Una pareja sadomasoquista
La madre (Mary Soler), sentada de frente al público en primer plano, evoca, en el estilo fragmentado y confuso de la divagación, el momento en que mató a su marido tirándolo de un balcón, un crimen que, como se verá, fue ante testigos y permanece impune.
En un segundo plano, su joven hijo Roberto (Diego Nicolás Zurdo), acostado y cubierto hasta la cabeza por una sábana, sueña que su cama, cual alfombra mágica, vuela y vuela, hasta la torre Eiffel, hasta que reencuentra a su padre. Él es apocado, un veterinario sin clientela, taxidermista de afición; casualmente una vecina le ha encomendado embalsamar a Gilda, su perra muerta. Roberto se pone guantes de cirugía, nos explica cómo se saca la piel, por qué se cortan tales y cuales tendones; está preocupado por los ojos que pondrá a Gilda embalsamada, prueba algunos de vidrio. Antes de que podamos conjeturar a dónde va la pieza, sobrevienen largas conversaciones entre los dos personajes, generalmente agresivas, sobre los más diversos tópicos. Roberto se masturba secretamente con un pañuelo que la madre descubre; se nos informa sobre algunos sinónimos para «masturbación», como «manuela» y «paja brava»; la madre le reprocha el hábito, dice que un vecino quedó idiota por el «vicio solitario». Sin transiciones, ella pasa a rememorar, y se ve que no es la primera vez, los esplendorosos días de su juventud, cuando fue proclamada «Miss Casabó» y luego «Miss Verano».
Madre e hijo aproximan sus cuerpos temerariamente: falsa pista, porque no habrá incesto. El joven saca a relucir un bisturí, lo acerca al cuello de la madre…¡falsa alarma otra vez! No habrá crimen. La madre prepara el almuerzo: vienen largas disquisiciones sobre la fabricación y el valor alimenticio de los «panchos», que Roberto rechaza.
La madre recuerda en detalle un recital de Sandro, su toalla roja empapada en sudor; se oye cantar al ídolo. Hacia la mitad de la pieza se relata la muerte del padre: la madre lo fue a buscar a la casa de «la otra», lo encontró allí y lo lanzó al vacío. Pero allí estaba otro hijo del matrimonio, Leo, nunca sabremos haciendo qué. Leo vio el empujón fatal, el padre aéreo sobre el balcón, oye el ruido allá abajo. Ipso facto, se va del hogar. Desde lejos, Leo escribe carta sobre carta a Roberto, anunciándole al apocado que volverá a rescatarlo del infierno hogareño. Pero, brillante vuelta de tuerca, las cartas no eran de Leo: fueron escritas por la madre.
No habrá liberación para Roberto. Uno espera que mate a la madre, le saque los ojos y se los ponga a Gilda; no sucederá así. La madre, ojos de loca, vestida con la capa y el traje rojo de candidata a «Miss Verano» escuchará la pregunta decisiva. Una voz en off le pregunta, como en ocasión del concurso, cuál era el nombre completo de la esposa del rey Luis XVI de Francia.
Ella contesta bien. El locutor, entusiasta, la proclama «Mis Verano». Roberto tendrá que asistir, hasta que las velas ardan, la apoteosis de su madre. Fin de la obra.
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