Paneo de muestras recientes
Los estímulos a la actividad artística nacional y a la cultural general siguen siendo postulados que se avivan, exclusivamente, durante las campañas previas a las elecciones partidarias y nacionales para diluirse en el olvido en rencillas de parroquia una vez conquistado el poder.
En la actual campaña electoral, es notorio el empeño de los diferentes partidos políticos en destacar un súbito fervor por la cultura, con divagaciones programáticas y sin puntuales soluciones. Además, los elencos de asesores de los candidatos, son los mismos de siempre, demasiado conocidos para depositar alguna confianza en las intenciones renovadoras y de cambio. El panorama por venir no es optimista. Basta observar el inadmisible enchastre de monumentos (a Dante, al barón de Río Branco, para citar los más visibles) y edificios patrimoniales, entre los cuales la Biblioteca Nacional es el desborde más lamentable de la militancia partidaria, tolerados por las autoridades municipales. La grosera y grotesca propaganda electoral en la fachada de la principal biblioteca pública tuvo su epicentro durante el Día Internacional del Libro y el Día del Medio Ambiente. Ironías del destino. Los expertos en comunicación no saben lo que hacen y la cultura les importa un bledo.
La temporada actual transcurre mansamente y es paradigma de la mesura que proponen los artistas locales. Faltan lo que en anteriores oportunidades pudieron ser incentivos: la presencia de exposiciones del exterior que, aún parcialmente, dieron señales de otras voces en otros ámbitos. Solamente el recurso a Internet, es posible acceder a bienales y ferias internacionales aunque, es sabido que las imágenes capturan un pálido reflejo de las obras reales.
Julia Vicente de Estol (Instituto Goethe)
Ceramista de fecunda inventiva, debutó en 1971 con una muestra individual en la desaparecida Galería Estudio A, depositando su experiencia al lado de Carlos Heller, Marco A. López Lomba, Luis Fernández Chiti, Heber Ramos Paz, Mariví Ugolino y los hermanos Ribeiro en el documentado dominio del volumen y el color. Aquella tersura de entonación barroca, sin dejar de ser funcional, no se prodigó y, a lo largo de los años, hubo cambios no siempre felices en ambiciosos proyectos. Ahora, enmarcada en el proyecto Terra Australis del Instituto Goethe, reaparece con ímpetu renovador en una tarea nada fácil. Por un lado trabaja con látex en composiciones verticales de rica textura, siempre abstractas, más concentradas o más libres, variaciones de texturas y minielementos con el blanco dominante extendido en encrespadas superficies. Es en ese ámbito de elaborada serie que atrapa las «realidades imaginarias», título que lleva su exposición. Otro sector, piedras intervenidas, no participan del mismo encanto.
María Inés Rivera (Museo Zorrilla)
Grabadora y escultora chilena, nacida en 1954, Rivera presenta trabajos recientes, ejecutados entre 2007 y 2009. Las estampas están trabajadas con sólido conocimiento técnico (aguafuerte, aguatinta, punta seca, con inervención gráfica y acuarela) mientras establece una narrativa de personajes vinculados al deporte que actúa como punto de partida y que, lentamente, va derivando hacia una formulación cuasi abstracta de envolvente lirismo. Hay refinamienmto y delicado maridaje de técnicas, en obras de inusual tamaño para el lenguaje empleado, indicativo de una formación y una práctica discursiva de largo aliento. Empero, pocas veces una obra digna ha sido presentada con un erróneo montaje. Las obras carecen del vidrio protector, están colgadas una al lado de otra, en una hilera monótona que satura al receptor y dificulta la adecuada visión al no tener el debido distanciamiento. Para peor, las esculturas, de escaso interés y que se alejan de la sutileza de los grabados, están dispuestas en la parte central de la sala, acordonadas de manera solemne. El catálogo, de caótica diagramación, es una acumulación de divagantes elogios, con demasiadas firmas (no se salva ni la solapa), incluyendo a la propia artista en trance supuestamente poético.
Gustavo Serra (Galería Oscar Prato)
El legado torresgarciano no cesa. Al maestro del constructivismo le sucedieron cinco personalidades que, manteniendo la continuidad se diversificaron con acentos altamente individuales: Francisco Matto, Gonzalo Fonseca, Augusto Torres, José Gurvich y Manuel Pailós. Ese quinteto profundizó las enseñanzas recibidas y supo extraer, de acuerdo a cada experiencia de vida y de sensibilidad, un lenguaje inconfundible. Los tres primeros, por la envergadura de sus obras, manejan un repertorio formal y una dimensión espiritual están a la altura de Torres García y el primero, Francisco Matto, lo trasciende. La tarea de las siguientes generaciones torresgarcianas fue una ímproba demostración de que poco podían desviarse de los antecedentes y apenas un subrayado mínimo los distinguiría La empatía hacia los directores de los talleres, la afectividad sostenida hacia los modos de ser y actuar, arrinconó la libertad operativa de los más jóvenes. Como en su momento lo hizo Torres García con sus más cercanos discípulos. El distanciamiento temporal, la reflexión necesaria acerca del camino a seguir debió ser una experiencia traumática finalmente superada al lograr una obra que siendo referencial de una tendencia lograba, finalmente, su autonomía. Más arduo aún fue el dilema para los más jóvenes, cuando los cambios fundamentales en el arte cuestionaron a la pintura misma, su vigencia en tanto lenguaje social, desaparecida de los grandes eventos internacionales.
Sin desconocer esa circunstancia, por conocimiento directo en diversas ciudades de Europa y Estados Unidos, Gustavo Serra, prefirió la continuidad de la escuela torresgarciana y la pintura-pintura. Daymán Antúnez, Augusto Torres, Francisco Matto, Julio Alpuy, Gonzalo Fonseca, ejercieron un magisterio insoslayable enhebrado con los vínculos sutiles de la frecuentación y devoción amical. Aceptó el desafío de seguir planteos paralelos hasta descubrirse a sí mismo. Con un toque de distinción. Para no desmentir la herencia recibida, la confirmó al emplear el óleo, recurso por excelencia de la pintura, y un género, la naturaleza muerta. De esa confluencia estableció dos zonas nítidas: el fondo fuertemente trabajado con anchas pincelas, algunas más libres que otras, en enrejado o sueltas y tumultuosas (con algo de Jasper Johns), campos de color animados de diferentes tonalidades, cálidas o terrosas, sobre las cuales inscribe, flotando, una signografía elemental, siluetas lineales, la anamnesis, el recuerdo de formas entrevistas (botellas, vasos, semillas, curvas sensuales, restos geométricos), amarras a la realidad cotidiana, para acentuar una relación espacial contundente entre planos pictóricos diferenciados. Ráfagas de Matto y Augusto sazonan cada obra, los evocan suavemente en cordial homenaje, sin convocar resonancias imitativas.
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