Obra de Pirandello en el Stella
Más tarde la locura de su esposa, que amargaron su vida, lo interesaron en las alteraciones de la personalidad, el psicoanálisis y las obras de C.G. Jung; poco a poco el realismo fue abandonado en beneficio de fantasías de la conducta, lo que puede verse en «Así es, si os parece», aún lo sobrenatural y la magia, como en «Seis personajes en busca de autor», «Esta noche se actúa improvisando», «Enrique IV» y su obra póstuma, «Los gigantes de la montaña». Esta derivación del realismo al irracionalismo tuvo su paralelo en la adhesión de Pirandello al fascismo («Soy fascista porque soy italiano») partido al que debió la extraordinaria, si que inmerecida, difusión de su obra en el mundo; y el conocimiento que se tiene de Pirandello en el Uruguay, y el curioso interés en sus obras, viene de aquella época: mucha gente en esta tierra admiró, y declaró su admiración, por el fascismo italiano.
Asumió la dirección del «Teatro de Arte» de Roma con la ayuda de Mussolini (1925); pero hizo más y peor: apoyó explícitamente la invasión de Abisinia, justificó a Mussolini cuando el asesinato de Mateotti y finalmente entregó la medalla del premio Nobel (1934) al gobierno.
Toda la pieza cabe en dos o tres frases. Un modesto enigma, reiterado sin variantes apreciables durante tres actos, despierta de su modorra a una pequeña ciudad: ¿el secretario del municipio Ponza, está loco, o es su suegra la que delira? O bien, la hija de la Sra. Frola, ¿ha muerto o es la mujer que vive con el Sr. Ponza?
Como todos los escritores mediocres, Pirandello sólo ve pequeñeces y ridículos. Se ha dicho que «Así es, si os parece» reflejar la estrechez de miras, la obsesión con el parecer ajeno, el tedio de la vida provinciana; en tal caso, la pieza es tan aburrida como la vida que describe. Pero léase a Balzac, o a su aventajado discípulo Chejov. «Eugénie Grandet» o «Gobseck» son suficientes para ver cuánta grandeza e inteligencia caben en el alma de un avaro o de un implacable usurero; «César Birotteau» o «El viejo Goriot» nos muestran dos gigantes donde Pirandello sólo vería un perfumista de barrio y un modesto fabricante de fideos.
El director Alfredo Goldstein percibió que la obra no resiste. Creemos que vio lúcidamente el aspecto, entre absurdo y fantástico, de sus vidas; y lo llevó a un punto en que Pirandello parece alcanzar a Ionesco; y posiblemente fue lo mejor que podía hacer. La obsesión creciente de la sociedad con el enigma tiene algo de la obsesión colectiva de «Rinocerontes»; los estallidos sordos que se producen en el seno de tanta medianía nos recordaron a «La lección»; un poco más allá y Pirandello se vuelve Roberto Cossa y «El saludador», que puso en escena, en nuestro medio, el mismo Goldstein.
El director tuvo el buen criterio de adaptar o escenificar la pieza en el sentido al que su tenor literal apuntaba, tal vez sin quererlo o sin saberlo Pirandello. Agregó episodios cómicos, como el asalto a los sandwiches; otros episodios fueron incidentes de golpe y porrazo, como el momento en que Ponza (Diego Artucio) la emprende con el mobiliario; y Goldstein resaltó sin piedad la incongruencia general con la banda sonora, irónica, a menudo a contramano de las escenas a ilustrar.
Como de costumbre, el público ríe. Ríe de los chistes, que vienen del arte menor del circo; y menos mal, porque la pieza de teatro original, sola ella, hubiera sido insoportable.
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