Centenario de Benny Goodman
Benny Goodman tuvo momentos altos y bajos en su dilatada carrera. Su personalidad y su extensa producción discográfica seguirán siendo discutidas por los aficionados, pero hay algunos aspectos que nadie puede negar.
Uno de ellos fue su habilidad para derribar las barreras de la indiferencia pública hacia el jazz, en un período en que la sociedad blanca estadounidense volcaba sus preferencias a las comedias musicales, las canciones de moda y los ritmos bailables.
Otro es el reconocimiento que profesó a la supremacía del músico negro, lo que llevó a que integrara sus orquestas con instrumentistas de ambas razas, en una postura que por primera vez se hacía ante la vista de los auditorios.
Y un tercer aspecto es la estupenda musicalidad de su clarinete, la inteligente construcción de sus improvisaciones, el fervor y entusiasmo de su incisivo fraseo y el asombroso dominio técnico de su instrumento.
Benny nació en Chicago el 30 de mayo de 1909. Recibió un clarinete prestado en la sinagoga a la que solían asistir sus hermanos y rápidamente aprendió las enseñanzas impartidas por Franz Schoepp, un viejo profesor alemán que acostumbró al niño a frecuentar las partituras de Mozart y Brahms.
Pero los sonidos que provenían del «South Side» de Chicago -en cuyos locales actuaban King Oliver, Louis Armstrong, Jelly Roll Morton, Jimmie Noone y otros fenómenos- encendieron la chispa de su interés por el jazz. A los 17 años lo contrataron para tocar en la orquesta del baterista Ben Pollack, a los 18 grabó sus primeros discos como líder y después trabajó con las bandas de Red Nichols, Ted Lewis, Ben Selvin y otras.
En 1930 formó su primera gran orquesta, pero tuvo poca suerte con ella. Recién en 1933, gracias a la ayuda del empresario John Hammond, pudo reunir un selecto grupo de músicos y empezó a grabar para el sello Columbia. Hammond le organizó también actuaciones radiales (la serie semanal «Let´s Dance» fue la más famosa) y giras por los Estados Unidos.
Fue precisamente en una de esas giras, durante un concierto en el Palomar Ballroom de Los Angeles el 21 de agosto de 1935, que el delirante público lo coronó como «Rey del Swing». El éxito de la orquesta se contagió por todo el país. Cuando regresaron a Chicago los esperaba un suculento contrato en el Congress Hotel y las renovadas sesiones de grabación para el sello Victor, que incluyeron los célebres discos en trío y cuarteto con Teddy Wilson, Lionel Hampton y Gene Krupa.
El momento culminante fue el monumental concierto del Carnegie Hall, en enero de 1938. La magna sala neoyorquina, desbordante de público, admitía por primera vez un espectáculo jazzístico en su escenario.
Poco después hubo cambios en el personal de la orquesta (el más importante fue la aparición del notable guitarrista Charlie Christian), flirteos con el naciente estilo «bop», una película conocida en Montevideo con el título de «Vida y música de Benny Goodman» (1955, con Steve Allen como protagonista) y triunfantes giras por el exterior. Una de ellas lo trajo al Palacio Peñarol en 1961.
Goodman siguió grabando asiduamente discos de jazz pero nunca abandonó su amor por la música culta. Comisionó a Béla Bartók, Aaron Copland y Paul Hindemith para que compusieran obras para clarinete y orquesta. Trabajó con el Cuarteto de Cuerdas Budapest y bajo las batutas de Arturo Toscanini, Charles Munch y John Barbirolli.
Hasta poco antes de su muerte, acaecida el 13 de junio de 1986, el venerable artista siguió digitando su clarinete en su domicilio de Manhattan, soplando las notas de sus compositores clásicos favoritos.
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