De Venecia a Basilea

No es para menos. La epidemia, camino hacia la pandemia, es inquietante. Desanima hasta el más entusiasta viajero. Los aeropuertos aumentaron las medidas de prevención y al natural congestionamiento se agregan inesperados formulismos y demoras interminables.

Las agencias ven drásticamente mermada su clientela y hasta una ciudad tan atractiva como Amsterdam ofrece paquetes turísticos con el hotel gratis, innovador recurso para estimular la corriente cada vez más débil de visitantes. Hay que esperar hasta que aclare.

La lectura de los comunicados de prensa provenientes de las instituciones organizadoras, quizá condicionada por la situación epidemiológica, no es alentadora. El Pabellón Internacional de la 53 Bienal de Venecia a inaugurarse el 7 de junio lleva el título Hacer un mundo, según impuso Daniel Birbaum, curador general. Apuesta, como máximo punto de atracción, la visión retrospectiva del Grupo Gutai, un colectivo japonés de nueve integrantes de los cuales sobreviven apenas tres. Considerado uno de los más importantes movimientos de la vanguardia del siglo XX, entre 1950 y 1960, el Grupo Gutai fue fundado por Yoshihara Jirò (1905-1972) en la ciudad de Ashija, entre Kobe y Osaka. El nombre japonés del movimiento, Gutai bijutso kyökai, significa Asociación de Arte Concreto, que en realidad se refiere a una generación de pintores informalistas surgida en 1955, de notoriedad inmediata en los medios artísticos internacionales. El japonismo se instaló en todos los países.

El crítico francés Michel Tapié, creador del Arte Otro, y el pintor calígrafo Georges Mathieu, ambos visitantes en el Río de la Plata, frecuentaron el Japón. Mientras, en esa misma época, Kazuya Sakai, pintor argentino-nipón, difundía la práctica de la pintura gestual, con visitas y conferencias en Montevideo. De la misma manera, Manabu Mabe, otro pintor japonés radicado en San Pablo, desenvainaba el sable, a la manera de un samurai, pintando en el suelo en el Instituto Cultural Uruguayo Brasileño, en un ceremonial único. Medio siglo después le llegará el turno a la cultura China. Pero en ese momento, la peregrinación a Japón y el encuentro con la caligrafía tradicional, donde además se celebraban las bienales de Tokio, muy concurridas, pareció inevitable. A la manera oriental, que modificaban su nombre cuando cambiaban de estilo, el uruguayo José Cuneo pasó a firmar J.C. Perinetti.

El Gutai (se disolvió en 1972, a la muerte de su fundador) modificó la práctica de la pintura occidental, la corporizó. En 1999, en el Jeu de Paume, París, se organizó la primera gran exposición del grupo con un centenar de obras y se pudo comprobar la audacia de sus integrantes y en especial de su fundador Jirò con su obra-traje (1961) hecha de tubos de neón de diferentes colores que se apagaban y encendían, exhibida en la última Documenta de Kassel. Sin duda tiene su interés, en especial para las nuevas generaciones. Si la historia del arte no fuera escrita por los especialistas de los imperios culturales, el Grupo Madí, la vanguardia por excelencia del Río de la Plata, con más de 70 años de existencia, en continua expansión, y sus líderes máximos Carmelo Arden Quin y Gyula Kosice, vivos y actuantes, debieron figurar en el certamen.

Otras presencias en el Pabellón Internacional son figuras conocidas (Gordon Matta-Clark, Cildo Meireles, Yoko Ono, Joan Jonas, Lygia Pape, Michelangelo Pistoletto, Blinky Palermo, Gino de Dominicis, Oyvind Falström, Yona Friedman , el otrora maravilloso bailarín y actual coréografo Willian Forsythe, Tomas Saraceno, el argentino de Alemania que estuvo en la Bienal de San Pablo, Wolgang Tillmans, Rirkrit Tiravanija, John Baldessari, Georges Adéagbo, el prolífico chino Chen Zhen) y el conjunto tiene un aire de recuento historicista, pues muchos de ellos murieron. Después de todo se trata de una bienal de arte actual.

Las cosas no mejoran en los pabellones nacionales. Los veteranos Liam Gillik (Alemania), Miquel Barceló (España), Bruce Nauman (Estados Unidos), Steve Mc Queen (Gran Bretaña), Fiona Tan (Países Bajos), prolongan esa línea discursiva de visión histórica. Todos con un solo representante.

 

Uruguayos en Venecia

La representación en el Pabellón de Uruguay se distingue de las demás. En vez de un representante único, la selección recayó en tres: Raquel Bessio (1946), Juan Burgos (1963) y Pablo Uribe (1962). Artistas de talento reconocido por la unanimidad de la crítica local, con una producción, si no muy extensa ni de larga trayectoria como equívocamente se afirma, sí de constante interés en la investigación permanente, seria e inteligente, ajena a las fáciles seducciones del momento. Sin duda los tres trabajaron con tesón y energía para elaborar obras dignas del acontecimiento internacional, donde hay que tener en cuenta algunos factores. Uno, potenciar una individualidad con amplios antecedentes locales y en el exterior, para con un considerable bagaje de obras se destaque en las competitivas vitrinas globales. No sucede en esta ocasión. La cultura oficial se despreocupó de difundir previamente, en bienales cercanas (San Pablo, Buenos Aires, Ushuaia, Porto Alegre, Ecuador) o en la realización de envíos al exterior, de estos artistas con la finalidad de establecer una base operativa, una plataforma de lanzamiento, de afirmación y conocimiento de su obra que, al llegar a Venecia, los nombres tengan cierta familiaridad con cierto público. Segundo. El catálogo por primera vez estuvo pronto en tiempo y forma. Es una hazaña. Aunque algunas precisiones son necesarias. Para un país pequeño (lo recuerda con cifras la ministra de Educación y Cultura), la edición trilingüe (español, inglés, italiano), cinco textos diferentes (como si todos quisieran figurar en el festín véneto), con algunas inefables afirmaciones («El arte uruguayo está a la altura de lo que sucede en cualquier parte del mundo…»), el envío de dos encargados del montaje, un comisario y un curador, tres artistas,supone un esfuerzo económico importante. Además, sorprende en el catálogo la ausencia de fotografías identificatorias de cada artista, la impresión y el diseño son discretos o mediocres las reproducciones y una tapa deslucida de caracteres táctiles. El proyecto editorial, siendo discutible, con buenos textos críticos, está más cercano a la economía de los países del primer mundo (avaros en sus catálogos y recurriendo, en la mayoría de los casos, a económicos cedés) que a los modestos recursos propios de un país con el Sodre cerrado hace cerca de 40 años, la agónica condición de los museos oficiales, la principal pinacoteca del país desierta, justamente hoy ya hace tres meses, y una cultura visual en imparable declive. Los fuegos fatuos del momento veneciano no logran tapar la desolación cultural del país.

 

También Basilea

La 40ª edición de la Feria de Arte de Basilea es aguardada con gran interés. Un aniversario redondo para recordar a lo grande, en la ciudad que concentra buena parte de la economía del país y del mundo. No obstante, la sección Art Unlimited, de ambiciosos proyectos, seleccionó 59 artistas de 24 países, de gran nivel, sin duda, pero huéspedes habituales en certámenes de este tipo: Giovanni Anselmo, Stephan Balkenhol, Chen Zhen , también en Venecia, Nan Goldin, Roni Horn, Aernout Mik, Sigmar Polke, Jesus Soto, Fiona Tan, también en la Biennale, Franz Erhard Walther, que, aún con nuevos trabajos, confirman el lado historicista de los venecianos. Es probable que ambos acontecimientos proyecten generosas gratificaciones, que sean merecedores de una demorada frecuentación, pero el planteo desde el vamos, es más convencional que transgresor. Con todo, la primera impresión puede cambiar después de la inauguración.

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