ASESINOS SERIALES EN SERIE
No es de ahora. Ya son años. Lo que importa es que todo se ha convertido en una fábrica de seriales de televisión que se copian los argumentos de sus capítulos. Y en esa imitación los televidentes, sufridos siempre, terminan adivinando desde el comienzo quienes son los sospechosos de esas matanzas que cada día aparecen en los canales por cable.
Habría que buscar mucho para encontrar que en alguna de las seriales no haya aparecido un «asesino serial» u otro «a sueldo», por lo que el trabajo de los protagonistas es atar cabos y así descubrir que el matador es un latino o algún colado del este europeo o algún negro discriminado por los buenos blancos.
El contenido de las series televisivas ha perdido la dosis de ingenuidad o de imaginación para mantener la duda, el recelo, el posible matiz de dobleces humanas y ahora solo busca rellenar minutos con mucha sangre, muchos muertos y/o, hay que aceptar, con alguna vuelta de tuerca totalmente inesperada, de esas forzadas, para darle razón diferencial al argumento.
Domina la sangre, lo truculento, lo bestial, como mejor llamador en las atrocidades.
Han proliferado las series con cuerpos hechos pedacitos, cadáveres comidos por lobos o pájaros, esqueletos a los que no le queda nada para identificar. Nada, claro, pero algo para la siempre eficiente pericia de los modernos laboratoristas donde en segundos encuentran un ADN debajo de una uña y desde ello ubicar que ese rastro pertenece a un fulano que es, seguramente el asesino.
Las viejas neuronas reclaman el derecho a cenar en paz sin tener que recibir esos tajos y esa sangre que corre al abrir al muerto. Claro que el mal no es exclusivo de las policiales, también las médicas incurren en ese abuso de cuerpos abiertos con el cerebro al aire, las tripas cayéndose al piso y como si nada pasase volver a ponerlas en el paciente, que casi siempre termina muriendo. Esto se ha visto en títulos como «Grey’s anatomy», «Private practice», «E.R.» o «Nip Tuck» en los que los bisturís no tienen límites para obviar o sugerir sino que hay que mostrar que se puede ser realista en la ficción.
Para asegurar este acopio de encarnizamiento pasamos cuatro noches persiguiendo series.
El domingo 17, en AyE Mundo, estuvo «Numbers», que tiene sobre si el interesante sostén de los hermanos Scott, Ridley y Tony, sobre un muchacho, «Charlie», que descubre crímenes trabajando con sus números. El capítulo fue violento, por supuesto, con la víctima muerta a palazos. El final es de un asesino en serie, una especie de vengador anónimo, como aquellas películas de Charles Bronson.
El lunes, en AXN, se tuvo la original «CSI», que después produjo su extensión de Las Vegas a Nueva York y Miami. También otro fulano que busca la venganza y aparecen pedazos de carne llena de gusanos para permitir hallar al victimario.
El martes 19, en FOX, tuvimos a «Bones», una pareja que trabaja en pericias forenses y debe ubicar quien es el muerto o la muerta, porque así se dice «es un cadáver molido», aparecido en medio de un campo. Hay más gusanos, para repugnar más.
El miércoles, «Life» en AXN, con un muerto empalado con un resto de una escoba y que resulta ser víctima de una competencia entre asesinos » a sueldo».
Y el mismo miércoles, lo que más despierta la atención, «Dexter», un policía que dedica su tiempo libre a matar a delincuentes con graves antecedentes penales y que han vuelto a la libertad. No hay duda que el actor Michael Hall tiene un estilo entrador, canchero, pero ahora luego de asesinar a unos cuarenta infelices, comienza a tener sus dudas. Y no sabe qué hacer, si seguir matando o dejar que otro cargue con sus culpas.
Este cambio de estilo es más que claro. Se le suele presentar como «el asesino encantador». ¿Hasta dónde se permitirá importar violencia? La violencia es culpa de todos, es cierto. Pero no exageremos. No se necesita ayuda de afuera.
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