LA PUESTA EN ESCENA

La puesta en escena de Fernando Alonso emplea al máximo y con vuelo creativo las libertades que sugiere la autora, que en algunas partes del libreto omite decir quién habla. Hay un buen aprovechamiento del espacio por el escenógrafo Pablo Caballero, que permite la visión de Rabe por Sussane y viceversa, lo que en la lectura no es fácil de imaginar. Pertenece al director el original estilo de actuación, que entendemos es deliberadamente caótico, como lanzado desde el mundo que llamaríamos natural y cotidiano al mundo de la fantasía y la locura, que también es cotidiano. Los movimientos de los actores suelen no concordar con sus palabras, y aún encontramos ritmos de dicción tan variados, a veces aceleradísimos, resecos como si las gargantas estuvieran ardiendo con el último fuego. Un último fuego que es un resplandor que nada ilumina y al que sólo puede seguir el silencio o la voz de los muertos que se ponen de pie para saludarnos desde la Estigia.

La actuación está a la altura de las exigencias de texto y dirección, y no podemos decir que unos superen a otros. En nuestro recuerdo, si se nos permite, permanece la expresión sombría de Sergio Mautone, la mirada desolada y dolida de Gabriela Iribarren, la matizada y vibrante voz de Sofía Etcheverry (que por un azar del libreto volvió a quitar manchas), el difícil personaje que encarna Bernardo Trías.

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