Colección al trueque
La sicología del coleccionista, su afán posesivo, ha sido estudiada por numerosos analistas de la práctica del coleccionismo institucional, al de grupos o individuos específicos, desde la presumible autoridad de saber de arte o la trama de subjetividades y demandas sociales diversas, de las relaciones con la realidad inmediata del arte, ya sea del pasado como de la actualidad. La unidad y coherencia de una colección de arte se basa en la estrategia de selección, siempre personal, para ordenar el caos creador y convertirlo en un microcosmo de sensibilidades artísticas. Sin embargo, muchas veces esas colecciones públicas o privadas permiten reconstruir una época y la historia de la pintura o la escultura, el gusto de una clase social, aunque la óptica sea siempre sesgada y parcial. Inevitablemente.
La formación de una colección es una instancia que activa el funcionamiento de los creadores y participa en la formación de una perspectiva histórica e ideológica, al mismo tiempo que proveen herramientas para la investigación. Sus derivaciones son diversas: ejercer influencia sobre las orientaciones estéticas, el mercado, la crítica y el gusto. Así sucedió con reyes, aristócratas y papas que dejaron el legado para los grandes museos del mundo. En el siglo XX, al coleccionismo individual (Saatchi, Pinault, Berri, Helga de Alvear, Berardo, Mattarazzo, Santamarina, Helft, Costantini, Engelman – Ost) se agregaron las empresas (Coca Cola, Telefónica) y bancos (Deutsche Bank, Central, Santander, La Caixa). Las infinitas ferias de arte y las bienales dinamizaron el coleccionismo, ampliaron el disfrute de las mayorías.
En Uruguay el coleccionismo es débil, limitado, insuficiente. Tanto el coleccionismo público, de afligente pobreza, como el privado, marcado por legítimas preferencias subjetivas. En ningún caso se captura el enorme caudal creador de los artistas nacionales a lo largo del siglo XX. Las casas de subasta revelan, periódicamente, esas carencias notorias
Por eso, la Colección la Compañía del Oriente Arts & Crafts, referida al arte contemporáneo uruguayo de años recientes, resulta un hecho inusual y significativo. El acto inaugural en el Centro Municipal de Exposiciones de la Plaza Fabini tuvo un ceremonial fuera de serie: alfombra roja, escalera iluminada por velas, una recepción con generoso buffet y la entrega en un bolso artesanal de un lujoso catálogo bilingüe de 190 páginas y reproducciones de todas las obras exhibidas. Que son una parte de una colección mayor. La colección se formó hace dos años y en su mayoría provienen de artistas que desfilaron por la galería Marte Upmarket. Precisamente, Gustavo Tabares firma uno de los textos, el más interesante, actuando como curador y diseñador del montaje, además de ser director de la galería citada y coordinador de artes visuales del Ministerio de Cultura, una acumulación de funciones incompatibles entre sí pero que se han instalado como normales en el distraído medio cultural uruguayo y específicamente en el mismísimo MEC.
La colección se basa, fundamentalmente, en la modalidad del trueque. Esa circunstancia condiciona la calidad e importancia de cada obra. Es cierto que muchos artistas aceptan gustosamente ese intercambio. Pero sin duda no incluirán obras de considerable peso específico en producción o excepcionalmente valiosa. Y eso se advierte en la exposición. A la inevitable ausencia de firmas fundamentales (los dibujantes Lanzarini y Amengual, el memorable Mario D´Angelo, los videastas Martín Sastre y Juan Pedro Guemberena, referentes inevitables en cualquier colección uruguaya actual) se suman nombres conocidos con trabajos menores (Eduardo Cardozo), mientras que proliferan principiantes con simpáticas y olvidables obritas. Quedan, por orden alfabético, la solidez de Javier Abreu, Rulfo, Ana Campanella, Roberto De León, Andrea Finkelstein, Daniel Gallo, Alvaro Gelabert, Gabriel Lema, Alejandro Schmidt, Felipe Secco, Pedro Tyler, Martín Verges, Cecilia Vignolo y Ernesto Vila, identificados con un estilo propio e inconfundible.
La carencia de Colección la Compañía de Oriente radica en la ausencia de un ojo crítico agudo, de un fuerte compromiso personal con el arte actual, del conocimiemto personal de cada artista adquirido y la exigencia en la selección que, indispensablemente, tiene que ir más allá del trueque, excluidor de bondades de obras y de talentos. El esfuerzo es loable en el paupérrimo coleccionismo vernáculo aunque sería mejor apretar el pedal de la exigencia y ofrecer, ya que se hace pública, la necesaria unidad de criterio y calidad que constituye el atractivo de cualquier colección.
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