En escena. Estreno en las tablas por Teatro en el blanco

Neva de Guillermo Calderón  en el Auditorio Nelly Goitiño

Las obras "Neva", así como "Diciembre", suscitan inquietud. Vemos a Olga Knipper (Trinidad González) en San Petesburgo, 1905, al año siguiente de haber enviudado de Anton Chejov: un velo de prestigio, de historia del hombre célebre, cae sobre el escenario.

Escrito por: Jorge Arias |

Domingo 05 de abril de 2009 | 2:11
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Neva. La navaja en la carne.

Ella intenta ensayar “El jardín de los cerezos”, aunque faltaron algunos actores y hay sólo un hombre (Jorge Becker). Más grandeza cae sobre el escenario, pero oímos tambores lejanos. Cuando esperamos la hagiografía, la inevitable adhesión sentimental, en el estilo de “Chejov ­ Chejova” o “Tu mano en la mía”, Guillermo Calderón se sale del marco. La actriz no puede con el personaje. Es humana; demasiado humana.

Sus compañeros tratan de ayudarla; uno de los más extraños recursos a que acuden es revivir la reciente muerte de Chejov, con el champagne, las copas, el médico alemán, el objetivo “Ich sterbe” (“Me muero”) con que el moribundo informa al galeno; pero hay un toque, levísimo pero que roza el absurdo, de irreverencia y casi de desafío.

El ensayo se enriquece con agudas reflexiones sobre el arte teatral; poco a poco los disturbios callejeros alcanzan la sala vacía, reducida a una butaca alta como un pedestal; Al fin Masha (Paula Zúñiga) que ha adoptado una actitud crítica hacia Olga, vuelve a dislocar el cuadro, casi a demoler al teatro, insertando en lo que creíamos una evocación o una biografía teatralizada más, un virulento discurso revolucionario que no contiene ya las sutiles palabras de Chejov sino, antes bien, algo entre los alegatos de Gorki y las demostraciones casi matemáticas de Marx, todo ello dicho en el informe, natural, peligroso vocabulario de la calle. El teatro es puesto en tela de juicio; y no hay ninguna absolución ni redención para el arte dramático; ni siquiera la hay para Chejov y su “a los que vendrán después de nosotros”.

Disfrutamos de la potencia verbal de Calderón, de un texto que parece a la vez fresco e inteligente, como si fuera el feliz producto de improvisaciones dirigidas y luego vigiladas por una crítica implacable. Como “Diciembre” (que vimos en el festival de Cádiz y comentamos en aquella ocasión), “Neva” es un placer para la mente, para la imaginación y para el sentimiento; aún para el sentido del humor, que no falta y aparece siempre en buena ocasión. Pero un poco más allá del placer, “Neva” escribe en la oscuridad un signo de interrogación que nos apremia. Hay la alegría de la creación; pero hay también una nota amarga, como si el autor y “Teatro en el blanco”, pese a su juventud, hubieran ido, ya, demasiado lejos, hubieran alcanzado ya la madurez. Contribuye a esta sensación última la perfección técnica, visible en la dirección, que no erra nunca el ritmo adecuado, y la interpretación, donde tres voces distintas, de colores diferentes, se funden en una sola e inolvidable música.

Demás está decir que “Neva” y “Diciembre” fueron, hasta hoy, las dos mejores obras que vieron los espectadores montevideanos este año. No es indiferente a su triunfo que “Teatro en el blanco” (un nombre que también hace pensar: allí llegarán flechas y balas) no tenga ni busque “fondos concursables” ni participe en programas “¡A escena!”.

NEVA, de Guillermo Calderón, con Paula Zúñiga, Trinidad González y Jorge Becker, dirección de Guillermo Calderón. En sala teatro Nelly Goitiño.

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