Arte

Premio Catalunya a Bill Viola, Premio Velázquez a Antoni Muntadas

Bill Viola (Estados Unidos, 1951) recibó el XXXI Premio Internacional Catalunya concedido por la Generalitat catalana por «una obra artística y técnica, personal y espirutual, mediante el uso del videoarte, del que es pionero», de acuerdo al poco preciso fallo del jurado presidido por Xavier Rupert de Ventós, uno de los mayores especialistas españoles, que fundamentó su criterio al decir: «Viola no es sólo el inventor del videoarte (conviene aclarar que en realidad el vidoarte nació el 4 de octubre de 1965 en el Café à Go-Go, Nueva York, al presentar Nam June Paik un video sobre la visita del Papa. Nota de Redacción) sino que es un visionario que dijo que la tecnología electrónica es un camino también hacia la intimidad, hacia la espiritualidad», pues «supo intuir que el video se acabaría convirtiendo en un objeto, en una obra de arte y ya no sería visto como medio de comunicación».

Para otro miembro del jurado, el crítico de arte Juan Manuel Bonet, «Viola es un creador que se puede considerar moderno, pero que también ha sabido asimilar la lección de los maestros de antaño, como la del inmortal Vermeer, o en el terreno de la palabra, la de San Juan de la Cruz».

El Premio Internacional Catalunya está dotado de 100 mil euros y una escultura de Antoni Tapies. Bill Viola asistirá a su entrega el 30 de junio de manos de José Montilla, presidente de la Generalitat, y el célebre artista premiado inaugurará la exposición de su obra en el Centro de Arte Contemporáneo Bòlit, Girona. Entre los diez finalistas al premio figuraron Luis García Berlanga, cineasta, Louise Bourgeois, escultora, David Hockney, pintor, Lucien Freud, pintor, Antonio López, escultor, y Paula Rego, pintora portuguesa residente en Londres. En ediciones anteriores obtuvieron el Premio Catalunya Karl Popper, Harold Bloom, Abdus Salam, Vaclac Havel, Edgard Morin, Claude Lévy-Strauss, Richard von Weizsäker, Jacques Delors y M. Rostropovich, entre otros.

 

Una deslumbrante trayectoria

Bill Viola (en Estados Unidos se pronuncia vaiola, aunque su apellido es de origen italiano) nació en Nueva York (1951), vive y trabaja en Signal Hill, Los Angeles, donde posee una biblioteca mínima, rodeado de una parafernalia de sofisticados aparatos técnicos. Estudió en la Universidad de Syracuse NY, graduándose en estudios experimentales en el College of Visual and Performing Arts. Se interesó particularmente por la música electrónica, la performance y el cine experimental. En 1970, con apoyo del profesor Jack Nelson, comenzó a experimentar con Súper 8 y video en blanco y negro, convirtiéndose en pionero de las nuevas experiencias técnicas. En esa década produce numerosas cintas e instalaciones de video didácticas y su contenido era el medio al explorar las posibilidades y condicionamientos del video y la percepción humana.

El encuentro con Nam June Paik y Bruce Nauman, nombres famosos de generaciones anteriores, fue inevitable; con ellos hizo varias muestras. Miembro de un grupo instalador de televisión por cable y asesor técnico de video, Viola también conoció a David Tudor, el pianista y compositor de la compañía de danza Merce Cunningham, iniciando una colaboración hasta presentar la escultura sonora Rainforest.

A partir de ahí, Viola considerará el sonido como un material moldeable, de notable influencia sobre la percepción de la imagen. Al surgir en 1974 la primera cámara portátil de video, el color y los primeros editores, el rumbo de la nueva expresión técnica adquiere una dinámica vertiginosa. Viola pasó a trabajar como asesor técnico en un estudio de producción de video en Florencia, Italia, y el contacto con el arte y la cultura europeos marcó su derrotero. Se detuvo muchas horas en las catedrales grabando los sonidos. La acústica y el sonido se convirtieron en fenómenos físicos fundamentales para Bill Viola pues tienen mayor poder que las imágenes al atravesar las paredes, rodear las esquinas y ser percibidos simultáneamente en 360 grados en torno al espectador e incluso penetrar en el cuerpo. Descubrió, así, la arquitectura acústica de los espacios y encontró una relación vital entre lo visto y lo no visto, entre la subjetividad abstracta y la materialidad exterior. Empezó a utilizar la cámara como una suerte de micrófono visual.

Etnólogo, Bill Viola recorrió el mundo estudiando costumbres indígenas en las Islas Salomón en el Pacífico, en Java, el Sahara tunecino, los monasterios budistas tibetanos en el Himalaya, el teatro Noh en Japón, donde practicó la meditación Zen; pasó semanas con una manada de bisontes en el Parque Nacional de Wild Cave, en Dakota del Sur. Esa dilatada e intensa experiencia existencial y espiritual lo condujo a interiorizarse de las filosofías orientales (DT Suzuki, discípulo laico del Zen, a la sazón en Estados Unidos, frecuentado por John Cage), los místicos occidentales (San Juan de la Cruz, el maestro Eckhart). Nutrido del formidable bagaje filosófico del taoísmo chino, el budismo tibetano, el misticismo judeocristiano y el budismo Zen japonés, Viola intentó abrir las puertas de la percepción con una actitud mística (místico procede del griego myéin, que significa cerrar los ojos).

Consagrado en los principales museos de numerosos países, en bienales (Venecia, París, Lyon) y la VI y IX Documenta, en 1998 el Museo Whitney de Nueva York realizó la primera gran retrospectiva de Bill Viola en una itinerancia triunfal por el país y Europa. Más modestamente, en el Museo Nacional de Artes Visuales de Montevideo, durante enero de 2001, se presentaron por primera vez ( ante la indiferencia de criticos y artistas) cinco videos de Bill Viola ofrecidos a quien escribe estas líneas en la visita al estudio en Los Angeles, considerados obras maestras, como The Passing, 1991, 60 minutos sin palabras que, por su estilo jansenista se aproxima a Robert Bresson y puede ser considerado el Guernica del videoarte al poseer la misma universalidad simbólica partiendo de hechos de la vida cotidiana, inclusive autobiográficos.

 

Antoni Muntadas, Premio Velázquez

Simultáneamente otro grande del videoarte, Antoni Muntadas (Barcelona, 1942, residente en Nueva York desde 1971 ), recibió el importante Premio Velázquez 2009, concedido por el Ministerio de Cultura de España desde 2002, dotado de 125 mil euros y la organización de una gran exposición en el Museo Reina Sofía de Madrid. Con una lustrosa trayectoria internacional (estuvo un par de veces en Montevideo, exhibió su obra en el Centro Cultural de España), Muntadas, pionero sí del videoarte español, aunque él rechaza esa definición: «Yo reivindico la palabra de artista a secas, que creo que en los últimos tiempos está sufriendo una devaluación. Yo no creo que sea pionero en nada, simplemente soy un artista que escoge para cada proyecto el medio más efectivo», declaró.

Muntadas estudió en la Escuela de Ingeniería Industrial de su ciudad natal, Barcelona, y durante toda su vida trabajó en el uso de tecnologías audiovisuales (video, Internet, computadoras con relación a los fenómenos sociales), recibiendo numerosas becas (Guggenheim, Rockefeller), premios (Laser d´Or, Locarno, Prix Ars Electronica, Premio Nacional de las Artes) y fue profesor en varias universidades estadounidenses. Recibió la noticia del Premio Velázquez, precisamente, en el Massachussets Institute of Technology (MIT) de Boston, donde actualmente da clases.

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