y el siempre intenso Mathieu Amalric.
Un filme para meditar.
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