Bajones de temporada
Cada vez es más alarmante la situación de las artes visuales en Uruguay. La soberbia provinciana invade prólogos de catálogos (los que van al exterior son inefables), curadorías erráticas se movilizan a los tropezones y la improvisación presidiendo el desfile.
No siempre fue así. Aún en la cambiante sociedad, en otros tiempos la planificación existió, la cancillería y el ministerio de cultura contaron con asesores capaces, el intercambio con Buenos Aires era constante. Figari conquistó en gran estilo París, el Arte Madí se hospedó en el madrileño Reina Sofía, Pedro Blanes Viale cruzó al porteño Museo Nacional de Bellas Artes, además de la atención prestada a las generaciones jóvenes por la embajada abierta a la calidad (Pilar González, Legrand, Focaccio, Donner, del Castillo, Milans, Marchisio, Lema Riqué, Sclavo, Seveso, y los mayores Ana Salcovsky, Dicancro, Díaz Valdez, Matto, Nelson Ramos y Amalia Nieto). En algún cajón del Palacio Santos debe dormir el sueño de los justos un plan (entre otros) de exposiciones itinerantes por el Mercosur, ignorado por el gobierno progresista. La apuesta a la excelencia quedó atrás. Ahora se conforman, zombies mendicantes, con las migajas de circuitos superperiféricos. La deplorable exposición Borde Sur, exhibida en el Palacio Santos (diciembre 2008), es paradigma de lo que no debe hacerse: ausente el rigor selectivo de artistas (es imposible justificar, en el exterior, más de 50 artistas con un solo trabajo) y la desigual calidad (diferentes técnicas, tamaños, representatividad) no obedece a una idea directriz válida salvo el apresuramiento por hacer algo a cualquier precio y de cualquier manera. No hay motivo para enorgullecerse. Más bien, todo lo contrario.
Los años sesenta
(Galería de las Misiones)
Una tela en negro absoluto, difícil de visualizar, de Américo Sposito es la pieza magistral de Los ’60, muestra frustrada en Galería de las Misiones. Ya exhibida con mayor amplitud y peor criterio en la sede de José Ignacio durante el verano, la exposición no pasa de ser un colgado arbitrario, con obras admirables de Juan Ventayol, Agustín Alamán, Lino Dinetto, Hilda López, Vicente Martín, Jorge Páez, Nelson Ramos, Raúl Pavlotzky para citar a los mayores, adquiridos por un ojo experto, a los que se incorporaron pintores que la historia del arte nacional se resistirá a registrar.
Larvas 2, óleo sobre tela, de Spósito, como otras pocas similares de su variable producción, corresponde al período más feliz, a principios de los años sesenta, ya consagrado por el Premio Blanes, y con la declaración pública de su militancia religiosa en Testigos de Jehová, declarada en un extenso reportaje a la revista Reporter del 4 de octubre de 1961. La intensidad emotiva, recorrida por un encrespado erotismo en el tratamiento de la materia, los contrastes de zonas brillantes y opacas, el regodeo en el deslizamiento de la pincelada lo ubican entre los máximos representantes del informalismo. No por casualidad, al igual que Hilda López en la misma época, participó en el Premio Internacional Di Tella. Si a los artistas citados se hubiera agregado el comienzo de la nueva corriente, en 1957, de un Julio Verdié extraordinario (fotografiado pero no exhibido) al igual que la tela Las veredas de la Patria Vieja de Teresa Vila (1971) que culmina el período (en las mismas condiciones que el anterior), la revisión tendría sentido.
Pero los años sesenta fueron algo más que el informalismo o arte otro. Se solaparon la nueva figuración, el pop art, el conceptualismo, la abstracción, el neoexpresionismo y el neogeometrismo, en confluencia de una vertiginosa y exasperada producción, que cerraba el siglo XX y anunciaba el siguiente. Todo germinó en esa época. Era, desde el vamos, difícil recuperarla sin una contextualización epocal adecuada, no limitada necesariamente a la pintura ya que el dibujo irrumpió con apasionada predilección en la conturbada sociedad uruguaya. Sigue como asignatura pendiente.
Fernando López Lage
(Alianza Francesa)
Hace una década que Fernando López Lage renunció a la trepidante figuración, como alumno de Hugo Longa. Erróneamente, se le atribuyen a ambos artistas la irrupción en la paleta de colores fuertes contrariando (sólo en parte) la tradición torresgarciana de grises y ocres, sin advertir que los planistas nunca fueron igualados en su furia cromática, ni Blanes Viale o Carlos A. Castellanos, y dos geométricos, Costigliolo y María Freire, tampoco se quedaron atrás al igual que los madistas (Rothfuss, Llorens). De repeticiones y estereotipos se nutre la crítica vernácula, siempre despistada.
Boomerang es el título de la exposición en la Alianza Francesa. Dos filas de cuadros, una encima de otra, de 8 obras cada una, recorren la abstracción de orientación geométrica, desterrando la anécdota, desplazando la iracundia juvenil que lo lanzaron a la consideración crítica (en los remates se pueden apreciar, de vez en cuando, ejemplos aislados), para transitar en insistentes composiciones, mal pintadas que, al parecer, intentan parodiar o comentar los genios de la geometría (Mondrian, Malevich, Albers, Vasarely, Riley) con variaciones de color y textura, en estructuras donde agrega, sobrepone y retira capas de color con torpeza infinita de principiante, más cercano a los collages de Gustavo Jauge y lejos de la sutileza irónica de Ross Bleckner o Gunther Förg (que además pintan rebien), para citar algunos entre otros muchos que navegan en esa línea revisionista y conservadora de regreso a la pintura-pintura.
Horacio Sapere
(Centro Cultural de España)
Como de costumbre, el Centro Cultural de España no defrauda. Horacio Sapere, en Poet´s Room. Teorema, instalación multidisciplinaria, maneja diferentes elementos y los combina con profundidad conceptual y elegancia formal. La primera aproximación del receptor suele ser esquiva. Acostumbrado a la entrega rápida de la idea y su visualización, el visitante se desoriemta. Una segunda visión, luego de un demorado recorrido entre sillas, dibujos, pinturas, videos y proyecciones, es decir, una compleja instalación, de leer los luminosos y concisos textos (virtudes de la brevedad que entusiasmaba a Borges) de la curadora Pilar Baos y William Jeffett, curador del Salvador Dalí Museum de St. Petersburg, Florida, Miami, incluidos en el hermoso libro-catálogo, la primera impresión comienza a cargarse de sentido, solicita la reflexión, despierta interrogantes. Virtudes que no suelen frecuentar las salas de exposiciones.
Es que una silla con cuatro respaldos con palabras escritas, recreadas en dibujos y pinturas (poemas visuales), en una caligrafía que recuerda a Ben y su delicado sentido del absurdo, la proyección sonora de videos, va estructurando un espacio que se construye y es construido por el espectador. La base, es el pensamiento del filósofo medieval mallorquí Ramón Llull (1232-1316), más conocido por Raimundo Lulio en español, filósofo que preludió la teosofía y la equiparación entre filosofía y teología, combatiendo los errores del pensamiento racionalista de Averroes y creando una máquina lógica más cercana a la verdad.
De esa densa trama filosófica humanística, de ese encuentro entre racionalismo y misticismo, Sapere (argentino de 1951, radicado en Palma de Mallorca, con una vasta y exquisita trayectoria en lugares importantes) supo encontrar el correlato visual adecuado y postular la meditación sensible, de envolvente efecto suasorio. El esfuerzo vale la pena.
Compartí tu opinión con toda la comunidad