Arte

Juan Storm, solidez pictórica

Es un trabajo que no siempre es conducido con el debido rigor. El año pasado, Juan Ventayol y Nerses Ounanian quedaron maltratados como en otra oportunidad lo fue Petrona Viera.

En la temporada que transcurre, Los 60 es una caótica exhibición de obras maestras. Planificar en tiempo y forma, consultar a los que saben o tienen referencias directas con los artistas a estudiar, es una práctica excluida de las «investigaciones» que se realizan a nivel local. Así, las buenas intenciones dejan por el camino lo sustancial para abundar en lo superfluo.

Juan Storm (Montevideo, 1927-1995) murió en el momento en que se perfilaba como candidato mayor al Premio Figari 1995. Estaba en el período más intenso de su trayectoria comenzada con Alceu Ribeiro en 1952 y continuada con Julio Alpuy, 1954, en el taller Torres García. Esa formación torresgarciana marcó una de sus características más notorias, pero el talento de Storm fue reformulando los cánones aprendidos para insertarlos en una estructura personal que admitía otros dos componentes, el cromatismo figariano y el clima de los metafísicos italianos. Pero, hombre de tierra adentro, con larga permanencia en la estancia familiar, fue descubriendo, no sin cierto asombro, el lento transcurrir del tiempo en las desoladas estaciones de ferrocarriles, el cabalgar de los gauchos, o sus descendientes, en la inmensidad de los campos uruguayos, esas lejanías infinitas, aplastadas por cielos arremolinados y amenazantes. Los protagonistas poseen un talante expresionista, a veces tallados con severidad escultórica o densidad volumétrica que remiten, inevitablemente al Augusto Torres enamorado de Paolo Ucello. La variedad de enfoques de esa temática es admirable: primeros planos de pueblos quebrados por planos geométricos, ferrocarriles que atraviesan la cercanía, diálogo entre troperos, recogen una iconografía hecha de convicción e inventiva, un compromiso con la realidad circundante y la pintura misma. Ese clima de desamparo y soledad son llevados hasta una condición onírica, de impalpable misterio, muy diferente a la de otros pintores nacionales que recorrieron el país sin plasmarlo con esas virtudes esenciales de una mirada en profundidad, como quien descubre, por primera vez, el mundo en que se vive.

No se limitó a esa serie mayor, sin duda. En las naturalezas muertas depositó, con variaciones, la poética del cubismo, el tramiento de grandes planos geométricos, así como algunos retratos de hombres del interior, sentados, que recuerdan los Magníficos barradianos y entonan una cercanía, al igual que los desnudos femeninos, a Modigliani. Esa fecunda variedad de enfoques (incluso dentro de una misma serie) se mantuvo, con alto nivel, durante su extensa producción que ahora, en la Galería MVD, se insinúa en forma parcial y despareja, en dos espacios separados, donde, además de cuadros importantes (Gaucho, 1993, Paisaje del interior, 1995) y un constructivo de 1970, que no se adecua a su veta sensible, figuran, como soporte, algunas palas de panadero y otras maderas poco conocidas. No es la exposición necesaria pero de cualquier manera vale la pena una visita en este reencuentro con una figura insoslayable de la pintura uruguaya.

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