ODISEA DE UNA FAMILIA VICTIMA DE LA DICTADURA

Esas organizaciones criminales funcionales al imperialismo y a las oligarquías locales, manipulaban frecuentemente a los familiares de las víctimas en cautiverio, a efectos de concretar sus deleznables propósitos. Incluso, incentivaban la traición y la delación.

Una de las dictaduras más implacables del cono sur fue la instaurada en la hermana república Argentina, responsable de miles de asesinatos y desapariciones.

Los denominados «chupaderos» ­vocablo que identificó a los centros de detención operados normalmente por fuerzas represivas clandestinas­ se transformaron en auténticas cámaras de torturas y en desgarradores testimonios de la barbarie humana.

Las graves secuelas de ese odio paranoico se proyectan al presente, como una herencia maldita de esos monstruos que pretendieron hacer retroceder los relojes de la historia.

Cuando el pueblo uruguayo acaba de entregar a la Corte Electoral más de trescientas mil rúbricas que pretenden habilitar una consulta para anular la Ley de Caducidad, es ineludible reflexionar en torno a la necesidad de restituir el principio de igualdad ante la ley que fue inmoralmente conculcado.

En «Cordero de Dios», la realizadora argentina Lucía Cedrón construye un revulsivo filme testimonial, que alude explícitamente a los tiempos más oscuros.

La historia se desarrolla en dos tiempos históricos concretos que se superponen casi simultáneamente: el año 1978, que coincide con la fase más álgida de la represión dictatorial, y el período 2001-2002, durante la crisis económica que sumió al vecino país en el caos y la desolación.

Articulando un paralelismo entre esos momentos cruciales del pasado reciente de Argentina, la realizadora construye un relato de desaparecidos: las víctimas de la dictadura y el secuestro de un acaudalado veterinario, por quien sus captores exigen un cuantioso rescate bajo la amenaza de acabar con su vida.

Las dos líneas narrativas que Cedrón desarrolla motivan una tensa intriga, que involucra a una familia radicalmente fracturada por la diáspora política pero también por añejos rencores.

El misterioso secuestro del abuelo acaecido en el presente, origina la movilización de la nieta (Leonora Balcarce) y el llamado a su madre (Mercedes Morán), que jamás regresó de su exilio parisino luego de perder a su marido asesinado por los sicarios de la tiranía.

Alternando el pasado con el presente, el relato discurre entre esa familia impactada por el secuestro y la necesidad de reunir el dinero para pagar el rescate, y la agobiante sensación de ese mismo núcleo humano asediado ­veinticinco años antes­ por las bestias del autoritarismo.

La cineasta se las ingenia para armar un doble relato no exento de sinuosas complejidades, que plantea, en ambos casos, algunos dilemas terribles. La clave de las dos historias, que son secuencias de un mismo núcleo argumental, es la supervivencia en condiciones extremas.

Los momentos históricos están marcados hasta en mínimos detalles, como una radio encendida que anuncia el debut de la selección argentina en el campeonato mundial de fútbol de 1978 y las transacciones monetarias con dinero al contado, que sugieren la terrible corrida bancaria de 2001 y la falta de confianza de los depositantes en el sistema financiero.

Corroborando su formación cinematográfica europea, Lucía Cedrón juega con sugestivos planos e imágenes desenfocadas, lo que otorga a su obra un impacto visual que se acompasa a la tensión del discurrir narrativo.

Resulta evidente que el filme tiene mucho de autobiográfico, ya que la realizadora es una exiliada en sí misma, que emigró, siendo una niña, junto a sus padres por razones políticas.

El relato, cuyo título tiene claras referencias bíblicas, está elaborado mediante una estructura sólida y un lenguaje narrativo sobrio y moroso, que desestima todo eventual efectismo.

Aunque «Cordero de Dios» es una obra intensa y removedora, salvo el veterano Jorge Marrale, el resto del elenco actoral no tiene un desempeño acorde con la estatura dramática de la historia.

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