Un puñal que busca una lágrima
Nelson Rodrigues, acusado de pervertido por la beatería, que logró prohibir varias de sus obras, y de reaccionario por la izquierda (anticomunista, apoyó al principio el golpe militar de 1964) le hace un eco a través del Atlántico: «Nunca vi a un personaje adelantarse al proscenio y decir, erguido, ‘señoras y señores, soy un canalla'». «Los siete gatitos» responde ampliamente a esa exhortación, binacional y lusófona, a la sinceridad; y como seguramente esperaban Pessoa y Rodrigues, la franqueza desarma.
Hay un matiz heroico en la asunción del mal, como ocurre tanto con el también reaccionario y hasta pro nazi Louis Ferdinand Céline como con la torturadora impenitente Marguerite Duras. Seu Noronha (Arturo Fleitas) da la medida de la infamia: cree un oprobio ser portero de la Cámara de Diputados pero encuentra juicioso organizar un prostíbulo con sus hijas y aun matar a un hombre; pero vive obsedido por que Silene (la menor de ellas, por Sandra Américo) se case en una iglesia con «vestido de novia»; una rara manía naturista lo lleva a prohibir en su casa el uso del papel higiénico; cree en mensajes del más allá, en particular de un tal Alipio, según el cual todas las desgracias que afligen a la familia Noronha son culpa de un hombre que llora con un solo ojo, hombre para el que reserva un puñal de plata que encontrará, en la última escena, su anunciado destino. Esa ingenuidad, ese vivir zarandeado por prejuicios y malos sueños lo hace patético, frágil, casi humano. Al fin de la pieza, apagadas las luces, diríamos que hemos visto una nutrida colección de proxenetas y prostitutas, de accesos de ira, manifestaciones de odio, infamias por doquier, violencias físicas y morales, crímenes (sin contar la muerte de la gata), traiciones y otras ruindades. Pero hay algo que, poco a poco y sin que nos diéramos cuenta, nos unió a los personajes.
Rodrigues acomete aquí dos de las dificultades mayores del arte dramático: la primera, hacernos simpatizar con personajes despreciables; la segunda, hacernos vivir el horror y con él forzarnos un momento de placer, y hasta de alegría y entusiasmo; y evidentemente tenía la habilidad, que a veces parece magia, necesaria para ambas tareas.
«Los siete gatitos», a más de cincuenta años de escrita, conserva frescura y vitalidad. Las escenas se desarrollan con orden y equilibrio y hay un ritmo narrativo simple y perceptible, que es la marca de fábrica de los grandes artistas. Con una escritura concisa y límpida, por momentos poética, donde nada sobra, Rodrigues pone ante nosotros un espejo que refleja no sólo la pequeña burguesía de Río de Janeiro sino también la nuestra; y aún, en algún aspecto por lo menos, debe reflejar a cada uno de los espectadores.
La puesta en escena de Sergio Lazzo revalida los ya conocidos méritos anteriores del director y hasta donde llega nuestro conocimiento de las obras del dramaturgo, es Nelson Rodrigues en estado puro. El director ha puesto el énfasis necesario donde el autor lo pide, y aún agrega un final de escena, muy verosímil y en el sentido de la obra, que hace más dolorosa la única requisitoria que doña Aracy se atreve a formular a Seu Noronha. Los actores logran compenetrarse con sus casi intratables personajes y Arturo Fleitas, en el personaje del padre, sobre el que gira toda la obra, convence con una dicción sobria y medida, tanto en las medias voces, a veces siniestras, como en los estallidos de pasión. En un elenco muy solvente y firme, Graciela Escuder dio una vida conmovedora a doña Aracy, la «Gorda» sometida y humillada, y Sandra Américo presentó a la perfección a Silene, una mezcla de ángel y demonio.
Merecidamente, esta puesta en escena de «Los siete gatitos» ha sido invitada al próximo Festival Internacional de Teatro de Porto Alegre.
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