Las Julietas. La pieza de Marianella Morena se está presentando en el teatro de La Candela

Piedad para William Shakespeare

Esta vinculación de una obra literaria con sus precursores o antecesores dio lugar a espesa cháchara cultural.

Ciertas divergencias de la «generación del 45″ con sus predecesores se exaltaron a «juicio de los parricidas»; fue inútil que T.S. Eliot hubiera explicado, más urbanamente, cómo y por qué toda obra de arte modifica el canon anterior; Graciela Mántaras desarrolló extensamente la inútil tesis de que había manierismo (obras que derivan de otras obras) en la literatura uruguaya.

Estas ideas no importaron mayormente, pero al fin apareció el gran inquisidor, Harold Bloom, con su teoría de la «influencia» según la cual toda obra literaria se escribió y se escribirá como réplica y hasta como declaración de guerra contra alguna obra anterior. No pareció afectar a nadie que la idea postulaba un regressus ad infinitum, similar a la demostración de la existencia de Dios por Santo Tomás de Aquino: la imposible busca de la causa incausada, la obra primigenia escrita por Adán el primer día de la Creación, por la mañana.

La parodia puede cumplir un fin purificador. A veces es un epílogo de la imitación, un ritual que ha de librarnos de un autor que tal vez reverenciemos en exceso; un ejemplo fue el «Hamlet?» de Alberto Rivero, que de verdad reverenciaba a Shakespeare. Pero el desdichado ejemplo de Bartís, con un «Hamlet» que ya no era Hamlet y con «El pecado que no se puede nombrar» que ya no era Roberto Arlt, causó estragos. Cada vez la parodia se alejaba más del original.

En el caso particular de «Las Julietas» las alusiones a Shakespeare están, en relación con el total de la obra, en la proporción de 1 a 1.000. Es evidente que esta misma «Las Julietas» que vimos se pudo perpetrar a propósito de los 28 volúmenes de «Los hombres de buena voluntad» de Jules Romains o de la guía telefónica.

Más aún: mucho más justificado sería vincular esta obra de Morena con sus verdaderos antecedentes, como Canaro y Caruso, autores del tango «La brisa» que bajo la forma de «Uruguayos campeones» ocupa hasta la exasperación a «Las Julietas»; o a Bousquet y Robert, los autores de «La Madelon» canción patriótica francesa de la Primera Guerra Mundial que hemos oído hasta el hartazgo como la canción de la «Vuelta Ciclista» y que también oímos en esta pieza.

Verdad es que «Las Julietas», además de esta pesada mercadería de segunda mano, que incluye la milonga «Se dice de mí», cantada por Tita Merello, tiene originalidad. Hay un dístico que debe pasar a las antologías: «De esta teta chupó Julieta», y una alusión, ah picarones, al culito de Romeo.

Hay, finalmente, una novedosísima presentación. Los cuatro actores entran a escena en calzoncillos; para nuestro asombro se visten en el escenario. ¡Nunca se vio eso en nuestras tablas! Y se desvisten al fin, hasta llegar a los calzoncillos del inicio. Con la excepción de estos raptos creadores, el resto de «Las Julietas» es payasada sobre payasada, en el mejor estilo triste de los circos. No nos hizo gracia; pero el público reía. Irreverencias gratuitas, risas miserables.

LAS JULIETAS, de Marianella Morena, con Alejandro Gayvoronsky, Leonardo Pintos, Claudio Quijano y Santiago Sanguinetti. Música de Alvaro Pérez, luces de Claudia Sánchez, vestuario de Cecilia Prigue, dirección de Marianella Morena. Estreno del 15 de abril, teatro de La Candela.

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