Prosigue la muestra de teatro latinoamericano en San Pablo
Enclaustrado y sin más comunicación con el exterior que una computadora, a la que no es demasiado adicto, sabe, como Lao Tsé, que el universo está en su pieza allí y que no será necesario para conocerlo ninguno de los viajes con los que sueña.
Dario se pone a prueba, quiere forzar los límites, así sean los de la puerta que él mismo ha diseñado; quiere y no quiere volver a la vida, sabe que puede, elige esperar. Ser espectador distante es, también, vivir: la aventura de «Wakefield» de Hawthorne y las temibles especulaciones de Pascal caben en el cuarto de Dario.
«Apropriaçao», también de la Companhia de Atores, alude remotamente a una o dos obras de Harold Pinter y a dos reportajes que se le hicieron; el mundo de Pinter es ambiguo, pero esta pieza, llena de brío, inventiva y gracia, está muy lejos de la atmósfera reflexiva que envuelve al dramaturgo inglés. «Apropriaçao» es una glosa, unas brillantes notas al pie a propósito de Pinter; pero es más que otra cosa una serie de improvisaciones felices a partir del estímulo «Pinter».
En la interpretación y en la creación de la pieza hay que destacar a los dos extraordinarios actores, Leonardo Netto y Thierry Tremouroux. «La pasión y el destino de Mateus y Catirina», por la Tropa do balacobaco del equipe teatral de Arcoverde, Pernambuco, haría las delicias de García Lorca. Evoca de inmediato al teatro popular español, con sus retablillos, los narradores que hablan al público, la irreverencia hacia los poderes y la Iglesia y hasta nuestra versificación
La historia es simple, pero filosa. Catirina, embarazada de doce meses, tiene un antojo, sin cuyo cumplimiento no le dará el ansiado sí a su postulante, Mateus: comer la lengua del buey del patrón, el «coronel», siempre látigo en mano. Mateus Adán, enamorado, no vacila en cortar el fruto prohibido y disfrutarlo con Catirina – Eva. El buey padece, va a morir; innúmeros paliativos, entre ellos los socorros del clero, se mostrarán inútiles; al fin, convencidos de que los espera la muerte, los novios se ponen a bailar, lo que revive al buey y permite hasta el casamiento con anillos de oro. Las canciones, al son de una música que viene de varios y difíciles instrumentos, son muy seductoras y dinamizantes; el vestuario, artesanal es un placer aparte para la vista, con sus estampados y bordados; las máscaras y el rutilante buey, movido y bailado por dos diestros actores son producto de una larga convivencia con el arte.
«Diario do maldito» es una creación colectiva de Teatro do concreto. Estamos ante la «muerte del autor» sustituido por los actores. La improvisación es el método; sus vías y resultados son casi siempre los mismos: abrumadoramente, todas estas «improvisaciones» nos traen de vuelta, una vez más, a todas las antiguallas del teatro que creímos descansaban en paz. Viene del café concert lo que suele autotitularse «participación del público»; los actores nos incomodan con gestos, preguntas, arrumacos y convites; nos reparten pasteles, refrescos y cachaça. El público se presta sonriendo y hasta riendo, temeroso del ridículo. Nadie quiere estorbar a los artistas; pero hasta hoy no hemos visto un solo caso en que el recurso no descarrile o desbarate la línea argumental. Una segunda vía es el chiste, usualmente de golpe y porrazo, que viene de los cómicos y de los payasos. El público ríe; pero obtener risas es fácil. Hemos vuelto a comienzos del siglo XX. Como la «creación colectiva» suele ser una colcha de retazos, no tiene dialéctica; y sobre todo, no hay desenlace. Hay siempre una serie de finales posibles, de los que no se ha sacrificado ninguno. Los dan todos, cada uno el suyo. Pero el teatro se alumbra, también, con una de las siete lámparas, la lámpara del sacrificio.
Aquí las improvisaciones son a propósito de Plinio Marcos; pero ni el arte ni la vida de Plinio Marcos, el dramaturgo perseguido, parece importante. Dada la insistencia con la prostitución en esta obra, hay que decir algo una vez más. Plinio Marcos no es importante por haber escrito «Abajur lilás»; del mismo modo que Toulouse Lautrec no es importante por haber pintado cortesanas y prostitutas.
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