Finalizó muestra de teatro grupal
Cómica con muñecos muy hábilmente manipulados y una motocicleta reluciente y humana, como si intentara dar el formato del «cómic», a la vida del Che.
Pero cuando se leyó en off la carta de despedida a Fidel Castro, llegó algo de otro mundo, muy distinto del que propone Delta: un mundo de sacrificio y cuestiones de conciencia. Hacia el fin, algo en nuestros corazones se estremece con las escenas de la prisión y la muerte; pero es nuestra memoria, y no Delta, lo que nos conmueve.
Esta mezcla de tonos conspira contra «El ángel de voz dura». Su héroe, un luchador hasta después de la muerte, no se entrega. El no va a ser un personaje de historieta, como Batman o Superman; pero la pieza tampoco será una obra dialéctica o histórica.
«Till Eulenspiegel» fue anunciado en esta muestra como un ensayo de unos cuarenta y cinco minutos de la obra que prepara el grupo Galpao de Minas Geraes, Brasil, sobre texto de Luis Alberto de Abreu y la dirección de Júlio Maciel. Fuera de programa, Galpao creyó del caso instruirnos. Primero vimos un video con los veinticinco años de historia del grupo, otro con sus músicas y un tercero documental sobre el centro cultural del grupo. Así ocurrió, durante una hora y quince minutos. Luego vino el ensayo, que se extendió por otra hora.
La obra definitiva será mejor que el ensayo; pero «Till Eulenspiegel» no traerá nada que no hayamos visto en obras anteriores de Galpao. La música es simplona, el argumento superficial, los excesivos chistes van de pesados a escatológicos.
«El otro huevo de Colón», por teatro La Cueva de Sucre, Bolivia, sobre libro de Juan Umazano, narra sin variantes apreciables la historia del descubrimiento, hazaña que habría logrado con una caja de madera (la Santa María) propulsada por un banjo o guitarra como remo, más un muñeco marinero y tres actores. La Cueva afirma que hubo sexo entre Colón e Isabel; el tripulante «Ozono» es acusado de hacer o tolerar cierto agujero dañino.
La obra termina con el chiste que sigue. Dos portugueses se proponen descubrir América, y no pueden. ¿Por qué? Porque no tienen paracaídas.
«La conspiración de los objetos», del grupo argentino «Periplo» dirección de Diego Cazabat, se propone metas difíciles. Con un heterogéneo conjunto de objetos, como espejos colgantes, atriles, flores de papel, talco en pelos o pelucas, marcos que rodean los rostros, una bicicleta fija, guantes de cirugía, papeles escritos, una hoja de árbol, sombreros, el director y tres músicos y actores con un bandoneón, un violín y varios instrumentos de percusión, emprenden la tarea de crear o sugerir un mundo «otro». Lo intentan primero con una voz en off que, en un insensato prólogo, alude vagamente a la «epopeya de los mediocres»; luego uno de los actores, anuncia otro prólogo; después una de las actrices habla sin decir nada en un español inexpresivo, con acento alemán o inglés. Creímos oír algunas claves.
Una de ellas es «destrucción»; y oímos o creímos oír el nombre de Derrida, que nos llevó la «desconstrucción». Pero la «invención» de un lenguaje por la mera desarticulación del habla común y la ruptura con la lógica y la coherencia, no son suficientes para describir el «mundo otro». «La conspiración de los objetos» muestra aplicación y cuidado, pero esto no alcanza para el orden. La imaginación es, posiblemente, nuestra única facultad creadora; pero es «la loca de la casa» y sólo rinde bajo control.
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